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En toda la España de raíz castellana se ha conmemorado recientemente el VII Centenario de la muerte del Rey Sabio, hecho ocurrido el 4 de abril de 1284. Universidades, academias, revistas históricas y literarias, los periódicos de mayor difusión ("El País", "ABC", etc.) se han hecho eco de esta efemérides; y ello por razones obvias de interés histórico-literario, como corresponde a la gran figura de aquel gran rey castellano, aunque desgraciado en sus empresas históricas y familiares, de inigualable relieve cultural, promotor, alma y guía de relevantes hechos que configuraron el idioma castellano proyectándolo oficialmente a través de su ingente obra, tanto personal como dirigida; véase y estúdiese la realidad de la Escuela de Traductores de Toledo, su vena poética en lengua gallega con las «Cantigas a Santa María», la dimensión de sus obras jurídicas con la compilación de leyes en las «Siete Partidas», su amor a la ciencia con el «Libro del Saber de Astronomía», o aquel primer estudio histórico que reflejan la «Crónica General de España» o la «Grande e General Estoria». Cualquier aspecto de esta ingente obra cultural merece un estudio y un homenaje; puntos que ahora se recuerdan, por su enorme trascendencia como base y fundamento de posteriores expansiones del idioma castellano, que, desde entonces, se europeizó alcanzando niveles insospechados. Y es que Alfonso X fue el rey con mayor proyección universal en su tiempo, el más europeo en el amplio sentido de la palabra, quizás debido al influjo de su carga anglo-sajona (además de su pureza castellana) heredada de su bisabuela inglesa Catalina, y especialmente de su madre alemana doña Beatriz de Suavia, llegando políticamente hasta casi ostentar por herencia la cabeza del Sacro Imperio Romano Germánico, cosa que no se consolidó porque no convenían «los fechos del Imperio» a la nobleza y al pueblo castellanos ante el temor de perder a su noble, honrado y sabio rey. Los motivos, para los pueblos de estirpe castellana, de este merecido recuerdo a los setecientos años de su muerte, no pueden estar más claros; y el homenaje de exaltación de su figura cultural por las entidades y personas dedicadas a la difusión y la enseñanza de los aspectos históricos, lingüísticos o literarios, se justifica amplia y totalmente. Pero Requena, además de por los motivos expresados anteriormente, tiene un singular deber de gratitud para con el Rey Sabio. No hay que olvidar, y es preciso recordar, que al mismo debe su conformación como pueblo cristianamente repoblado tras su conquista a la morisma realizada por su padre, Fernando III el Santo; y de él recibió preferencias traducidas en fueros, privilegios, honras y títulos que la creditaron como villa importantísima en la entonces raya fronteriza con Aragón, y, precisamente cuando su suegro, el gran rey aragonés Jaime I conformó el Reino de Valencia, coincidiendo sus intereses en esta plaza; quizás de aquí el decidido interés de Castilla por conservar a Requena como parte de su territorio, concediéndole el cuidado y amoroso desvelo de su manifiesta predilección. Y es que el Rey Fernando III (que precisamente había ordenado la conquista de Requena en 1238, el mismo año en que Jaime I ganaba a Valencia) al sentir próxima su muerte -cosa que ocurrió en 1252-, amorosa y concienzudamente advirtió a su hijo Alfonso del cuidado que habría de tener con las plazas conquistadas a los moros durante su reinado, con estas palabras: «Fijo, rico te dexo de tierra e de muchos buenos vasallos, más que rey que en la cristiandad seas; pugna en facer bien e ser bueno, ca bien has con qué». Y no echó Alfonso en saco roto tales advertencias, al menos en lo que a Requena se refiere, ya que nuestro pueblo conoció su singular cuidado otorgándole mercedes en razón a los méritos contraídos, y que están reflejadas en cinco documentos enviados a Requena durante su reinado, así como las visitas que realizó a esta población para entrevistarse con Jaime I, ambos acompañados de sus respectivas esposas, las reinas Violante, madre e hija, y que la tradición ha conservado como conciliadoras en la llamada "Fuente de Reinas", aparte del testimonio fehaciente de las crónicas históricas que recogen estos hechos.
