A lo largo y a lo ancho de la pasada centuria, Requena, como casi todas las poblaciones españolas, sufrió toda suerte de calamidades (guerras, epidemias, luchas políticas, desastres económicos, etc.) de los que hoy nadie se acuerda.

     Y es que nuestra generación, agobiada sin duda por sus problemas, se echó a la espalda las brutalidades que sufrieron nuestros antepasados durante la invasión napoleónica; así como los choques entre absolutistas y constitucionales, los agobios de nuestros bisabuelos frente a las incursiones carlistas, las terribles mortandades del cólera, el despojo de nuestros bienes comunales, la ruina del Arte Mayor de la Seda, los estragos que la filoxera causó en nuestros viñedos y otras adversidades que propiciaron la emigración y la decadencia.

     Pero en medio de tan lejanas desventuras, hemos de mantener viva la memoria de esos elegidos que la Historia nos presenta como héroes, pues no otra cosa fueron quienes ofrendaron sus vidas por nobles causas.

     Vamos, pues, a exhumar el recuerdo de los héroes de la ultima centuria estrechamente vinculados a nuestra ciudad.

      De la guerra de la Independencia -la primera gran conmoción del siglo pasado- hemos de destacar a don Pedro José de Cros, ilustre patriota requenense que, al frente de un animoso grupo, formó la guerrilla llamada «del Abogado», que asestó duros golpes a los invasores. También intervino en acciones de mayor envergadura con José Romeu, Antonio Malavia, Fr. Ascensio Nebot y otros guerrilleros.

     Héroe de aquellos tiempos fue también Antonio Pedrón Navarro, de Los Pedrones, que bregó como los buenos en el segundo sitio de Zaragoza. Al terminar la campaña y regresar de un campo de concentración de La Gascuña, fue condecorado, recibiendo el título de «sargento honorario». En su aldea le acogieron clamorosamente. Durante largos años, el núcleo donde residían sus padres se le llamó barrio del Soldado.

     Otro esforzado defensor de Zaragoza durante el primer sitio fue el abogado requenense don Pedro Juan Arcas, que murió en Francia en un campo de prisioneros (1812).

     Recordaremos, asimismo, a otro heroico hijo de nuestra tierra: José Gómez, que combatió al lado de Juan Martín (El Empecinado) , muriendo a consecuencia de las heridas que recibió en la acción de Villalba de la Sierra (1813).

     En la guerra carlista de los siete años, Requena, adicta a la causa liberal, tuvo un acusado protagonismo.

     Sin duda, los ataques más empeñados que afrontaron los requenenses fueron los del célebre Ramón Cabrera (18 junio 1835) y del general Miguel Gómez (13 septiembre 1836). En ambos, la defensa estuvo dirigida por el coronel don José Ruiz de Albornoz, quien sólo contaba con el batallón de nuestra Milicia Nacional, algunos grupos comarcanos y una compañía provisional (soldados «enfermos y cansados»).

     A la división del general Gómez se unieron en Utiel las facciones de Cabrera, Miralles, Quílez y otros. En total, unos diez mil hombres.

     Tan poderosa hueste tomó el camino de Requena, completando el asedio al que estaba sometida e iniciando diversos ataques con más prudencia que decisión; pero todo fue inútil ante la imperturbable actitud de los defensores.

     Y aquel glorioso 13 de septiembre, al atardecer, los carlistas abandonaron su empeño y regresaron a sus bases, mientras las campanas del Salvador («las campanas salvadoras») volteaban con indescriptible alborozo.

     Los requenenses habían ganado para su pueblo el título de ciudad. El coronel Ruiz de Albornoz, la Cruz Laureada de San Fernando. También recibieron honrosas condecoraciones el juez don Francisco de Vera, don Marcelino Herrero, don Faustino Penén y otros jefes de la Milicia Nacional.

