El niño estaba sentado sobre una roca y reía con su amigo el pájaro, a la vez que observaba a Miyobusca, el cual daba vueltas alrededor de un tronco seco: No cesaba. Andaba preocupado y cabizbajo, nervioso; casi desesperado... Como quien planea un crimen o busca alguna cosa novedosa que le ayude a olvidar, al menos por un momento, su hastío y su aburrimiento.

     ¿Qué buscaba Miyobusca?

     Miyobusca no busca -al menos eso dice-, sino que piensa. Piensa e inventa.

     ¿Qué inventa Miyobusca?

     ¿Qué más da lo que invente? Sea lo que sea, ya sea un becerro o un ombligo, un súper-hombre o una lata de sardinas, el "dios" del que hablan los bufones o unas cuantas monedas, lo importante para él es el fin por cual ha sido inventado: siluetas o quizá sombras que puedan ser queribles, adorables.

     De repente Miyobusca se detuvo y arrancó unas hierbas silvestres, las cuales fue trenzando una a una hasta formar una corona. Luego se dirigió al niño y se paró frente a él. Sacó el pecho hinchándolo de aire y echando los hombros hacia atrás. Su vientre quedó hundido y estrecho. Contuvo por un momento la respiración. Su gran "mole" impedía que el sol calentase al muchacho, aunque esto no preocupaba al niño, pues aún siendo amigo del sol, no dependía de él.

     Se colocó la corona de hierbas sobre la melena, y con aire de "filósofos" que creen haber encontrado la VERDAD, dijo al niño:

     -Ya no me llames Miyobusca, porque a partir de ahora soy "EL GRAN YO".

     Un momento de silencio. Miyobusca dio la vuelta y se alejó riendo a carcajadas, sin darse cuenta que el viento le había arrebatado su corona de hierbas que ya estaban marchitas.

     El niño se dijo:

     -¿Qué puede hacer un niño ante "EL GRAN YO".

     El muchacho entristeció, puesto que a partir de ese momento le iba a ser mucho más difícil, casi imposible, hablar con Miyobusca -con el Miyobusca amigo y hermano-, ya que aquél había construido un muro de cristal que ahora los separaba, una corona que ya no era más que un puñado de hojas secas.

     -¡Qué difícil es hablar con un rey poderoso! ¡Nunca tiene tiempo para nada! Además, ¿para qué querría hablar el rey con un niño?

     Para el rey, el pequeño no sería más que un bufón de su corte, ya que antes de él habían habido muchos, muchos otros que no fueron en realidad más que unos bufones embusteros, y que todavía hoy lo siguen siendo. ¿Por qué no iba a pensar "EL GRAN YO" que aquel joven no era más que uno de ellos?

     El niño se adelantó corriendo y cogiendo las hierbas gritó:

     -¡GRAN YO! ¡Su corona! ¡Ha perdido su corona! ¡Ha perd...!

     Pero "EL GRAN YO" no quiso detenerse, no hizo caso a su llamada; su orgullo se lo impedía, sin darse cuenta que una suave brisa había derrumbado su imperio, su "GRAN", quedando únicamente su yo.

     Al pequeño se le nublaron los ojos. Entendió que si aquél no había escuchado sus gritos, tampoco lo haría cuando éste le dijera la VERDAD.

     El amaba al "GRAN YO" y lo quería como a sí mismo. El sabía que a pesar de todo seguirían siendo hermanos. Siempre lo habían sido.

***********

     Pasó mucho tiempo, tal vez varios siglos, aunque al niño le parecía que fue ayer cuando su hermano se marchó sin dejar señal de vida.

     Caminando, el joven llegó a un lugar desesperante de tonos grises y de pesadilla, todo era escombros y huesos, troncos calcinados y cenizas: una ciudad en ruinas.

     El joven se estremeció. Su rostro denotaba sorpresa. Nunca vio nada parecido. A lo lejos parecía dibujarse la silueta de un hombre: sonrió. Aceleró el paso, y a medida que avanzaba y se aproximaba más a la ciudad su asombro iba en aumento. Ahora ya no veía únicamente a un hombre, sino a dos, y a tres, y a otro, a decenas de ellos. Demasiados hombres entre aquellas ruinas.

     Al momento, uno de ellos tropezó con una piedra y se precipitó contra el suelo. Sus movimientos eran lentos y torpes.

     El pequeño corrió en su ayuda.

     -¡Hermano! ¿Se ha hecho daño? Deje que le ayude a levantarse.

     -¡Déjame! ¿Quién eres? ¿Qué quieres de nosotros?

