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En broma o en serio, está de moda la frase ¡ya somos europeos!, motivada por nuestra integración en la CEE, y se acuñan modos y palabras como si nunca hubiéramos sido del viejo continente, y vistiéramos ahora las galas de nuestro bautismo, para introducirnos donde ya estábamos. Porque no hay duda que, para bien o para mal (mejor para bien) estamos en Europa, cosa muy clara, viendo el mapa o repasando la historia. Y, si apuramos un poco, hasta en la Navidad se conoce nuestra tendencia europeizante, con perjuicio y olvido de muchas costumbres y tradiciones que, siendo muy nuestras, jamás nos alejaron o aislaron del Occidente europeo. Dígalo si no, el árbol navideño, de ninguna raíz española, y que desde hace casi medio siglo viene cobrando carta de naturaleza y parece ser el certificado de Navidad en una mayoría de hogares, en detrimento muchas veces de los ya despoblados pinares hispánicos. Su procedencia anglosajona no impidió su implantación en España al cobijo y adorno de la especulación, promoción y comercio de objetos de regalo y obsequio; primero, acompañando al tradicional "belén", y después, sustituyéndolo sin más. Que lo diga también ese particular personajillo francés, Papá Noel, entronizado en almacenes y comercios, haciendo carantoñas a la gente menuda para lograr el beneficio de unas ventas en las fechas navideñas; y es que el país vecino siempre nos ha servido de mucho en su afán de darnos la mano para europeizarnos: desde pretender imponer su ley con el Rey Sol, o Napoleón, o los Mil Hijos de San Luis, hasta el "cariño proteccional" de nuestras frutas y verduras por sus "seguras carreteras", camino de esa Europa en la que estábamos como una Cenicienta. Pero para que no se diga que siempre fuimos marginados, como fiel demostración de nuestro europeísmo, hemos exportado a los Países Bajos nuestro San Nicolás, cargado de regalos para los niños holandeses. Esto no sé quién lo inventó, pero de cualquier forma debió ser para contrarrestar los efectos negativos de nuestro Duque de Alba cuando pisaba su bota dominadora por aquellas geografías. ¡Menos mal que hay algo de positivo con nuestro San Nicolás en nuestras idas y venidas por el corazón de Europa! Y sin más ironías, el caso es que nuestra actual Navidad tiene más de foráneo que de autóctono. Lo que jamás fue consustancial con nuestra tradición y costumbre ha adquirido carta de naturaleza. Sin embargo, todavía hay lugares, pueblos y aldeas, y hogares ciudadanos, donde se recuerda la Navidad de antaño, aunque se hayan perdido u olvidado el aparato escénico natural, la canción popular, el aguinaldo pedido de casa en casa, y muchas otras costumbres dignas de rememorar. Por eso pretendemos ahora recordar la Navidad de nuestra niñez y juventud -la mía, por supuesto- en el medio rural donde vivimos. Como centro, eje y motivo, ni más ni menos que el Nacimiento de Cristo (algo que suelen olvidar quienes celebran estas fechas por pura costumbre e inercia sin calar en su fondo y motivación). Simplemente, el alumbramiento del Niño Dios, la alegría del mundo cristiano, la esperanza de su redención por medio de este Dios hecho hombre con humildad y pobreza, casi moviendo a compasión; y ello en Belén de Judá, muy cercano a nosotros en el espacio y en el tiempo -ni la mediterraneidad ni los veinte siglos suponen apenas nada en lo inmenso del universo y de la vida-. Y con este trascendente motivo, toda la alegría y esperanza reflejadas en el rito, la conmemoración, los villancicos, las reuniones familiares, la cena, "los aguilandos", las "zahoras" de las pandillas de jóvenes de uno y otro sexo, las desenvueltas pero honestas "juergas", lo jocoso en la cantata petitoria, la alegría desbordante en torno a un "belén" casi siempre rústico, sin pretensiones ni barroquismos ornamentales, con simple adorno de luces candelarias y ramajes naturales. Y todo ello, por lo general, tras asistir a la Misa del Gallo, la misa navideña de medianoche, a las doce en punto, a la hora del parto virginal. Porque esto es la verdadera Navidad, la única motivación válida para su celebración; de otra manera no tiene sentido, ni debería llamarse Navidad para quien no vive, aunque sea mínimamente, cualquiera de los aspectos apuntados en recuerdo y amor a Jesucristo Niño, Hombre, Dios; si no es así, con llamarse simplemente "vacación", basta. |
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Por supuesto que había de todo en la celebración de antaño. Pero algo de gracia y de sal quedaba en el ambiente y en los corazones cuando las cuadrillas de niños y jóvenes iban de casa en casa pidiendo "los aguilandos":
De vez en cuando, si los amos de la casa, no habían sido generosos dando el "aguilando", o sea, habían hecho un recibimiento con cierta aspereza o a regañadientes, las coplas de despedida tenían tintes desdeñosos y sarcásticos:
O en tono vivo y sin mucho menosprecio, algo así:
Después, los medios de comunicación modernos nos han traído con enorme difusión, el recuerdo de villancicos clásicos de nuestros grandes poetas, y otros inventados por cantautores y poetas actuales; todos ellos muy bonitos, muy bien interpretados. El clásico centroeuropeo "Noche de paz", los españoles "El tamborilero", "Los peces en el río", "El fun, fun, fun", etc., etc., parecen y quieren entrañar las vivencias de la verdadera Navidad, pero reconozco paladinamente que me siguen gustando más los que sintonizaron con el gracejo popular de aldeas y pueblos. Hoy nuestra Navidad moderna va reduciéndose a la felicitación anual, el descanso, la vacación, el obsequio -que se traslada al día de Reyes-, y el tratar de pasarlo bien. Sigue quedando en la mayoría de los hogares la reunión y cena familiar, la alegría de sentirse unidos y hermanos en el espíritu y en la sangre, la broma, la pequeña juerga, y hasta la intentona de canción navideña en el coro familiar. En muchos casos, el árbol navideño adornado y luminoso, presidiendo la modernidad del rito y la celebración, y en bastantes casos, también, el "belén", con frecuencia más arrinconado que el famoso arbolito; ¡ah!..., ¡y gracias que alguien se acordó del belén y sus figuritas como motivo navideño! De todas formas, aunque sea sofisticado y demasiado bonito, ¡viva el belén en los hogares cristianos! Y sobre todo, ¡viva el amor y la paz en toda la humanidad de buena voluntad! FELICIANO YEVES DESCALZO |
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| (Publicado en El Trullo de Diciembre de 1985) |