     Hasta aquí los heroísmos tuvieron marcado signo militar. Pero también anidó en otros requenenses abnegados con motivo de las pavorosas epidemias de cólera morbo que padeció nuestra comarca durante la decimonónica centuria. Raro era el año que no asomaba tan terrible azote con mayor o menor virulencia; lo que nos obliga a hacernos eco solamente de las invasiones más catastróficas.

     Ya en el verano de 1834, el cólera sembró la desolación y la muerte en Requena y en algunas aldeas, huyendo muchas gentes hacia los caseríos de la montaña.

     En unas semanas sucumbió «la séptima parte del vecindario» (aunque desaparecieron los padrones municipales y los libros parroquiales en gran parte, recordaremos que el censo de población de la entonces villa y sus núcleos rurales era de algo más de ocho mil habitantes).

     En tan tristes jornadas destacaremos la ejemplar conducta del médico don José Mojares, del franciscano exclaustrado Fr. Pedro Ripoll y del jefe de este cantón, coronel don Domingo Omlín.

     En 1855 sucumbieron víctimas del cólera los médicos don Severiano Zanón y don Casildo Montes, así como los cirujanos don Nicolás Mislata, don Miguel González y don Francisco Martí. Para calibrar la magnitud de aquel desastroso verano, recordaremos que del 14 al 24 de julio se registraron en nuestra ciudad nada menos que 383 defunciones. En tan espantosas jornadas, por sus heroicos servicios, el médico don Felipe Mislata fue premiado con la Cruz de Isabel la Católica.

     Diez años después arreció este terrible azote. Fue tal el pánico que cundió desde los primeros momentos que hasta las propias autoridades abandonaron la población, viniendo a poner orden el delegado gubernativo don Juan Castillo, quien destacó el heroico comportamiento del diputado don Ruperto Navarro Zamorano, del médico de Campo Arcís don Higinio Díaz-Flor y del vicario de San Antonio don Domingo Mariano López.

     Al margen del cólera morbo asiático, por estos tiempos ganaron la Medalla Militar dos requenenses: Martín Navarro (campaña de Cuba, 1865) y Bonifacio Gómez (acción de Bocairente, 1874). Asimismo, en la última contienda carlista fueron muy ponderados los heroicos servicios de Florentín Navarro (Marquillo) quien, con su astucia y agilidad de piernas, hizo posible la victoria de Contreras.

     Todavía en 1885, el cólera envió al sepulcro en pocas semanas unas 300 personas, habilitándose barracones sanitarios en la Caserna, Llano de Portales, Portazgo, etc. También se encendían hogueras alimentadas con petróleo «para purificar la atmósfera». Destacaronpor su conducta heroica el alcalde don José Coba Ortiz, el médico don Ramón Verdú Diana y el sacerdote don José García Martínez.

     Queremos destacar en tan críticos momentos la carta de adhesión e invitación suscrita por un centenar de vecinos que se envió al doctor Jaime Ferrán, cuya vacuna anticolérica venía siendo muy discutida.

 
 

     Finalmente, evocaremos la gesta gloriosa de Baler, a cargo de un puñado de soldados españoles, entre los que figuraba el requenense Loreto Gallego, nacido en la aldea de Los Cojos.

     Abandonados a su suerte, aquellos héroes afrontaron estoicamente cerca de un año innúmeras penalidades... ¡Cuando hacía ya diez meses que la guerra había terminado!

     Los treinta y tres «últimos de Filipinas» fueron colmados de honores, regresando a España en 1899.

     Nos resta decir que en una lápida de nuestro Cementerio campea la siguiente inscripción: «Loreto Gallego García, héroe de Baler (Filipinas), Laureada de San Fernando, Placa Especial, Caballero cubierto ante el Rey, 30 junio de 1941, a los 64 años de edad».

     ¡Loor a los héroes y paz a los muertos!

 

R. B. L.

 

(Publicado en El Trullo de Junio de 1983)