Nos piden algunas noticias acerca de las viejas industrias locales. De las más remotas podemos decir bien pocas cosas, ya que no pasarían de meras artesanías domésticas. Nos limitaremos, pues, a sintetizar lo que va de los tiempos del "junquillo" (esparto) a los de la seda; del de las espigas al de los racimos, pasando por la ganadería: puntales en distintas épocas de nuestra economía.

     No escasean en el ámbito requenense los hallazgos prehistóricos. Muchos de estos materiales -excavados en la Cardosilla, la Peladilla, la Solana, el Castillejo, la Muela, etc.- colman las vitrinas de nuestro Museo Arqueológico.

     Ya en tiempo de los iberos se localiza por aquí la preparación del "junquillo", confeccionándose maromas y cuerdas para usos náuticos. Y, durante la romanización, se menciona cierta Manliae olivina (algo así como "la almazara de Manlio), situada en los Villares (Campo Arcís), en donde se instaló luego una fundición.

     Fueron los árabes quienes fomentaron la agricultura y la ganadería, encauzando las aguas de Roçalem ("monte de agua"), levantando en nuestra huerta cabañas y colmenares. Según los gráficos de Cazwini, los árabes de estas tierras tejieron lanas y sedas; también cultivaron algunos cereales, el olivo, la vid y el cáñamo.

     A través de los siglos, cuando se calmaron las competencias entre moros y cristianos, entre castellanos y aragoneses, la prosperidad de Requena fue en auge, culminando en el siglo XV merced a la ganadería y a la producción cerealista, generalizándose también la fabricación de tejidos de lana, con los que nuestras gentes confeccionarían calzones y sayas, chupas y capas.

     La artesanía del esparto ("pleita") ya era muy importante, produciendo sogas, serones, espuertas, alborgas, etcétera. Posiblemente, no habría pastor que al final de la jornada no hubiera confeccionado un buen manojo de "cordeta", ni familia acomodada que, durante el invierno, no cubriera con esteras algunas habitaciones.

     Además de otras artesanías, se producía mucho carbón (mil ducados, percibió el Concejo de la villa en 1545 por autorizar el carboneo entre la mojonera de Cofrentes y El Cañaveral o Ciscar); la obtención de "argar" o yeso (en "Campo Albo", Campablo), cal, adobes y tejas (la Tejería de Cros desapareció al instalarse sobre su amplio espacio la estación y vías férreas), cerámica "de cocina" (en las Ollerías)... y en los Cuatro Cantones de Santa María tenía su fragua el espadero Jean Grix, de nacionalidad francesa; y en el callejón de Piñuelo tenia la suya maese Iñigo, que había trabajado con los Becerriles de Cuenca y que adquirió la llamada Casa de los Aldabones, junto a su fragua, cuyo pórtico lo ennobleció con bellos apliques metálicos.

     Ya entonces se designaban veedores de bataneros, hiladores, cardadores, pañeros y tintoreras, inspeccionándose con frecuencia "los peynes" de los telares para que tuviesen la anchura legal.

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     En Simancas se conservan curiosos documentos sobre varios quiméricos yacimientos minerales "descubiertos" en las riberas del Cabriel. En la rambla de los Berzalejos, "una mina de oro, plata y Cobre" (¿); en la casa del Negrete, la Lentiscosa, el Charconete y otros parajes de la partida que hoy se llama de Las Minas, se detectaron yacimientos de plomo-plata, constando que la explotación se autorizó en 1601.

     En las Ordenanzas de Buen Gobierno de la Mui Leal Villa de Requena, de 1622, se especifica que los jornales agrícolas e industriales, exceptuando a los podadores y segadores, serán de dos reales y medio de septiembre a marzo; de tres reales, de abril y mayo; de tres reales y medio, de junio a agosto, iniciando el trabajo a las siete de la mañana en todo tiempo, y dejándolo "a puestas de sol", sin que puedan pedir comida ni bebida, salvo cuando trabajan las viñas en que se da.. "el vino que se acostumbra". Y si algún trabajador salía del pueblo "para ganar más", se exponía a perder su condición de vecino...

     La producción vinícola fue en 1655 de 2.624 arrobas en nuestro término (incluidas las entonces aldeas de Camporrobles; Villargordo, Venta del Moro, Caudete y Fuenterrobles).

     Añadiremos que, algunos años después, el valenciano Bautista Martínez, fabricante de bayetas y demás telas que se elaboran en Inglaterra y Holanda, solicitaba se le admitiese como vecino (y se le admitió), comprometiéndose a enseñar la fabricación de dichas labores bajo la condición de que durante diez años no se admitiese ningún competidor.

     El censo de población era de 813 vecinos en 1683 y de 623 en 1697.

     La decadencia que veníase acusando por aquellos tiempos culminó con la guerra de Sucesión, en la que Requena padeció cercos, bombardeos, asaltos, saqueos, incendios y toda suerte de desventuras.

     Tras algunos años difíciles; restaurada al fin su economía por obra y gracia del Arte Mayor de la Seda, nuestro pueblo se convirtió en uno de los más laboriosos de España. Así lo atestiguan economistas tan calificados como Larruga y Caja de Leruela.

     Mediando el siglo XVIII, las dos terceras partes del vecindario se consagraba a la industria sedera, funcionando 500 telares y diversos tornos y tintes que, anualmente, consumían unas cien mil libras de seda en madejas, confeccionándose tafetanes, terciopelos, rizos, felpas, damascos, brocateles, gorgoranes, chamelotes, sargas de seda, requemados, etc., remitiéndose casi toda la producción a las colonias hispanoamericanas a través del puerto de Sevilla.

