En cierta ocasión que visité la casa de Santa Teresa, estando con mis codos apoyados en la barandilla del balcón que da frente a la fachada de Santa María, con la cabeza reposando entre mis manos, mis ojos clavados en los hermosos detalles del pórtico de dicho templo; mis oídos, relajados por el silencio de un calmado anochecer en la villa, dejé que los pensamientos volasen sin darme cuenta, y soñé algo que me pareció casi realidad. Fijáronse mis pensamientos en una idea que en ese momento se me ocurrió, y estos pensamientos volaron, y yo, contento con ello, no sólo les dejé volar, sino que les di más alas para ello. Imaginaba una jornada fuera de lo común en nuestra ciudad un día destacado y lleno de importancia para nuestros pacíficos ciudadanos y laboriosos habitantes de nuestra villa en aquellos tiempos.

     Era un caluroso y claro día de julio de 1525, los habitantes de nuestra Requena desarrollaban sus diversos trabajos cotidianos. La ciudad, próspera y en paz, madrugaba hoy más de lo corriente, pues todos querían arreglar pronto sus asuntos, para ir a enterarse del acontecimiento que para aquel señalado día les estaba anunciado. Desde el balcón en donde yo me encontraba asomado podían verse caminar constantemente pesados carros de heno y forraje, tirados por bueyes, y otros carromatos que después de pasar el portazgo o aduana de las Ollerías, cruzaban las calles principales de la villa, para salir por la puerta del Cristo camino de la Mancha, Mujeres y chiquillos madrugadores atizaban sus animales domésticos para ir a abrevarlos en las fuentes y abrevaderos de la ciudad, y gentes a caballo y a pie danzaban con mandatos  y consejos del corregidor y otras autoridades militares de la villa para ordenar, curiosear y marcar la ruta que tenía que seguir el cortejo tan importante que ese mismo día se esperaba en nuestra ciudad.

     Las puertas abiertas desde buena mañana del hermoso templo de Santa María dejaban ver salir y entrar a los madrugadores sacerdotes, en desusada actividad. Pronto grupos de personas echaron raíces en las calles y formaron corros de gentes que querían ver los primeros y de la mejor manera lo que pronto iba a suceder.

     La calle de Santa María se animaba por momentos, y los balcones, rejas y ventanas se iban llenando de gentes. La casa donde yo me encontraba pronto fue ocupada por relevantes personalidades amigas de sus nobles dueños. La servidumbre de dicha casa se desvelaba en atender a sus huéspedes.

     Por fin, a medio día de este 22 de julio, llegó a nuestra villa nada menos que el rey de Francia, confinado en nuestra patria, después de haber sido hecho prisionero en la batalla de Pavía, y venido a nuestra ciudad procedente del castillo de Benisanó, camino de Madrid. El rey francés y su comitiva entraron en la ciudad por la parte llamada del Portalejo, cruzando por el callejón conocido aún hoy como del Rey de Francia, siendo acompañado por un lucidísimo cortejo de personajes franceses y españoles y otros importantes cautivos. La algarabía de las gentes que presenciaban este especial acontecimiento pronto nos hizo ver a los que estábamos apostados en la calle de Santa María, la cabeza dé este gran desfile.

     La comitiva, después de cruzar los antedichos lugares, siguió por la calle de la Botica y luego  subió por la Cuesta de San Julián. Pronto pudimos ver la escolta de 300 soldados, que mandaba don Hernando de Alarcón, entre la que se encontraba el capitán de las gentes de armas de Requena, don Francisco de Rebolledo, y el gobernador de Valencia, don Jerónimo de Cabanilles. Era tal el lujo y aparato que llevaba esta comitiva, y tan mimado estaba este real prisionero, que nuestro rey Carlos mandó que aquí, en Requena, esperasen y recibiesen al rey francés el obispo de Avila con una lucidísima guardia de cien hidalgos, cuyo detalle agradeció mucho el rey Francisco.

     Al real prisionero, y unos pocos de sus más allegados, los vimos entrar en la morada de don Alonso Hernández, situada junto al templo de Santa María y, por lo tanto, frente a la casa en donde nosotros estábamos. Al entrar el rey allí, los demás personajes fueron seguidamente alojados en las casas principales de la villa, y pronto pudimos contemplar como en toda la calle no iban quedando más que algunos piquetes de guardias y diversos corros de gentes que no acababan de contar y contar pormenores de este deslumbrante y principesco desfile, a aquellos otras personas que no lo habían podido presenciar.

     La noche se adueñ6 de la ciudad y la oscuridad hizo que cada uno que se recogiese en su casa, oyéndose prontamente los desusados pasos de algunos soldados por las calles y los alertas de los puestos de guardia.

     A primeras horas de la mañana siguiente, un pequeño volteo de campanas y el movimiento de las tropas, de carruajes y caballos despertó de su sueño a los requenenses, viendo desfilar por última vez a aquel rey de Francia que tan brillantemente fue recibidó en nuestra ciudad. Yo también vi partir el cortejo y perderse en la lejanía, y cuando quise abrir los ojos más, para seguir viéndolo, el petardeo de una moto que pasaba al galope de estos tiempos del siglo XX me despertó de mi letargo, haciéndome volver a la realidad de nuestros días.

Cesar Jordá

(Publicado en El Trullo de Diciembre de 1982)