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| El monasterio de Santa María del Carmen, fundado en el Arrabal de Requena a fines del siglo XIII por los infantes de la Cerda, fue en Castilla el más antiguo del Carmelo, pues sus priores celebraban la misa del Espíritu Santo en los Capítulos de la Orden. En dicho cenobio fue entronizada la legendaria imagen de Nuestra Señora de la Soterraña, entregada por el rey San Luis de Francia a su hija doña Mafalda, casada con el señor territorial de Requena, don Alfonso de la Cerda, nieto del Rey Sabio. Los de la Cerda pusieron la veneranda imagen en manos de unos religiosos carmelitas procedentes de los Santos Lugares para que llevaran a cabo dicha fundación. El camarín de la Soterraña fue uno de los faros evangelizadores de la comarca, juntamente con los santuarios de Tejeda (Garaballa) y, luego, del Remedio (Utiel). En Santa María del Carmen no tardaron en establecerse estudios de Latinidad, Humanidades y Retórica, a los que se acogieron muchos jóvenes de estas tierras, algunos de los cuales tomaron el hábito y destacaron en la orden, hasta el punto de que durante los siglos XVI y XVII, los más importantes conventos eran regidos por carmelitas requenenses. Entre éstos adquirió extraordinario relieve el venerable Fr. Antonio de Heredia, consejero y confesor que fue de Santa Teresa de Jesús, y del que escribe Ginés de Bobadilla que "fue la piedra cimental" de la reforma teresiana. Fr. Antonio de Heredia y Ferrer (en el Carmen Descalzo, Fr. Antonio de Jesús) nació en Requena en 1510; hijo del hidalgo don Miguel de Heredia, oriundo de Vizcaya y de doña Isabel Ferrer, de Valencia, entre cuyos ascendientes floreció San Vicente Ferrer. En Santa María del Carmen estudió y tomó el hábito. En Salamanca cursó Artes y Teología, ordenándose sacerdote a la edad de 22 años. Fue maestro de estudiantes en el convento salmantino de San Andrés, destacando como elocuente orador. Sus virtudes y talentos diéronle tal prestigio que, en el Capítulo General de Roma de 1556 fue elegido Definidor. Años después, siendo prior del convento de Avila, conoció a la Madre Teresa de Jesús, que ya había fundado algunos conventos de carmelitas descalzas. El ilustre requenense pronto debió caer en la cuenta de que la intrépida monja abulense estaba predestinada a reordenar la vida monástica del Carmelo para que fuese más austera y edificante: propósitos que conmovieron a la familia carmelitana. En 1568, siendo Fr. Antonio de Heredia prior del convento de Medina del Campo, trató con la M. Teresa lo concerniente a la reforma de los frailes, no vacilando en ofrecerse como el primer carmelita descalzo. Aunque la fundadora puso en cuarentena este ofrecimiento, al obtener licencia para fundar dos conventos de frailes descalzos, preparó la primera residencia reformada en una pobrísima casona inmediata a Duruelo. Entonces requirió al P. Heredia con estas palabras: "Si tendría corazón para ocupar aquel priorato." La respuesta del requenense fue inmediata: renunció al de Medina y marchó a Duruelo, donde le esperaban el que fue su coadjutor Fr. Juan de la Cruz y otros religiosos. Refiere la M. Teresa que el car melita requenense fue el primero con el que trató la reforma de los frailes. "Después -dice- vino Fr. Juan de la Cruz." De todas formas, ambos son "el fraile y medio" con los que contaba en un principio, aludiendo donosamente a la corpulencia del requenense y a la pequeñez física del santito de Fontíveros.En Duruelo vivieron con extremada pobreza y alto espíritu. La M. Fundadora, alabando la austeridad del P. Antonio, escribe: "Creo que no tiene cama en que dormir"; y los cronistas de la Orden dicen a este respecto que "tenía por lecho un ataúd y por almohada una piedra", atribuyéndole algunos prodigios en aquellas horas heroicas. La comunidad pasó de Duruelo a San Pedro de Pastrana. Por último, protegida por la duquesa de Alba, se instaló definitivamente en Mancera. Pese a la situación conflictiva entre calzados y descalzos, Fr. Antonio era elegido prior del convento de Toledo. Luego, con Fr. Jerónimo Gracián, recorrió Andalucía, y a su regreso, fue nombrado provincial de Castilla.El nuncio monseñor Rubeo, presionado por los calzados, redujo a prisión al fraile requenense; pero intervino la M. Teresa