No sé qué pasaría, pero la que armó el señor Noé fue de aúpa. Salió del arca, plantó una viña, y mira tú, por dónde, al cabo de los meses, cuando maduró el fruto, tomóle en sus manos y ¡zas!, cogió una melopea de padre y muy señor mío. Señoras y señores y mayores de 16 años: el vino era inventado. Aquí empezó todo. Espero que perdonen mi confianza con el padre Noe, pero fue más o menos así cómo ocurrió lo del nacimiento del preciado zumo. Eso sí, lo que no especifica la Biblia es si era vino blanco o tinto. Al que escribió este pasaje no le interesó, pero, ¿se imaginan lo que sería el conocer este dato?, pues nada más y nada menos que ser el primer vino o el segundo. Aunque lo que sí está seguro es que el clarete sería el tercero y el champaña uno de los últimos, cosa que a los franceses no les haría ninguna gracia, ellos que quieren ser siempre los primeros.

     El vino, el querido vino, tiene como los humanos defensores y detractores, muchos que lo atacan y muchos que lo defienden, pero éste no es momento de filosofías. Ahora bien, siempre me ha molestado que digan cosas como... «¡Qué mala uva tiene!». ¿Qué les han hecho las uvas a esos finos del lenguaje?, ¿por qué no dicen «qué mal melón» o «qué malas naranjas»?, pues no, tienen que pagarlo las uvas y, claro está, el vino, dado que es el hijo más querido de ellas. Como diría el poeta: «El vino es la sangre y el corazón la vid» (¡Toma cultura!).

     La historia es rica en hechos y anécdotas en que el vino toma parte importante. Por ejemplo: Jesús, en las Bodas de Cannaán, transforma el agua en vino, cosa nada frecuente. Es lo contrario de lo que sucede a menudo. Los romanos lo utilizaban como elemento indispensable en sus orgías. Y, cómo no, hoy es fundamental en los famasos vinos de honor, en donde en realidad es al vino al que se le hacen los honores y no al homenajeado, que es el que tiene que pagarlo.

     ¡Ay!, el vino, qué voy yo a decir del vino siendo gallego, pues nada, mejor beberlo que hablar con él, aunque sea frecuente encontrarse con algún que otro beodo que utiliza el vino y la botella como psiquiatra, contándole venturas y desgracias. y es que como no se queja, hasta D. Quijote pelea con él.   

 
 

     En el caso de los borrachos, yo siempre digo que los hombres llevamos la de perder. Las mujeres nunca se emborrachan, ellas la llaman «jaqueca». ¡Ya!, con el pretexto de que una «una copita anima» o «da color», etc., se cogen cada merluza... Otra cosa curiosa: nunca entendí por qué se le llama así a la borrachera. ¿Qué tendrá que ver ese hermoso, riquísimo, pez con el vino? Y es que hay personas que si lo dicen por el tamaño del animalito, mejor sería que dijeran ballena o cachalote, pero mira tú, no. Sólo merluza. Por eso pienso que con el vino se consiguen muchísimas cosas, por ejemplo: ver doble, coger una merluza, tener trompa, ser un colador, ser una esponja, tener una moña, una mona, una zorra, una perra, una bomba, una cambalada, un ditirambo, una chucha, una papalina, un tablón, una tranca, una tajada, una turca, una chisma, hacer eses y un sinfín de sinónimos más que pone el diccionario. Y es que el vino, por tener, «tiene tela» y algunos dicen que marinera (a lo mejor viene de esto lo de la merluza, ¡Dios sabe!).

     Pero ahora que pienso yo, ¿por qué les cuento todo esto, si a mí me pidieron que escribiera algo para... no recuerdo? El caso es que tomé una copa de vino de Requena y me puse a escribir. Como dicen en la tele: «¡Qué cosas tiene mi novio!».

MONCHO BORRAJO

 

(Publicado en El Trullo de Junio de 1983)