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| 1 Araña el sol tu carne silenciosa y aquí, bajo mis plantas, suena un grito de labios inconcretos, el marchito cabello abandonado de una diosa.
Requena como página espaciosa donde el sudor del hombre queda escrito, rebaño de viñedos, infinito mar de posadas, piedra religiosa.
Afilan las alondras un cuchillo de música en tu jaula ilimitada. Hongos de orientación son los oteros.
Pisa el viajero nácar amarillo y se clava en los pies tu encrucijada, tu hermoso laberinto de senderos. 2 Hay que tener lejana la mirada, llegar con la ilusión donde los pasos tío llegan, disponer de tantos vasos como brida emociones la alborada.
Dame mi expresión propia, tierra amada. Dame la equivalencia de tus vasos mayores, un diagnóstico de ocasos detrás de tu amplitud crucificada.
Dame tu voz de lanza por encima de cada campanario reverente, la luz que se deshace en los matojos.
Hoy rechaza mi piel la pantomima del disimulo, oh tierra transcendente, madre total para invertir los ojos. 3 ¿Dónde se esconde el pájaro mendigo que manchaba de púrpura el sarmiento? Dios era un equilibrio, un argumento y se quedó dormido junto al trigo.
Pero te amo, Requena, te bendigo con labios que renuevan tu sustento. Hoy sé que se me enciende el pensamiento cuando ensancho crepúsculos contigo.
Amo la seca vastedad, la estrofa que prolonga entre viñas el camino, los pliegues amarillos de tu falda.
Amo los templos viejos, la alcachofa tostada de las cúpulas, el vino que te chorrea lento por la espalda. 4 Eres candor cuando la fiesta inunda de alegría tu frente bienhechora. Eres el portafolios de la aurora, la expresión de una lágrima fecunda
Abierto corazón para que cunda la sangre de la vida, redentora sístole de subsuelo. Cualquier hora suena ya en tu reloj ancha y profunda.
¡Oh viñedo que abulta en lejanía la oquedad de la forma, oh marionetas verdes entre los pliegues del olvido!
¡Oh metafísica melancolía! ¡Oh barro que se pega a las carretas como el rostro de un vieja resentido! 5 Vestido estoy de fiesta porque quiero prolongar tu esplendente panorama. Me sienta bien tu abrigo, tu pijama de reflejos metálicos, tu fuero.
Me sienta bien el aire vinatero que renueva en la sangre un panorama festivo. En el respaldo de tu cama he colgado el paraguas y el sombrero.
Quiero apretar el sol que te corona la frente, el alzamiento de esa alhaja, el polvo acuchillado de tu muro.
Quiero vivir, soñar bajo la lona de esta lumbre pajiza que amortaja la agonía de un cristo prematuro. 6 Policroma postal, beso cubista de majanos, antífonas, vencejos o machas negras en tejados viejos que supuran antenas. Hoy mi vista
reproduce la magia imperialista del círculo. Lo opaco, allá a lo lejos, se va multiplicando entre reflejos acres. Todo parece que equidista.
Plagia mi corazón, ya desbordado, la imagen mineral de lo infinito. Tus confines me llenan de presencia,
Lagares, surcos, pámpanas, crispado páramo, cauces secos corno un grito que rompe el velo de la subconciencia. 7 ¡Cómo va diluyendo sensaciones esa piel del color de la madera! Pero te quiero, tierra jornalera dormida en sucesivas dimensiones.
Dama desnuda, dama de pasiones fluyendo bajo flor de adormidera, pastora del silencio, calavera de una diosa con muchos corazones,
¡Oh túnica de alcohol, oh sueño blando de novicia que oculta en un misal citas de ayer con nombres de mañana!
Mientras marcho en silencio, acomodando la mente a tu estatura horizontal, ciega mi piel un brillo de campana. 8 Yo soy como una sombra paralela de tu hermoso silencio repetido, eco de citas mágicas, tejido que arrastra por el mundo tu acuarela.
Mudo holocausto de caminos vela concepciones abstractas. Se ha dormido la sombra que ocultaba tu sonido y siempre queda abierta la cancela.
Ya cruzan ancho mar las golondrinas como sílabas negras de tu popa. Perpetúa un ciprés lo inexistente.
Cuando levanten manos campesinas, oh Requena, por mí la última copa quisiera ser contigo consecuente. MANUEL TERRIN BENAVIDES
(Publicado en El Trullo de Diciembre de 1983) |
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