Cuando se inicia un nuevo ejercicio de nuestras entrañables fiestas, resuenan aún en los aires de Requena los ecos de la XXXVII edición con su cortejo de celebraciones y actos. Sería muy difícil, a la hora de realizar un balance, siquiera fuese sumarísimo, resaltar este o aquel festejo, porque todos tuvieron su momento y su destinatario, su color peculiar y su protagonista, su ilusión y su cariño en definitiva. Toda la Fiesta de la Vendimia se pensó para las gentes de esta tierra, que son las que le dan vida y carácter propio, y, por eso, porque las mujeres y los hombres de Requena vivieron desde el primer momento la fiesta, creemos que todos los actos tuvieron su justificación absoluta. Entrar en el análisis de aceptación de todo cuanto se programó y realizó, sería entrar en un terreno de valoraciones personales de todos los habitantes de la ciudad, sus aldeas e incluso los muchos forasteros que compartieron con nosotros esas horas inolvidables, para seguramente encontramos al final con un abanico de adhesiones a esta o aquella actividad tan múltiple, tan variado, como variados y múltiples son los gustos y aficiones de los humanos. Y, precisamente eso, es lo que nos propusimos: que la Fiesta de la Vendimia fuera una fiesta para todos, en la que todos encontraran satisfacción.

 
 

     No sería justo despedir la XXXVII edición, en la medida en que lo estamos, haciendo desde estas páginas de EL TRULLO, sin hacer expresa y muy especial mención de algunos de sus protagonistas. En primer término, el recuerdo imborrable a la figura de una excepcional Reina Central, Raquel Pérez Iranzo, que puso toda su juventud, fervor e ilusión, su alma en suma, en la nada fácil tarea de estar en todas partes, representando con la mayor dignidad a la mujer requenense, y estar además con su belleza, sonrisa y simpatía, cuyas huellas aún recordamos todos.

     Junto a la Reina Mayor, el recuerdo también imperecedero de la pequeña María, una Reina Infantil llena de entusiasmo y alegría, y que aguantó infatigable del primero al último momento el trájín y el dinamismo de las fiestas, siempre también con su mejor sonrisa en los labios.

     Y recordar también, cómo no, al Presidente Infantil, Luis Monzonís, en cuyo talante se adivina la nueva savia que muy pronto será protagonista de la fiesta. Al lado de ellos, también almas inasequibles al desaliento y cansancio, comandando el ritmo de la fiesta desde el primer momento, restando horas al descanso, perfilando hasta el más mínimo detalle cada acto, poniendo lo mejor de sí mismos en la tarea de hacer Fiesta con mayúsculas, los presidentes y comisionados, las reinas de barrio y sus damas, y todos los que de una u otra manera colaboraron.

     Su esfuerzo y tesón, su voluntad y su entrega, hicieron de la XXXVII una gran Fiesta de la Vendimia.

     Y al fin -o mejor, al principio- el pueblo. Sin el pueblo hubiera sido todo imposible. Nuestras gentes dieron vida a algo que era una hermosa idea sobre el papel, pero que había que llevar a la calle, al teatro, al pabellón, a los zaguanes, algo que debía transformarse. Se transformó en vida, claro, porque todos, desde las autoridades municipales a la cabeza, hasta todos y cada uno de los ciudadanos, colaboraron abiertamente a todas las llamadas de la Comisión Central, para llenar luego las calles y plazas de Requena. Así, entre todos, hicimos la Fiesta. Como debe ser.

     Si la XXXVII edición es ya un recuerdo, un grato recuerdo, todos deseamos que la XXXVIII, con Fernando Serrano Toledo, su presidente, supere sus logros. La Fiesta de la Vendimia y Requena así lo esperan.

ALVARO ATIENZA NAVARRO

 

(Publicado en El Trullo de Diciembre de 1984)