Los documentos a que nos referimos anteriormente son: 1.° En 1257 otorga Alfonso X a Requena la Carta Puebla, fechada en Atienza a 4 de agosto de dicho año, y por la cual ordena la repoblación cristiana enviando a los
"treinta caballeros de su nómina", acompañados de otros tantos escuderos, peones y huestes para realizar tal repoblación, sin detrimento de los árabes que voluntariamente quisieron quedarse en Requena, a los que jamás forzaron ni sojuzgaron. 2.° Otro documento, complemento del anterior y fechado en el mismo lugar y fecha, por el que se eximía a los requenenses del pago de portazgo, pontazgo y montazgo en todo el territorio castellano. 3.° Otro, fechado en Toledo el 6 de febrero de 1260, por el que da a Requena, Mira y su castillo, su pueblo y todos los heredamientos, montes, pastos y fuentes, con la condición de no ser enajenada nunca. 4.° Otro, de gran importancia y trascendencia, titulado por nuestro cronista e historiador Rafael Bernabeu como privilegio áureo, fechado en Sevilla el 11 de agosto de 1268, eximiendo a los requenenses de tributos de portazgo, excepto en Toledo, Sevilla y Murcia, y concediendo además muchas franquezas y mercedes. 5.° Otro, dado en Murcia el 27 de agosto de 1271, en el que renueva los privilegios anteriores y otorga a los requenenses beneficios y exenciones, tales como los tenían los moradores de Toledo y Cuenca.
Y de sus estancias en Requena son conocidas históricamente alguna de ellas, y muy particularmente aquella en que se entrevistó con su suegro Jaime
I, al que pidió ayuda para contener ciertos desmanes de la nobleza, levantamientos
fronterizos, e injustas rebeliones de su hermano Enrique por tierras andaluzas, y a cuyas peticiones atendió generosamente el
bueno y valiente Jaime para consolidar a su yerno en el recién conquistado Reino de Murcia y en las plazas que secundaron la rebelión en Andalucía; de aquí es justo significar la
nobleza, honradez y rectitud de ambos reyes, que antes habían tenido algunas diferencias en torno a la posesión de Requena y su territorio. Por cierto, hay que señalar que, tras la marcha
de Jaime hacia Valencia, Alfonso hubo de permanecer en Requena aquejado de grave enfermedad de fiebres tercianas, y hubo de ser notoria la dedicación del pueblo para atender la dolencia y el quebranto de su rey, quien, como antes se ha dicho, siempre agradeció a Requena sus atenciones y sus
desvelos, así como su lealtad inquebrantable, todo ello con el otorgamiento de los fueros y privilegios de que se ha hecho mención. Requena fue siempre fiel a su rey; y lo demostró hasta en
sus horas difíciles. Cuando en 1277, ya casi prisionero el
rey en Sevilla por la actitud de su hijo Sancho, quien con
auxilio de la nobleza se constituyó en rey de Castilla, la reina doña Violante huyó con sus nietos los Infantes de la Cerda y su nuera doña Blanca a Aragón para ponerse a resguardo, aquí en Requena quedaron todos largo tiempo como señores y fueron atendidos por consideración al testamento del Rey Sabio y por reconocimiento a sus mercedes, fundando aquí el
monasterio carmelitano y enseñoreándose de la comarca antes de pasar definitivamente a tierras aragonesas. Por todo ello, relatado someramente, y remitiéndonos a las
historias de Requena, de R. Bernabeu, y de Herrero Moral, debemos considerar lo apropiado de este recuerdo como muestra de reconocimiento a aquel grande y sapientísimo rey, a quien Requena debe tanto. Feliciano
(Publicado en El Trullo de Junio de 1984) |
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