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| De inmemorial, nuestras gentes más acomodadas, «a la hora de la verdad», destinaban en sus últimas voluntades algunos bienes para que, de sus rentas, se sufragaran perpetuamente aniversarios, festividades, capellanías y ceremonias diversas; ayudas a viudas y doncellas, a pobres vergonzantes, etc.; piadosas decisiones que contribuyeron al fomento de vocaciones sacerdotales, al esplendor del culto, al embellecimiento de los templos, a obras de caridad, etc. Todo fue devorado por la Desamortización. Pero la parte más sólida de las haciendas patrimoniales integraban las vinculaciones o mayorazgos, instituidos de antiguo para mantener el brillo y prestigio de los linajes, menester que correspondía a los primogénitos, como hicieron aquí los García-Dávila, Cárcel Marcilla, Ferrer de Plegamáns, Portillo de Escandón, Tenreiro y Montenegro, Enríquez de Navarra y otros. Por cierto que era curiosísima la fórmula de posesión de dichas vinculaciones, como vamos a ver. En 1743 fallecía, a consecuencia de una caída, el requenense don Nicolás Ortiz Sigüenza, comisario de la Santa Cruzada, considerado por entonces como uno de nuestros mayores potentados. Integraban su hacienda, patrimonial y heredada, 75 «taulas» en nuestra huerta, una viña de 3.000 cepas (29 peonadas), tres huertas «cercadas» con moreras y frutales, una «casa principal» en la calle Nueva del Arrabal (Olivas), otra en Caracuesta, dos en la Villa (una de ellas junto a «la Bodega Honda»), con sus «cuevas, cubas y cubo»; la labor de «la Agedrea» (450 moreras, casa, corral, pajar, pozo, era y ejidos, con 90 almudes de regadío y 98 de secano), la labor de Calderón (con casa y diversos servicios, 70 almudes de riego y 47 de secano), la labor de Cañada Honda («con un charco» y otros anejos más 170 almudes de sembradura), la labor del Río de la Vega (que antes se llamó Pajazo de la Vega, con 64 almudes de riego y 52 de secano), además de diversas escrituras de censo a su favor. Desde Jábaga, el obispo de Cuenca, don Juan de Lancáster Noroña, duque de Abrantes, concedió en 1725 al Licenciado Ortiz Sigüenza el derecho de «Patronato honorífico y entierro en la capilla y Trasagrario de la Parroquial de San Nicolás», por entregar 400 pesos para la iniciación de las obras de restauración de dicho templo, así como varios ornamentos y pinturas de mérito. Luego restauró y alhajó a sus expensas dicha capilla, «a la que todos consideraban como heredera de sus bienes», que montaban la entonces fabulosa cantidad de 30.000 ducados (hoy más de cuarenta millones de pesetas). Algún tiempo después, por motivos que desconocemos, el Licenciado Ortiz dio un viraje a su primitiva voluntad, instituyendo con su hacienda un sustancioso vínculo ante el escribano don Joseph Zanón, el 23 de julio de 1735, acrecentado con otros bienes (una casa-horno en la cuesta de San Julián y la casa de «su morada» en la calle del Diezmo Viejo, llamada «casa de la Barrasa», con sus muebles, ropas, cuadros, libros y enseres). Esta vinculación recayó en doña María Ortiz, sobrina del otorgante, casada con el hidalgo requenense don Juan de la Cárcel Marcilla. Con respecto a la posesión de las tierras y edificios de esta vinculación, y siguiendo la general costumbre, llegaron hasta nosotros las ceremonias que entonces se practicaban y que hoy bien podemos calificar de insólitas. En la huerta llamada de la Rejuela, en el camino de San Francisco, se personaron el 5 de enero de 1747, con el nuevo propietario, el corregidor interino don Vicente Ferrer de Plegamáns y Carcajona, el escribano Zanón y .varios testigos. El corregidor hizo la señal de la Cruz con todos los asistentes y, tomando de la mano a don Juan de la Cárcel, «lo entró y paseó» por dicha huerta. Seguidamente le hizo arrancar algunas hierbas, así como arrojar puñados de tierra y piedras, «e hizo otros actos de posesión». Y el corregidor, en alta voz, le dio posesión en nombre y representación de su esposa doña María Ortiz, extendiendo este pleno dominio «a todas las huertas y labores que integraban dicho mayorazgo». En la ceremonia de posesión de las casas, el corregidor en funciones, previa señal de la Cruz, tomó de la mano a don Juan de la Cárcel y, junto a los testigos, penetraron todos «en la casal principal» de la calle Nueva del Arrabal, que era la situada frente a la del Licenciado don Alonso de Olivas y Soriano, haciéndole cerrar y abrir algunas puertas, «después de echar fuera a los que con él estaban». De todas estas ingenuas ceremonias nos legó cumplido testimonio el escribano Zanón quien, tras 25 años al frente de la secretaría municipal, renunció a dicho cargo; pero el concejo de la entonces villa no admitió dicha renuncia «por necesitarlo para dar puntual noticia de los papeles del archivo municipal que él había ordenado tras el saqueo de 1706. EL CRONISTA DE LA CIUDAD
(Publicado en El Trullo de Diciembre de 1984) |
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