Erase una vez un pueblo metido en las montañas, gobernado por unas personas que vivían de espaldas e ignorando los problemas que acontecían en él.

     Cerca del pueblo deambulaba un extranjero, que de vez en cuando echaba miradas de reojo, como queriendo coger algún trozo de ese pueblo. Este pueblo vivía tranquilo, sin preocupaciones, pues para ello tenía sus gobernantes que velaban por su tranquilidad y seguridad.

     Un día, después de meditar un plan (llámase plano), empezó a merodear por los alrededores del pueblo, con la intención de llevarse alguna tajada. El pueblo llano no entendía nada, algunos empezaron a darse cuenta que algo no les gustaba, parecía como si quisieran quitarles un trozo de su vida, de su pueblo..., pero, claro, como ellos nunca se habían quejado de nada, no podían comprender lo que estaba pasando; además, sus gobernantes o vigilantes no habían dado la voz de alarma, e incluso parecían complacidos.

     Cuando ese extranjero acabó de recoger las tierras que quería, empezó a llevar máquinas, a desmontar, a echar asfalto, y la gente decía que si iban a hacer esto, que si iba a ser lo otro, aunque eso sí, la gente también decía que no le gustaba cómo lo están haciendo. Y así fueron pasando los días, hasta que aquello decían que se había acabado.

     ¿Qué pasará ahora?, se decía la gente.

     Cuando las tardes eran buenas, y apetecía pasear, muchos iban hasta allí. Daban una vuelta, comentaban aquella obra, y se preguntaban qué iba a ser de todo eso, pues parecía que después de tanto trabajo, se había abandonado aquella chapuza urbanística.

     Así hablaba la gente, hasta que un día, en vez de aparecer el extranjero, se oye hablar de una junta de señores que se había hecho cargo de aquella monstruosa obra, y que se iban a vender en trozos aquellas tierras a todo el que quisiera hacerse una bonita casa con jardín y piscina de agua potable. La gente, encantada, comenzó a comprar trozos de esas tierras. Estaban tan contentos que no se daban cuenta de los problemas de alcantarillado, ni del encintado de las aceras, ni del mal asfaltado de las calles ni de la falta de sección de las acometidas eléctricas, y de muchas cosas más. Pero un día la gente se dio cuenta de estas cosas. La gente había abierto los ojos al problema que allí existe. Ya no parecía todo tan bonito, y a partir de entonces la gente de aquel pueblecito entre montañas se preguntaba cómo podía haber ocurrido una cosa así. Y colorín colorado, este cuento no se ha acabado.

J. ANTONIO MONTEAGUDO LUJAN

 

(Publicado en El Trullo de Diciembre de 1985)