Cuando toda Requena -y, por supuesto, toda España, contemplando a Requena frente a su televisor- estuvo pendiente de los bombos de la Lotería Nacional en el sorteo extraordinario de Vacaciones del 6 de julio pasado, comprobando en pocos minutos que le daba la espalda la suerte esquiva, marchando por otros derroteros del norte y del sur sin dejar caer un céntimo en sus lares, todos quedamos un poco tristes y mohínos, como cariacontecidos y extrañados: ¡tener la suerte en las manos y dejarla escapar!...

     Y muy pocos advertimos que la suerte, la mejor de las suertes y de las fortunas, ya estaba con nosotros, y estaba, precisamente, presidiendo el ceremonial de las extracciones, manifestando elocuentemente con dos gestos que no dejan lugar a dudas todo lo mejor de un pueblo: el trabajo y el amor. Nosotros, a fuerza de tenerlos dentro, apenas nos dimos cuenta de su presencia; sin embargo, la España que siguió el rito lotero a través de la pequeña pantalla, sí que lo advirtió: en el fondo, y por encima del rodar y girar de las bolas, en el centro de un monumento único y singular, el grupo escultórico de la pareja de vendimiadores demostraba con sencillez, y al mismo tiempo con excelsitud, que podía prescindir de la veleidosa y fugaz suerte lotera, porque brindaba el reflejo de las virtudes más egregias y afortunadas de todo un pueblo. Y muchas gentes, ajenas a nosotros, pensaron en su fuero interno y hasta exclamaron: ¡qué gran suerte tiene Requena!

     Y es la pura verdad. Ese gesto de amor, de trabajo, de ayuda y colaboración, ese gesto de la pareja enamorada portando el fruto de una cosecha lograda a base de sacrificios y de fatigas, es un símbolo de fe y esperanza, de amor y comprensión, de alegría y satisfacción, que no pueden medirse ni compararse con el azar ni la casualidad. Es algo inmanente y permanente, sin dudas ni subterfugios, sellado con la distinción más noble, conferida y otorgada por algo más fuerte y más elevado que una simple y circunstancial motivación o coyuntura. Es el alma del pueblo que irradia desbordante sus mejores virtudes, simbolizadas en el armónico conjunto del mozo y la moza, silenciosos en bronce plasmado, pero clamorosos en actitud de entrega al amor y al trabajo. Jamás pensó Requena que tan hermosas prendas con que engalana su corazón se difundieran tan profusamente en alas de las ondas y la técnica a través y por toda la intensidad de la geografía hispana. Aunque no fuera más que por este motivo simpático y excepcional, Requena debía agradecer a quienes propiciaron el hecho, con hondura de sentimientos, la exposición y la proyección de lo que yace muy adentro de su ser, y de lo que es capaz de ofrecer y dar con generosidad sin límites: amistad y el fruto de su trabajo.

     Y es ahora, precisamente, cuando ya se atisban las manifestaciones festeras de la vendimia en esta 38º' conmemoración, cuando esta capacidad de convocatoria al amor y la fraternidad se hace más patente. Porque, si el gesto escultórico de la pareja vendimiadora brinda simbólicamente sus tesoros, ahora se hace realidad en virtud y por obra de los hombres y mujeres que se mueven y se conmueven afanosamente durante todo un año para obrar al final como lo saben hacer las gentes de esta tierra y esta noble y laboriosa ciudad. Y el fruto de su tesonudo y sacrificado esfuerzo ya está en sazón, dispuesto a consumirse, dispuesto a derramarse en los labios y en los corazones de propios y extraños.

     Día a día se ha ido forjando una fiesta, rama y vástago feliz de una cepa con treinta y ocho sarmientos hermanos, el último en nacer y florecer con limpieza de estirpe y ternura, con abundancia de racimos en sus brotes, con acrisolada fortaleza y madurez: algo que presagia el premio tras la lucha, algo que induce a proclamar éxitos en la meta final de la llegada tras vencer todos los obstáculos de la carrera solemne y agitada, sacudida por el titánico esfuerzo, convulsionada por el ajetreo y la heroicidad... Porque se necesita tener algo de héroes para llegar a la meta, porque para recoger el premio y subir al «pódium» de la primera medalla hay que dejar en el trayecto muchos sudores, muchos sacrificios, y vencer muchos obstáculos, hasta los de la crítica negativa y la incomprensión.

     Pero al final está la verdadera suerte de Requena, la que es mejor que todas las loterías del mundo; la que saben conseguir los hombres de esta tierra haciendo suyo, muy suyo, lo que ya un antiguo proverbio nos dice: «No hay mejor lotería que el amor y el trabajo de cada día».

     Y así es Requena, y así es su Fiesta de la Vendimia: amor y lucha, ayuda en la fatiga, entrega total. ¡Qué bien sabe decir esto esa pareja de mozos enamorados que preside nuestro Monumento Nacional a la Vendimia! ¡Y qué bien lo sabe comprender y aprobar la Virgen de las Viñas desde su encumbrada posición monumental! ¡Y qué bien lo acoge y lo bendice nuestra excelsa Virgen de los Dolores, cuando asume cariñosa las ofrendas de los frutos y las flores que compendian tantos y tantos esfuerzos!

     ¡Animo, hombres y mujeres de la Fiesta! ¡Animo, Requena!

F. A. YEVES DESCALZO

 

(Publicado en El Trullo de Agosto de 1985)