Al poeta Rafael Duyos con cuya amistad me enriquecí y me satisfice.

 
   

     Escúchame, Rafael: Gracias por haber enseñado a miles, a muchos, a todos, a cantar, a soñar, a vivir con ilusión, con medida, con dulcedumbre, con sabor. Gracias por haberte querido y sabido verter para endulzar un poco este mundo amargo. Gracias, Rafael, por ser asÍ. Dios permita muchos hombres como tú sobre la tierra, para gloria suya y alegría nuestra. Y gracias por querer venir a mí, a mi corazón y mi palabra, ahora aquí.

     Te mes has ido suavemente a las estrellas. Por si no puedo llegar, quiero pensarte una flor, quiero ofrecerte una rosa, quiero decirte un poema:

 
 

 

"Me suena en el alba el eco"

     Al llegar humildemente

a la puerta de San Pedro

y entreabrirla preguntando

¿puedo pasar, o me espero?,

te quedaste «boquiabierto»,

porque allá dentro sonaban,

sonaba en el alba el eco

de tus palabras sonoras:

«Los ángeles hacen palmas

desde los palcos del cielo».

Y tú, de felicidad,

te alegraste de estar muerto.

 

     Los ángeles baten alas,

cantan arpegios eternos,

se te llevan de la mano

por los mares y los vientos,

navegando eternidades

en sus divinos veleros,

van contigo recordando

poemas de amor y cielo.

 

     De pronto, Dios te recoge

y te besa sonriendo.

Los ángeles baten alas

en sus divinos veleros,

«los ángeles hacen palmas

desde los palcos del cielo».

 

     Rafael, amigo mío,

como me has dejado solo

me suena en el alba el eco.

JOSE MARIA VIANA

 

(Publicado en El Trullo de Diciembre de 1983)