Querido Rafael:

     Aquí tienes a Dolorcitas, sobre estas páginas de EL TRULLO -que tantas veces se vistió de gala con tu nombre-, tratando de hacerte un homenaje con sus pobres versos. Quizá los encuentres demasiado tristes, pero es tan difícil ser alegre cuando el maestro y amigo del alma se nos va para siempre, aunque sea al cielo que, sin querer, la pena que siente el corazón se escapa entre los versos.

     La Fiesta de la Vendimia, que en tu voz y en la gracia de tu pluma ha sido tan hermosamente cantada, está de luto por ti, y Requena llora silenciosamente por el poeta que tantas veces puso su nombre en la viña de sus versos.

     Y todos juntos, fiesta, pueblo y amigos, hemos dejado -como corona de flores- un trozo del corazón flotando en la avenida que lleva tu nombre, allí donde está la plaza de toros, para que tú, cuando te asomes a los palcos del cielo, haciendo palmas con los ángeles, puedas ver de la mano de Dios las cosas que más te gustaban en la tierra.

     Mientras tanto, recibe de Dolorcitas esta elegía que, aunque triste, lleva -como tu testamento espiritual- el sello de la esperanza.

 

 

 

¿Dónde estás, Rafael?.. Tengo una pena

que me duele en el alma como un duelo

y en su larga tristeza me encadena.

 

Asómate al balcón del ancho cielo

y ven una vez más, amigo mío,

a secarme la pena en tu pañuelo.

 

¿Qué te puedo decir?.. Todo es vacío

tan tristemente sola me has dejado

que huérfana de ti, tiemblo de frío.

 

¿Dónde estás, Rafael?, ven a mi lado,

ofréceme el perfume de tus rosas

que tengo el corazón desconsolado.

 

Me faltan tus palabras cariñosas

y el humano calor de tu conciencia,

y es que sin ti... me faltan tantas cosas.

 

Que a Dios regalaría mi existencia

por oírte otra vez, como otras veces

y tenerte de nuevo en mi presencia.

 

Pues eso y más, y todo te mereces

porque tú para mí, siempre tenías

un consejo de versos y de preces.

 

Pero te has ido ya donde querías,

y aquí me quedo yo, como el mendigo

sin ese dulce pan que le ofrecías.

 

¡Qué bien estará Dios allí contigo!,

pero qué triste yo, sobre mi vida

añoro la presencia del amigo.

 

Me embarga una emoción jamás sentida

cuando pensando en ti, se ahoga mi llanto

porque llorar es cosa prohibida.

 

No lo querías tú, por eso aguanto

y el "no lloréis por mí" tengo presente,

pero es que sin llorar, se sufre tanto.

 

Que tu muerte me clava como un diente

y a veces, sin querer, mi llanto asoma

convirtiendo mis lágrimas en fuente.

 

Tú fuiste para mí blanca paloma,

trayéndome el laurel y el verde olivo

y posando en mi pecho luz y aroma.

 

Y me siento tan sola cuando escribo,

que sólo me consuela la certeza

de saberte en el cielo siempre vivo.

 

Allí serás un ángel de pureza

escribiendo en las páginas del cielo

poemas al amor y a la belleza.

 

Y si a mí me dejaste sobre el suelo,

préstame por lo menos tus muletas

que tú ya tienes alas para el vuelo.

 

Tus pies se han convertido en dos cometas,

ya eres ángel en ala y en la pluma

y en el cielo eres rey de los poetas.

 

Qué bien navegarás sobre la espuma

sin miedo a que te canse la fatiga,

izando tus banderas en la bruma.

 

Y serás muy feliz, pero tu amiga

en la tierra sin ti, como una esclava

espera a que tu mano la bendiga.

 

Contigo se me fue quien me enseñaba,

pastor que conducía mi rebaño

y al pasto de las rimas me llevaba.

 

¿Dónde estás, Rafael?, ¡cuánto te extraño!

con qué gozo andaría la distancia

para verte otra vez... y no te engaño.

 

Yo quisiera encontrarte en esa estancia

y que allí, a San Antonio, me llamaras

para aspirar de nuevo tu fragancia.

 

Quisiera que otra vez me recitaras

con esa gracia tuya, tan divina

que encendía la tarde en luces claras.

 

Yo quisiera encontrarte en esa esquina,

sentado en tu sillón como un profeta

y sentir que mi pecho se ilumina.

 

Te tendría de nuevo la muleta,

y andaríamos juntos el paseo

que ya tiene otro nombre de poeta.

 

Escrito como en sangre de toreo,

llevando en la montera versos tuyos

para brindarle al mundo su deseo.

 

Y en la paz del jardín y en los capullos

se adivina al pasar, con alegría,

que allí duerme por siempre: Rafael Duyos.

 

Poeta que encumbró su poesía,

el médico que versos recetaba,

y el cura preferido de María.

 

El amigo que tanto me estimaba,

el trigal donde puse la amapola

que entre espigas de versos me criaba.

 

¿Dónde estás, Rafael?.. Me siento sola,

no puedo sin el soplo del amigo

hacer sonar mi triste caracola.

 

¿Dónde estás, Rafael?.. ¡Pero qué digo!

estás allí, mirándome en el cielo,

secándome la pena en tu pañuelo

y aquí en mi corazón...

 

          ¡Estás conmigo!

 

           María Dolores Grao

 

(Publicado en El Trullo de Diciembre de 1983)