Desarrollar el tema cooperativo, en un breve artículo, es tarea ardua y se escapan a mi saber; por tanto esbozaremos un apunte lo más preciso que sepamos.

      El trabajo cooperativo tiene mucho de positivo. Aunque lo negativo sea lo que analicemos en primer lugar, para que nos quede mejor sabor de boca. Yo entiendo que el movimiento cooperativo debería tener un cauce financiero, estatal o para-estatal, con bajos intereses y gran facilidad de amortización. Con análisis serios en la adjudicación de préstamos y no menos serios, cuando se produce el aplazamiento de algunos de ellos; averiguando las causas reales de ellos e intentar reconvertirlos, cuando los motivos sean justos y, por supuesto, acompañados de una buena gestión directiva. Otro aspecto importante es que se parecieran menos a empresas privadas, pues el trabajo cooperativo reúne un enfoque distinto, tanto en planteamiento, como en cadena de mandos, en responsabilidad, en participación y en que la Asamblea General (o sea la mayoría, o la totalidad de los socios) hace y deshace con variopintas experiencias, dada la diversidad de criterios. En pocas palabras, se potenció en un momento a las cooperativas y en la actualidad «casi» funcionan como empresas (pequeñas y medianas empresas).

     De positivo tienen mucho, aunque poco potenciado. Como enjuicio anteriormente, su mayor virtud está en que todos son dueños y obreros, que su voz y su voto definen la línea a seguir, y que se puede enderezar el rumbo de la misma, al enterarse anualmente de los balances (o antes si lo solicitan), pidiendo cuantas aclaraciones estimen oportunas al consejo directivo. Al compartir la responsabilidad, se es más consciente de la labor que se realiza, y se motiva más el cooperador que el obrero. Se sufre el reparto económico, se vive de cerca la solidaridad al pertenecer a un fondo común y se potencia un sistema de trabajo socializado.

     Basándose en un esquema general, las cooperativas se reglamentan desde dentro, uniendo a los estatutos (auténtica ley, aunque muy mejorable por no haber sido desarrollados con criterios modernos), las reglas de régimen interno (con características especiales de cada entidad); la renovación de los cargos directivos, por fin de mandato estatutario (o su reelección), y lo más importante para un trabajador, su voz y voto en las decisiones para la marcha de su trabajo, cosa que no existe en la empresa privada, salvo sindicaciones y tras conflictos, casi siempre.

     No se puede analizar punto por punto esto, pero sí da pie para reflexionar si la fórmula cooperativa bien enfocada sería la mejor, arma para combatir el paro. Para ello, es necesario potenciar la formación de cuadros directivos con nivel de gestión y administración, capacitación de cooperadores con experiencia, para la formación de los jóvenes, analizar verídicamente si las cooperativas son o no son más competitivas que la empresa y por qué, ayudar a desterrar el intrusismo laboral o piratería y muchas cosas más.

     El movimiento cooperativo carece de potenciar el interés por el mismo, desde las raíces de la escuela, desde la infancia, de enseñarnos de niños, que podemos ser patronos y obreros, con la duplicidad de responsabilidades, pero con el orgullo, sano, de ser el artífice, junto con otros compañeros, de generar trabajo y bienestar. Si el Estado planificase esto en la escuela, habría una formación menos egoísta en el individuo y redundaría en una mayor participación ciudadana en el crecimiento del país. Mientras tanto, las cooperativas existentes y las de nueva creación luchan con menos protección que la empresa privada; en los frentes laborales, sin ostensibles ayudas y, más aún, con una maraña burocrática y sin identificación concreta, para la defensa de las mismas.

     Termino defendiendo, desde dentro, el mundo cooperativo, sistemáticamente y sin reservas. Explicando que las cooperativas, al igual que todo en la vida, son como las gentes que las componen, buenas o malas, porque de que algunas no estén lo bien que debieran, la culpa la tienen los que se han aprovechado de esa falta de formación a que antes aludía en sus cuadros de mando, no a la gestión intrínseca de los propios socios, que anteponen la buena voluntad, al saber hacer. Y eso se resuelve con formación desde la escuela, enseñando más a vivir y a convivir, que tanta teoría inútil y tanta matemática moderna. Si los escolares visitaran cooperativas de trabajo asociado y cooperativas agrícolas y de transformación de productos, verían desde la base, el trabajo de mí para mí, y a través de mí, para ti.

     Es una opinión, desde dentro. ¿discutible? quizá, pero no falta de argumentos y de razón.

A. M. D.

 

(Publicado en El Trullo de Diciembre de 1983)