     -Sólo quería ayudar. Perdone si le he molestado en algo... Pero, ¿cómo ha podido tropezar con esa piedra? ¿Es que no la ha visto?

     -¿Que si no la he visto? Antes no, ahora sí.

     Y colocó su mano sobre la piedra dándole unos golpecitos.

     -Le hacía esa pregunta porque ya desde lejos pude percibir la piedra por su tamaño; y no acabo de entender el por qué usted no...

     Un escalofrío recorrió todo su cuerpo, y una extraña sensación se apoderó de él por completo. Su mente infantil se quedó atónita. No quería atestiguar lo que sus ya algo maduros ojos contemplaban perplejos. Pero sí, era cierto. Muy lentamente fue recobrando la calma.

     -¡Qué desgracia! Esta gente debe ser ciega de nacimiento, no sabrán lo que es ver, y lo que ello significa. No podrán, pues, llegar a la REALIDAD, para percibirla luego a través de la vista.

     -¿Cómo dices que pudiste ver esta piedra y verme a mí desde lejos? ¿Acaso tus brazos son largos como el río? ¿Es que la piedra lanza alaridos que tú puedes ver a distancia? ¿Pudiste observar su perfume desde la colina? Y si no, dime entonces: ¿Qué es ver?

     -Pues..., ver, ver..., ver es descubrir la verdad, la que te rodea y te envuelve. Es gozar de la luz del día, del verdor de los árboles, las plantas, de la inmensidad del mar, del cielo...

     El hombre empezó a gritar a los otros.

     -¡Eh, venid todos! He encontrado a un niño, un hombre como nosotros que dice conocer la VERDAD. Es muy extraño, dice que ve, que percibe, que tiene experiencia fuera de las condiciones del conocimiento.

     El hombre agarró al niño de un brazo y con las manos fue recorriendo y palpando su figura de pies a cabeza.

     Después se dirigió a uno de sus compañeros y le dijo:

     -¡Maestro! Aquí hay un muchacho que dice "ver" y que habla de una tal "LUZ", de la que tiene conocimiento experiencial "a priori".

     -¡Eso es ilógico!

     Lo condujo donde el niño y éste lo analizó detalladamente.

     - ¡Está claro! -dijo el maestro- ¡Es ciego! Los abultamientos que tiene en la cara, debajo de las pestañas, le producen irritaciones, y éstas le afectan al cerebro, produciéndole sueños extraños y alucinaciones fantásticas que le impiden pensar como un hombre normal. Con una sencilla operación le extirparemos esos males y volverá a ser un hombre sano y respetable de nuestra sociedad. Y esto, gracias a la ciencia. ¡Démosle gracias a ella!

     -¿Tendrán razón? -decía el niño para sus adentros. ¿No seré yo quien esté ciego?

     Entonces recordó lo que una vez le dijo su amigo el pájaro:

"DONDE FALTAN LOS OJOS,

FALTA LA LUZ..."

     Y echó a correr.

     Corrió y corrió a través de la ciudad repleta de ciegos. No quería mirar atrás, ni se detuvo a descansar. Estaba confuso, el recuerdo de su hermano, la ciudad, los ciegos, eran cosas que pasaban por su mente a la misma velocidad que él atravesaba las ruinas. Empezaba a sumirse en la desesperación, influido en gran parte por la desolación de aquellos parajes, cuando lo que vieron sus ojos le hizo detenerse rápidamente. Esto era mucho más sorprendente que todo lo acontecido con anterioridad. Durante un momento creyó que los ciegos no eran tales ciegos, y que habían acertado en su pronóstico, de manera que lo que tenía ante sus ojos no era más que una alucinación. Pero pronto se dio cuenta de que no. Aquello estaba allí, majestuoso, imponente. Realmente era incoherente. ¿Qué hacía allí, en medio de toda esa miseria, encima de un pedestal aquella imagen grandiosa y repleta de piedras preciosas?

     -Debe de ser la estatua de alguna personalidad más que importantísima para los ciegos de esta ciudad. No hay duda.

     Estaba todavía contemplando la estatua, cuando se dio cuenta de lo peor.

     -¡No, no puede ser, no!

     La imagen era la de su hermano Miyobusca.

     Salió de la ciudad y se adentró en el bosque.

***********

     Por toda la comarca se anunciaba la gran "Buena Nueva" del AMANECER, pero el niño no acababa de comprender este acontecimiento, ya que los hombres seguían muriendo de hambre a los pies de esos inventores de nueva filosofía.

     El muchacho, en su camino, se encontró a un anciano, que sentado en el suelo sujetaba una caña de pescar, mientras tatareaba una cancioncilla en voz baja.

