En la puerta de cuadrillas, hay una cara lampiña,

que ya pasó de los veinte, pero hace pocos días.

Es una cara muy seria, expresión de valentía,

es una figura triste como lo es la hidalguía.

 

Mientras sus ojos contemplan el contraluz del albero

pasan por su mente juntos mil recuerdos penitentes.

Su pobre casa, su gente, y aquel amigo, el «Vicente»

que murió de una cornada, que no fue del miura «Islero»

que fue una vaca machorra en un pueblo puñetero,

y sólo él le lloró... El sólo; a su compañero.

 

No fue nunca adolescente, prefirió ser un valiente,

vencer la puta miseria, volar por la vidaferia,

darle dinero a su madre, un collar a su María.

Tomó las únicas armas que la vida le ofrecía,

una muleta coqueta y un corazón combatiente.

 

Las saetas del reloj las cinco marcando están

y al momento suena presto, por entre soles y sombras,

entre refrescos y botas, entre humos y entre coplas,

entre el silencio y los gritos, el largo toque que dejan

los timbales y clarines. No es toque de querubines

ni música celestial, esto es la marcha triunfal

de ibérico gladiador. No es materia musical

para Listz o para Strauss, sólo un Turina natal

hace rimar cual poeta el sonar de los clarines.

 

Parten ya los alguaciles abriendo paso a la muerte,

arranca la comitiva hacia el encuentro crucial.

Los peones van detrás, los matadores al frente.

 

Los tendidos apiñados de muchedumbre expectante.

Los ricos entre las sombras, con corbata y con chaqueta,

los pobres entre el sudor, por no tener las pesetas.

Como están acostumbrados no les resulta chocante.

Montescos y Capuletos están corno están bien puestos.

 

Las masas allí sentadas a la mera expectativa

de ver cómo se la juega un novillero puntero,

de ver qué es capaz de hacer el chico en su alternativa.

Comentarios de mal gusto dignos de sepulturero,

los toros son como tanques, sus astas como el acero.

 
 

 

Se abrió el portón de los sustos

al fin, la bravura al mundo,

y allí, con los pies muy juntos

un capote muy airoso

se burló de un vendaval.

 

Una muleta mandona

dirigista y seductora

dictadora y conductora

hacía lo que quería

con la bestia cornalona.

Es cuestión de valentía.

 

Las gentes enardecían

por el valor a raudales

tan propio de capitanes

que hacían lo que decían.

 

Mientras con la franelilla,

él, muy solo se extasiaba,

se amaba, se comprendía

viendo cómo se cumplía

lo que de niño soñaba.

Es cuestión de valentía.

 

La sangre hasta la pezuña,

en cataratas de rojo,

en borbotones de arrojo,

en toneladas de España,

en quintales de coraje,

en estirpe y en linaje,

en un morir racional,

por parte de un animal,

cantado por los poetas,

pintado por los pintores,

que lucha con picadores,

cuando clava los pitones,

buscando la libertad.

Huyendo del matadero,

que es lugar para el cordero,

para el cerdo y la gallina,

para reses anodinas.

 

En el centro de la arena

sin arrimarse a las tablas,

donde no llegan las masas

murió de ejemplar condena

 

Los pañuelos flameaban como las blancas palomas,

eran palomas de paz, el fin de una guerra bella,

que en ella no hubo vencidos.

 

El morir con dignidad, es una especialidad

tan sólo para escogidos.

 

Cuando el ruedo circundó,

entre aplausos y con flores,

primero el toro campero,

que tuvo también honores...

El va torero flamante

le dijo al toro distante:

-¡Gracias a ti, buen amigo!

Sin tu nobleza guerrera

estos bestias que vocean

y hoy a mi persona aclaman

me hubieran tirado botes,

botellas, pitos, tomates...

Sólo por tu casta pura,

por embestir sin derrotes

por aguantar los horrores,

de la madera y el hierro

tengo todo lo que quiero,

lo que hasta ayer ya quería:

fama, dinero, la gloria.

No pisar la enfermería.

¡Vete al cielo, yo te quiero!

 

Al salir del redondel

en volandas, entre gentes

a hombros de mozalbetes

como siempre quiso él,

oyó la voz de un muchacho

que con mochila campera,

capote y muleta sucia

admirado le decía:

 

¡MAESTRO!

«Ayúdeme, por favor,

que no tengo a quien me valga,

llevo una herida infectada

de una vaca, en Salamanca,

y yo quiero ser torero

como usted, de cuerpo entero.»

 

Y mirándolo cansado,

pensó en aquel maletilla

su amigo despanzurrado.

Una lágrima en los ojos,

aquel dormir en rastrojos,

 

Le dio la mano y le dijo:

-Pásate a verme mañana,

 

JUAN E. SANCHIS GIRVES

 

(Publicado en El Trullo de Junio de 1984)