Hoy quisiera hablar contigo.

Quiero contarte una cosa

que me pasó ayer, queriendo

darte una sorpresa hermosa.

 

Yo iba soñando despierta,

inventando grandes temas,

para darte mi cariño

escribiéndote un poema.

 

Caminaba por tus calles,

parándome en todas ellas,

pensando en tu alegre cielo,

en tus tímidas estrellas...

 

Me alejé por un camino

que entre viñas se perdía,

siguiendo el sol, que despacio,

tras tus montes se escondía.

 

Y así, sentada en la orilla,

entre las vides calladas,

todas mis grandes ideas

se quedaron olvidadas.

 

Porque allí, junto al camino,

una cepa entre sus brazos,

recogía suavemente

con un maternal abrazo,

 

los racimos de uva joven,

que esperaban apretados

las caricias estivales

del sol cálido y dorado.

 

Dentro de poco, esas uvas

mirarán hacia el camino,

buscando en la lejanía

los ecos de su destino,

 

añorando la llegada

de alegres vendimiadores,

que corten sus ataduras

entre risas y sudores.

 

Soñarán con las bodegas,

con los trullos..., y adivino

que esperarán formar parte

de una copa de buen vino.

 

De ese vino incomparable,

de transparencia serena,

que sólo nace en tus campos

y de tus vides, Requena.

 

Me levanté de repente

con un gesto decidido,

y volví sobre mis pasos.

Por fin lo había comprendido.

 

Para decir que me alegro

de vivir sobre tu suelo,

no necesito contarte

la grandeza de tu cielo,

 

de tus árboles y plazas,

de tus campos y caminos.

Me basta con ofrecerte

un brindis hecho con vino.

 

Con el vino de esas uvas

que desde la viña sueñan,

con dar honor a tu nombre,

aunque se sientan pequeñas.

 

Brinda conmigo esta tarde.

Brindemos juntas, Requena,

porque se cumplan tus sueños

y se terminen tus penas.

 

Por tu glorioso futuro,

por tu mágica nobleza,

por tus casas y tus calles,

por tu luz, por tu belleza...

 

Brindemos con la alegría

de mi corazón, que encierra

todo el orgullo sincero

de haber nacido en tu tierra.

 

 

Mª. E. HERRERO

 

(Publicado en El Trullo de Agosto de 1984)