Con la llegada del verano todos se acuerdan de mí. En invierno es diferente. Cuando el viento arrecia y el hielo entumece mis alas, mi destino es callar, escuchar en silencio, observar. No soy mojigato y a nadie voy con el cuento cuando de algo me entero. Sólo, a veces, cuando la ciudad duerme, despliego mis alas y escucho el relato de mis compañeros. A pesar de la inmovilidad, nada se escapa a nuestra fría mirada.

     Aunque con ligeros cambios, son muchos los años que llevo en el Portal. Los nuevos barrios, los ensanches y avenidas de los que todos hablan a mi lado, y que yo nunca podré ver, no han conseguido restar importancia al portal. Mi fiel aliado sigue siendo el centro vital de la ciudad. A diario desfilan por él miles de requenenses camino del trabajo o buscando la paz hogareña. Otros, ociosos por naturaleza o a la fuerza, se sientan a mi lado y allí hablan de esto y de lo otro y de lo de más allá. Mientras tanto veo, escucho y callo.

     De mi juventud mucho os puedo contar. Mi primera decepción no tardó en llegar. Dicen que a los cuatro nos hicieron con el mismo molde, sin embargo, el artista lo sabe, nunca dos figuras salieron de un mismo molde exactamente iguales. Una leve diferencia hizo que el artesano me tomara especial cariño y yo, en mi infantil ignorancia, me creí centro del mundo y receptor de las muestras de admiración con las que el pueblo recibió nuestra llegada al portal. Mi infundada vanidad vino a desmoronarse pronto. Un día descubrí que el populacho nos había bautizado.  Sin nuestro permiso, cuatro esbeltos cisnes de la mejor raza pasamos a ser vulgares patos en la ignorancia popular. Aquello fue superior a mí. Mientras mis compañeros lo aceptaban resignados, yo me rebelé con toda la fuerza de mis pocos años. Herido en mi vanidad y orgullo me negué a dar agua. En vano los alguaciles revisaron una y otra vez el mecanismo; al final, mis amigos los niños, me convencieron con sus tiernas miradas de lo absurdo de mi postura.

     Los domingos había mercado. En mí refrescaron su sed los mozos de las aldeas. En la feria alivié las madrugadas de quien trasnochaba con tintorro. Aún recuerdo con asombro el día en que el primer automóvil surcó con estrépito la plaza del Portal.

     No hablaré aquí del miedo en las noches de la guerra civil ni del día en que la piqueta acabó con el convento de San José. Con estos sucesos alcancé mi madurez, perdí la ignorancia y desde entonces asumí con frialdad los trepidantes cambios que a mi alrededor se producían.

     He visto crecer varias generaciones de requenenses. Llegaron un día del brazo de su madre y posaron para los fotógrafos que en la feria buscaban la protección de la sombra. Todavía en los brazos de su madre volvieron después, buscaban el apoyo de mi cuello y refrescaban su sed infantil. Luego, tal vez, años o meses después -mi tiempo tiene otras pautas- los vi volver en pequeños grupos, presionar con curiosidad el certero mecanismo y salir empapados, riendo. Por la Pascua, desde el pretil salían en pandilla a comer la mona y en sus palabras adiviné sus incipientes amores. Declaraciones de amor, conspiraciones urdidas a la sombra de los tejos y citas clandestinas me han hecho reír; una vez supe que mi destino inmóvil era escuchar contemplando. Yo lo sé todo, nada se escapó a mis ojos. Por lo mucho que sé y por lo que aún he de ver, yo soy la Requena de los últimos años. En mí están representados los anhelos, los cambios y los sueños de todos los que pululan a mi lado. Es la primera y última vez que me dirijo a vosotros. Ahora que sabéis de mi existencia sólo os pido que me recordéis allá donde os lleve la vida. No quiero mayor homenaje para quien os ha sido confidente seguro y alivio constante en estos meses de verano en los que la vida vuelve a fluir por mis venas.

P. S.

 

(Publicado en El Trullo de Agosto de 1984)