Hace algunos años recopilamos datos sobre los extranjeros que, por la ruta natural del Mediterráneo a la meseta, pisaron el requenense suelo. Ruta pródiga en ventorros y mesones; «ruta de muchos ladrones», escribía Antonio Ponz hace doscientos años.

     Como la total relación resultaría interminable, nos referiremos solamente a los extranjeros residentes y visitantes del siglo que nos ha tocado vivir.

     Pese a su proximidad, a nuestro juicio, el tema resulta altamente evocador.

 

     Partiremos de los tristes años que siguieron a la total ruina de nuestro Arte Mayor de la Seda.

     Aunque por entonces se acentuó la emigración, nuestras gentes se acogieron a la viticultura como tabla de salvación. Vino poco después el estrago de la filoxera, pero todo se capeó con la planta americana; dándose la singular circunstancia de que los barbados de la nueva planta llevaban nombres italianos (Riparia, Rupestris, Berlandieri); los equipos pulverizadores, etiquetas alemanas; el sulfato de cobre era inglés, y franceses los compradores de nuestros vinos que, poco antes, venían provistos de «tacitas mágicas».

     Iniciaremos el desfile de extranjeros con don Enrique Behn, un financiero alemán con mucho arraigo por tierras valencianas, que compró a don Santiago López (Palletas) la finca de Los Rincones, no lejos de La Portera, donde levantó un buen edificio y recibió a relevantes personalidades, como la infanta doña Paz de Borbón, el cardenal Benlloch...

     La visita de la infanta tuvo lugar el 7 de mayo de 1914: los tiempos benditos del pantalón corto y los malditos de la Gran Guerra.

     Era doña Paz de Borbón hija de Isabel II. Estaba casada con el príncipe médico don Luis Fernando de Baviera. Llegó a Requena con su hija la infanta doña María del Pilar, nacida en un castillo próximo a Munich.

     La ruidosa caravana de automóviles, entre aplausos y músicas se detuvo ante la Casa Consistorial... ¡Lo nunca visto!... Media docena de coches charolados, de aquellos que llevaban fuera la reluciente bocina y que en la carretera, a treinta por hora, más que correr, saltaban entre nubes de polvo o salpicaduras de barro.

     En aquella jubilosa jornada, el alcalde don Juan García Hernández cumplimentó a las egregias damas, a las que ofrecieron ramos de flores distinguidas señoritas que hoy, si viven, deben figurar en el escalafón de las bisabuelas.

     El notario-poeta don Enrique Tormo glosó con sus versos en la recepción oficial la obra de los príncipes en el «Pedagogium» de Munich, y al mostrarle el alcalde a doña Paz la bandera requenense de los tiempos de su augusta madre, la besó con emoción.

     Tras el consiguiente refrigerio, la caravana partió con renovado estruendo hacia aquel privilegiado rincón de Los Rincones.

     Precisamente en Los Rincones, según malas lenguas, fueron acogidos durante la Gran Guerra algunos compatriotas de don Enrique Behn, quienes alternaban sus conciliábulos con los gazpachos a base de gazapos atrapados por la jauría del «tió» Tintín.

     Heredó al alemán de Los Rincones su hija doña Clara Carmen, nacida en Baviera, casada con nuestro profesor don Ambrosio Huici Miranda.

     Allí se instaló durante nuestra contienda civil un hospital en el que convalecieron algunos miembros de las Brigadas Internacionales. Dicho hospital fue convertido luego en «Posición Pernambuco», residencia del Estado Mayor del Ejército de Levante.

     Recordaremos que frente al desaparecido parador de San Carlos residía hace más de medio siglo un alemán desgarbado y coloradote, simpático y saludador: don Gustavo Kelting, que más tarde se instaló debajo del hospital, en la casa que se llamó «Del alemán».

     Y ya en plena carretera, mencionaremos algunas casas exportadoras de nuestros vinos (Augusto Egli, Teschendorff, Bodegas Schenk...) y en el fondo del callejón que afluye a la calle de San Fernando, todavía campea un letrero («un rétulo» que diría el «tió» Cambres), con el nombre del suizo Cherubino Valsangiacomo.

     Volviendo la vista atrás, recordaremos que durante nuestra guerra civil, nuestro inolvidable amigo Práxedes puso en un balcón de su residencia la bandera de su Brasil natal (había nacido en San Pablo), mientras en el Sindicato Agrícola se instalaron los restos de la XI Brigada Internacional, integrada por franceses y belgas que, reorganizada con nuevos efectivos extranjeros recorrían nuestras calles céntricas en pequeños grupos, pisando fuerte al ritmo de canciones guerreras. En la carretera del Pontón fueron revistados y arengados por el diputado francés André Marthy.

     Al final de tan terrible contienda, recordaremos que en nuestra fortaleza (igual que mil años antes) se instaló un grupo de marroquíes del Cuerpo de Ejército de Castilla. Algún tiempo después visitó nuestra ciudad un numeroso grupo de profesores y alumnos hispano-árabes del Politécnico de Tetuán, siendo obsequiados con empanadas, pasteles y zumos, pues el Corán prohíbe las longanizas, el jamón y el vino...

     Más extranjeros.

     Aludiremos a los zíngaros del oso y del pandero, de la cabra y de la mona; al grupo internacional de liliputienses que nos visitó hace sesenta años en un día infernal; a los alemanes de la grosella y a los rusos de los tractores; a los Schwarts Hautmont (Construcciones Metálicas), al italiano don Huberto Stábile (que adquirió la casita de Baldomeros)... Y añadiremos las actuaciones en nuestra Plaza de Toros de los mejicanos Saleri II, Silvetti, El Silverio, Fernando de la Peña, Ricardo Torres, Manuel Capetillo, Heriberto García...; de los portugueses Manolo dos Santos, Lupi, Moura...; de los venezolanos Diamante Negro y Efraín Girón, de Joselito de Colombia... Y recordaremos a aquella princesita rusa que visitó nuestra ciudad en 1951 con el chileno Picasso, de la Unesco, y..., ¡cómo no!..., evocaremos a la gentil reina de nuestra VIII Fiesta de la Vendimia, Beatriz Cabot Lodge y a sus familiares y amigos estadounidenses.

     Asimismo daremos paso franco al colombiano Eduardo Carranza, mantenedor de la X Fiesta; a su compatriota el doctor Gustavo Roldán, médico de Los Pedrones; al doctor Antonio Fernández, cubano; a algún que otro concertista de los que actuaron en Amigos de la Música (la cantante francesa Navarre, la pianista polaca Pucialowska, el guitarrista venezolano Alirio Díaz...), a los que añadiremos algunos técnicos de la termo-nuclear de Cofrentes que residieron en nuestra ciudad.

     Pero no termina aquí el tema. El 29 de mayo de 1975 se clausuró en nuestra ciudad el Simposio Internacional de Enología, al que concurrieron unos doscientos profesionales de todo el mundo (europeos, americanos, australianos, japoneses, filipinos...). Poco después se edificaba el «Iale Calvestra School».

     Por último, aludiremos a los intercambios estudiantiles, al movimiento turístico y..., con permiso de ustedes, cerraremos por hoy nuestras fronteras.

R. B. L.

 

(Publicado en El Trullo de Agosto de 1985)