     Se extrañó al ver tal escena, ya que no veía agua por ninguna parte y, por tanto, era absurdo el hecho de pescar. Se dijo:

     -Sólo es posible pescar donde hay peces. Es condición necesaria ir al medio ambiente en el cual viven los peces. Los peces viven en el agua no en la tierra. Anciano, ¡hombre! ¿Por qué no quieres reconocer tu equivocación? Si no hay agua no hay pez. Digo pez y no pescado. Hablo de vida y no de muerte.

     ¿Por qué ir a pescar donde no hay pez?

     ¿Por qué en la razón pura?

     ¿Por qué entre los cardos?

     ¿Por qué en el origen experimental a posteriori del conocer?

     ¿Por qué en la letra muerta?

     ¿Por qué ir a pescar a la autosuficiencia de la razón?

     -¡Buenos días, abuelo! ¿Que estás cantando?

     Y complaciente me dirigió la siguiente canción:

-¡Amanecer, amanecer! (*)

En la honda noche invernal,

que apenas contradicen los faroles,

una racha perdida

ha ofendido las calles taciturnas,

como presentimiento tembloroso

del amanecer horrible que ronda

los arrabales desmantelados del mundo.

¡Amanecer, amanecer!

(. ..)Y ya que las ideas

no son eternas como el mármol,

sino inmortales como un río o un bosque (...),

doblego mi corazón (...).

     El abuelo, mientras cantaba, sonreía, y algunas lágrimas resbalaban por sus mejillas. Le temblaba el pulso y la voz. El era ciego de nacimiento.

("..) Pero de nuevo el mundo se ha salvado.

La luz discurre inventando sucios colores

y con algún remordimiento

de mi complicidad en el resurgimiento del día

solicito mi casa,

atónica y glacial en la luz blanca,

mientras un pájaro detiene el silencio...

     -¡Mi pájaro! -exclamó el niño.

...y la pobre, gastada,

se ha quedado en los ojos de los ciegos.

     -¡Oiga, "viejito"! ¿Me podría explicar qué significa su canción? No acabo de entender.

     -¡Claro que sí, pequeño!

     Antes vivíamos peor. No se pescaba nada. Muchos morían de hambre. Nos engañaban diciendo: "Pescad con la razón, por ella y en ella". Pero ahora es diferente. Ahora hay agua abundante, y en ella multitud de peces. ¿A que nunca habías visto tanta cantidad de agua y de peces juntos, verdad?

     El niño no veía agua por ninguna parte, pero escuchó el rugir de una cascada que estaba lejos de allí, en la otra parte del valle.

     El anciano reclinó la cabeza y quedó como dormido.

     -Abuelo, ¿cómo habla de AMANECER si para usted es siempre de noche? ¿Por qué te ríes de los anteriores a ti, si tú también estás ciego? ¿Qué más da que las ideas sean eternas como el mármol o mortales como un bosque o un río si son ideas de muerto?

     -¡Abuelo!... ¡¡¡Abuelo!!! -el anciano había muerto.

     El niño lloró amargamente. Cerraba y apretaba fuertemente los puños, su rabia le desbordaba. Sus ojos, nublados por las lágrimas.

     Dirigió entonces la mirada al oscuro bosque y gritó al silencio:

     -¿POR QUE?

     -¿EN NOMBRE DE QUIEN? ¿POR QUE?

     -¿POR QUE ENGAÑASTEIS AL ANCIANO?

     -¡VUESTRA DROGA ES LA AUTOSUFICIENCIA!

     -¡A EL LE DROGASTEIS!

     -¿Qué más da el tipo de droga?

     -¡LE HABEIS CAMBIADO UNA DROGA POR OTRA, HACIENDOLE CREER QUE AMANECIA!

     -Le dijisteis que las cosas eran ideas y que su ser consistía, por tanto, en percibirlas.

     -¡A EL LE DROGASTEIS, PERO ES QUE VOSOTROS ESTAIS IGUAL! ¡NO! VOSOTROS ESTAIS PEOR.

     -¡Vosotros ya habéis muerto por dentro! Víctimas de la indiferencia. Habláis de la luz y estáis ciegos. Buscáis la verdad: todos la buscamos.

     -¿Por qué la buscáis si no creéis en ella? ¿PARA QUE?...

     El niño estuvo junto al cuerpo del anciano largo tiempo, después lo enterró y desapareció en la espesura del bosque.

     (El anciano tenía dieciséis años.)

CAPOFPIU

(*) Son fragmentos de la poesía "Amanecer", de Borges.

 

(Publicado en El Trullo de Agosto de 1984)