(Envío al poeta Rafael Duyos, amigo de la vida y triunfador de la muerte)

 

 

     Primero, el estupor; después, la pena...

     Supimos de tu muerte, Rafael, y se nos llenó el alma de tristeza -¿por qué se nos morirán los poetas?-; y lo hiciste con la misma elegancia que paseaste por tu dimensión terrena. ¡Hasta para tu tránsito nos diste una lección de alegría!

     ¿Sería que vislumbrabas a tus ángeles protectores batiendo las palmas que preconizaste en tus inmortales poemas taurinos? ¿Sería que te esperaban con un aplauso unánime de versos celestes? ¿O acaso los labios seráficos de tu arcángel homónimo preludiaban cantos de acogida mientras se preparaba tu sede en la nueva Roma que adivinaste en la mística expresión de tus últimos gozos? ¿Qué coro de tronos o potestades reclamaría tu presencia?

     ¡Qué: clarividencia la tuya, Rafael, en tu agonía triunfal y silenciosa! ¡Qué suavidad de rapsoda al declamar en el interior de tu trance el desasosiego teresiano porque no te llegaba la verdadera vida! ¡Pero al fin conseguiste el triunfo y la gloria mayor que tanto ansiabas!

     Pero nos dejaste en la angustiada soledad telúrica, sin más arrimo que tus versos, sin más cobijo que el recuerdo de tu amistad, de tu bondad, de tu sencillez, de tu boca y tus manos consagradas, de tus brazos abiertos y tu corazón ardiente como el de una alondra enamorada, blanca de lirios, rosa de rosas inmarcesibles...

     Alguien se pregunta todavía dónde fuiste... ¿Pues no sabe que, llevando a la espalda un carcaj de saetas impregnadas de amor y poesía, no puedes ir sino al lugar que te corresponde? ¿Qué, acaso, no se oyó el grácil revuelo de palomas etéreas haciendo surco preparando tu ascensión?

     ¡Tú no mereces, Rafael, el duelo de una triste y melancólica elegía, aunque se nos haya anegado el alma de pena! ¡Tú mereces un himno triunfal, indoloro -ni aún siquiera de agridulces tonos-, dulce, suave, melodioso, como la impronta de tu palabra, como la caricia de tu voz, como la pausada armonía de tus decires y canciones...!

     Sin embargo, te fuiste de nosotros... Y nuestras palabras se debaten y estremecen entre los vientres y nodos del pensamiento que nos conmueve: palabras ascensionales cuando -francotiradores de estrofas-, lanzamos hacia el azul inmenso de tu nueva vida el hilo de la amistad llena de fe en tu destino; palabras abatidas, al advertir nuestra orfandad en la ausencia del mejor de los amigos. ¡No te olvidaremos jamás, hermano mayor en la inspiración!

     Pero también sentimos que tu aliento está perennemente con nosotros; a nuestro alrededor aletea tu verbo protector en la línea melódica de un tono cautivador y majestuoso; y advertimos tu sonrisa, que ya era nítidamente seráfica durante tu vida terrenal... ¿Hasta qué sublimidad llegará ahora tu sonrisa, Rafael?

     Ya sabemos que sabes -perdona este pobre juego de verbos- del recuerdo cariñoso de muchos poetas tuyos, que en tus adoptivos aires y lares utielanos te han rendido el homenaje de sus glosas y cariños... Pero algunos no estuvimos allí como testimonio vivo -aunque circunstancial y transitorio- por causas ajenas a nuestra voluntad. Por eso, nosotros queremos también decirte desde aquí, desde Requena, que estás en nuestra idea y en nuestro recuerdo imperecedero; y te enviamos estas líneas a la dirección de tu morada de paz, por el correo de la oración. Y te decimos que Requena -otra patria tuya-, que ya hace muchos años supo distinguirte como merecías, rotulando una hermosa calle con tu nombre, te sigue amando entrañablemente, y te tiene presente, al igual que su pueblo hermano Utiel.

     ¿Cómo no hacerlo, si hasta tu numen prodigioso se halla plasmado lapidariamente en unas décimas mesoneras y hospitalarias? ¿Cómo olvidarte, si fuiste el alma poética de una fiesta vendimial, única y genial, acariciada y cantada tantas veces por tu inigualable maestría? ¡Cómo olvidarte, Rafael: guía, consejero, hermano, bondadoso amigo, suma de cordialidades, poeta, poeta, poeta!

     De ti para nosotros..., al oído, con tu sentida dulzura, con tu desmedido amor..., ¿verdad que no nos olvidas tampoco? ¿Verdad que nos enviarás alguna vez un destello de la claridad que te aureola en estos momentos? ¿Verdad que, cuando te necesitemos, acariciarán nuestros oídos los versos que ahora desgranas -en encendida y piropeada letanía- a tus nuevos hermanos y amigos los ángeles y los santos, a tu siempre favorecida e inmaculada María, al buen Jesús, a la augusta Trinidad?

     ¡Cómo esperamos tus respuestas!

     Por si pudiera ayudarte la franquicia de tus propios versos requenenses -pueblo, vino, camino, amor-, aquí te los remitimos para que nos los devuelvas sellados con el hálito de tu eterno y seguro gozo.

     ¡Adiós, Rafael! ¡Hasta cuando Dios quiera!

     Con una oración y un abrazo inconmensurables... Tus amigos requenenses.

     Desde Requena, para el Cielo, en el mes de noviembre (el mes de los vivos y los muertos) del año del Señor, de 1983.

     En nombre de todos:

     FELICIANO YEVES DESCALZO

     POSTDATA: Aquí te envío tus dos décimas, Rafael.

¡DETENTE...!

 

Detente aquí, caminante,

en este Mesón del Vino,

y dale pausa al camino

de Castilla o de Levante.

Mira el rosado semblante

de este néctar valenciano...

Requena pone en tu mano

el vaso para beber...

¡A gustarlo has de volver

desde el rincón más lejano!

 

¡BEBER...!

 

¡Beber! ¡Qué bueno es beber

cuando las copas se encuentran

y en ese brindis se centran

los sueños de hombre y mujer!

Y para, al beber, tener

el gozo pleno y mejor,

hay que sentir el sabor

de este vino de Requena,

que quita y mata la pena...

¡la pena del mal de amor!

 

(Publicado en El Trullo de Diciembre de 1983)