     Aquella prosperidad atrajo a gentes de todas partes, montándose nuevas industrias artesanas (jabonería, calderería, destilerías, botería, etc.), siendo de unos tres mil vecinos el censo de 1775.

     Fue entonces cuando se restauró el mercado franco de alcabalas y la feria de septiembre en honor de Nuestra Señora de la Soterraña, inaugurándose una etapa de esplendor protagonizada por nuestros gremios.

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     Al recrudecerse en las colonias las luchas independentistas, volvieron los tiempos difíciles. Para contener la crisis industrial y la emigración, el Ayuntamiento dispuso la formación de numerosos lotes de terrenos concejiles, de una veintena de almudes de secano cada uno. Y no pocos tejedores trocaron la lanzadera por la azada. También se amplió la huerta con nuevos alumbramientos de aguas.

     De nuevo el fantasma de la guerra conmovió la comarca. La invasión francesa acabó con aquellos floridos tiempos en los que, según un clásico requenense, entre los vecinos de cualquiera de nuestras calles nunca faltaba un sastre y un zapatero.

     En medio de incesantes pugnas políticas, tras la primera guerra Carlista pusiéronse grandes empeños en rehabilitar nuestro glorioso Arte Mayor de la Seda; no tardando en ocupar sus manufacturas un lugar distinguido "por su buen laboreo y tinte".

     Ya en 1852 funcionaban nada menos que 900 telares y se cosechaban 150.000 arrobas de vino.

     Era talla abundancia de tejedores que ya entre nuestras bisabuelas circulaba el siguiente cantarcillo:

Enamórate, niña,

de lo barato;

treinta y dos tejedores

dan por un cuarto.

     Por entonces eran ya famosos nuestros embutidos; se extraían de las heces del vino productos tartáricos y se obtenía mucho aceite y azafrán.

     Asimismo en Requena y sus alrededores funcionaban trece molinos (el de la Vega rentaba al año 42 fanegas de trigo y ocho arrobas de tocino); extrayéndose creta o tierra blanca (la Serratilla) y sal gorda (Hórtola).

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     Pero sucedió que el lustre y baratura de los tejidos extranjeros, la mecanización de los telares catalanes, el alejamiento de capitales, las asoladoras epidemias del cólera y, entre otras causas, la pérdida de nuestras colonias, dieron lugar a que, sin pena ni gloria, se desplomara estrepitosamente nuestro Arte Mayor de la Seda, pagándose con ello un doloroso tributo a la decadencia.

     Una vez más (y ahora de manera definitiva) pusiéronse las esperanzas en el campo, plantándose vides en cantidades fabulosas, pero... la filoxera no tardó en acogotar nuestras cepas... Nuevas plantaciones con vides americanas y..., con permiso de heladas y granizos, a vendimiar.

     A fines del pasado siglo adquirieron renombre los anisados requenenses (El gallo de oro, Pegaso, Anís Imperial, elaborados; respectivamente, por N. Díaz-Flor, F. Ripollés y F. Ramos). También don Fructuoso Montes lanzaba nuestros primeros vinos embotellados (la caja de doce botellas de El perro chico, nueve litros de vino, sin el casco, diez reales). .

     En la presente centuria todo ha cambiado profundamente. Nuestra dilatada campiña, durante el verano, se convierte en un océano de pámpanos. Flecos espléndidos de este verde tapiz son la Fiesta de la Vendimia, el Monumento Nacional a la Vendimia, la Escuela de Capataces Bodegueros, el prestigio de la Caja Rural "La Unión", la implantación del cooperativismo en Requena y sus aldeas...

     La elaboración y conservación de nuestros vinos mejoró considerablemente en los últimos decenios gracias a las sabias orientaciones de nuestra Estación de Enología.

     Ultimamente se ha generalizado la comercialización de nuestros embotellados y... hasta podemos presumir de champaña requenense.

     Aunque desaparecieron casi todas las fábricas de alcohol, de harinas, de fundición, preparación de bacalao, cartón, etc., se instalaron y ampliaron importantes factorías industriales (confecciones, curtidos, muebles, materiales de construcción, concentrados, ginebra, metalistería...).

     También desaparecieron curiosas artesanías, como la de aquel tío Pardillo, pintoresco fabricante de aldabas (perrillos, lenguas, lagartos) a principios del pasado siglo; mientras al final, el tornero León Vaquero confeccionaba en su taller de la plaza de la Villa "chompos" para los niños. Y recordaremos los "chisques" de Fogueles, las pastas para sopa de Ortiz, el dentífrico "Bucara" de Laguna, las muñecas del Barrio Obrero, las parrillas y candiles de los Herreretes, gaseosas y sifones..., y en el Corral de la Toleda se obtenían grasas para lubrificar ejes de carros.

     Volviendo una vez más la vista, diremos que diversas artesanías y oficios llegaron a nosotros convertidos en flamantes apodos (Cardaorcillo, Colchonero, Sillerete, Calero, Yesero, Vidriero, Zuclero, Pucherero, Molinerete, Carbonero, Esquilaor, Batanero... )

     Por último, como un sentido pésame a nuestras clásicas industrias, diremos que la de la "pleita" acabó aquí con los Almerich; la de los tejidos de lana, con los Viana Alarte; la de los tejidos de seda, con los García de Leonardo.

R.B.L.

 

(Publicado en El Trullo de Diciembre de 1983)