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Las circunstancias económicas que se dan en la España actual, y también en otros países, no son nada halagüeñas, pero no dejan de presentar algún aspecto positivo, aunque sólo sea la posibilidad de ver con mayor claridad que en otras ocasiones, la dirección que deben llevar los esfuerzos de recuperación. Parece estar claro que es muy difícil la posibilidad de subsistir y prosperar en solitario, que es tanto como ir en contracorriente del signo de los tiempos, marcado por las integraciones supranacionales públicas y las asociaciones multinacionales privadas. Y si esto es así, la geografía, la economía y la historia claman por nuestra integración a la Europa occidental. Pero en la Europa comunitaria ya están integrados otros países que han armonizado sus producciones y sus necesidades y frente a las cuales España tiene que reflexionar sobre unas posibilidades de oferta y de demanda de productos que no sean competitivos o que lo sean en escasa medida y, todavía mejor, que sean complementarios de las respectivas economías. ¿Puede España competir con los países de la Europa comunitaria en industria pesada ó muy especializada? Difícilmente, porque nos llevan la ventaja de que, cronológicamente, ellos han estado en vanguardia de la iniciativa industrializadora y del progreso tecnológico, y nosotros no; y la veteranía es un grado que el transcurso del tiempo mantiene, si es que no agudiza. ¿Qué tiene España que los países de la Europa comunitaria no hayan tenido ni puedan tener? Sol y una agricultura meridional, con posibilidades no bien aprovechadas, que ofrezca a aquellos pueblos productos cuya calidad solamente la dan los países de fuerte insolación. Así, pues, España debiera intensificar su esfuerzo manteniendo y desarrollando su industria mediana y ligera, y, sobre todo, potenciando muchísimo sus posibilidades agrícolas, que no se agotan en cultivar bien sino, hasta el límite de lo posible, en producir aquello que interesa, y, como su complemento obligado, creando una industria agro-alimentaria que nos permita transformar en otros algunos productos excedentarios (entiéndase, por ejemplo, el viejo proyecto de convertir en zumo y jarabe parte de los mostos que no debieran acabar siendo vino) y conservar, con las debidas seguridades higiénicas, muchos de nuestros productos agrícolas que no pueden consumirse en fresco. Parece ser que por ahí van los tiros de nuestros economistas y hombres de Gobierno. Y siendo esto así parece, como su consecuencia inmediata, el intento de llegar en la mecanización del campo tan lejos como sea posible, de forzar su irrigación y fertilización y, sobre todo, de crear la infraestructura necesaria para que el campo se industrialice. Ahí tiene su presente y su futuro la gente joven que se capacite más que para una profesión simplemente culturizante, sin ser nada desdeñable, para una profesión operativa de nivel medio, capaz de constituirse en la infantería y en la suboficialidad del nuevo ejercito civil que va a requerir la recuperación económica española en la que, como en todas las organizaciones humanas, hacen falta unos cuantos jefes y oficiales y muchos suboficiales y tropa. La Formación Profesional, que ya tiene en su haber, pese a su escasa tradición, un importante cupo de hombres integrados activamente y con éxito en la industria y en los servicios de nuestro país, es la plataforma ideal para que una persona joven que, de entrada, no tenga aspiraciones universitarias, pueda adquirir una cultura general aceptable y una especialización industrial o administrativa muy estimables y suficiente como para encontrar su trozo de pan, con dignidad, en esta expectativa de recuperación económica que se abre ante el país. Y, a mayor abundamiento, quien tenga aspiraciones universitarias de grado superior y medio en carreras técnicas, puede dar satisfacción a su deseo por conducto de la Formación Profesional y aún sería recomendable que se hiciese por este conducto, por la elemental razón de que sólo en este tipo de estudios, el estudiante puede iniciarse en las tecnologías y en los talleres. Práxedes Gil-Orozco Roda
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(Publicado en El Trullo de Diciembre de 1983) |
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