acerca de Felipe II con una carta, a la que pertenece el siguiente fragmento: "...Por amor de Nuestro Señor supplico a V. Magestad mande que los Calzados dejen libre a Fr. Antonio de Jesús, un bendito viejo al que tienen preso todo el verano sin causa alguna..." Y "el bendito viejo" se refugió en el hospital toledano de Tavera, tan quebrantado de salud que la M. Fundadora decíale en una de sus ,cartas: "Me alegraré verle resucitado" .Espigando en el copioso epistolario teresiano, extraemos estas elogiosas palabras: "...No puede negar el buen Fr. Antonio el amor que me tiene... Soy enteramente feliz con el consejo de Fr. Antonio... Bueno viene el P. Fr. Antonio y gordo, parece que este año engordamos con los trabajos." Algún tiempo después, sus detractores quisieron reparar aquella vejación, eligiéndole provincial de Castilla... El nuncio, creyéndose burlado, lo residenció en el madrileño convento de San Bernardino. Fr. Antonio de Jesús acompañó a la M. Teresa en la fundación del convento de Villanueva de la Jara. Poco después le vemos junto a ella en Alba de Tormes, confortándola en sus (últimos instantes, que tuvieron lugar el 4 de octubre de 1582. Depositario de la última voluntad de la Madre Fundadora, dispuso Fr. Antonio que fuese sepultada, tras solemnes exequias, en una profunda fosa a la que, al decir de algunos autores, se echó cal "para impedir que los restos mortales pudieran llevárselos a Ávila". A este respecto, escribe el P. Croisset estas sorprendentes palabras: " ...El 4 de julio del año siguiente, se abrió la caja y el cuerpo se encontró entero y flexible como si estuviera vivo... Hallábase presente el provincial, quien le cortó la mano siniestra y la envió al convento de Avila." Esta insólita mutilación no puede sorprendemos, pues sabemos que un pie de la santa fue a parar a un convento carmelitano de Roma; un dedo, engarzado en relicario de oro, pasó a otro convento de dicha Orden en París y... aún recordamos que en 1963 un brazo de la heroína del Carmelo era paseado por las rutas carmelitanas de nuestra patria, venerándose también en Requena. La muerte de la M. Teresa debió afectar profundamente a Fr. Antonio de Jesús, pues no vaciló en abandonar su entrañable campo de acción, tan colmado de recuerdos, y marchar a Andalucía, como prior de Los Remedios, de Sevilla. Luego asistió al Capítulo de Lisboa, donde, hallándose en el puerto en espera de unos misioneros, un oso desmandado le infirió graves heridas en una pierna. Todavía en 1591 fue elegido Definidor y Provincial de Granada, fundando los conventos de Vélez-Málaga y del Desierto de las Nieves. Por entonces, a petición del obispo de Málaga, predicó la cuaresma en Antequera. Cierto día le llevaron al templo "todas las mugeres de la casa pública para ver si ablandaba sus corazones empedernidos". A las primeras de cambio, es fama que redujo a quince de las dieciséis que habían. Luego arremetió contra la única obstinada. Como nada consiguiera, bajó del púlpito y se arrodilló ante ella , con un crucifijo en las manos. La escena debió ser altamente insólita..."y tales cosas le dijo que, no pudiendo la desdichada resistir su dureza a tanto ardor, se deshizo el hielo de su corazón en lágrimas". Y fue en Granada donde nuestro insigne paisano decidió renunciar a todos sus empleos en la Orden y recluirse en el convento de Vélez-Málaga, "el nido que él mismo había fabricado". Allí, cargado de años y merecimientos, pasó a mejor vida el 22 de abril de 1601. Contaba 91 años de edad. Los cronistas de la Orden señalan nuevos prodigios obrados por el venerable siervo del Señor tras su muerte. Y Domínguez de la Coba extrae de los escritos teresianos encendidos elogios dedicados a la sabiduría, humildad y ascetismo de nuestro paisano, recordando que "la Reyna le dava silla" y, también, que rehusó más de un obispado. Durante muchos años perduró en Requena el recuerdo de la eminente piedad y apostólico celo de su insigne hijo, formado precisamente en el monasterio de Santa María del Carmen, que rigió luego durante varios trienios y que, pese a sus empeños y a los de la santa abulense, no pudieron alinear en la descalsez teresiana.
El Cronista de la Ciudad (Publicado en El Trullo de Diciembre de 1982) |
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