A veces me pregunto por qué sucedieron así las cosas.

     Ahora hace un año.

     Otra primavera inspiró, con su fragancia, el camino interrogante de una fiesta de otoño.

     Mucho antes, nuestro pensamiento se afanaba incierto en buscar algo que no podía precisar, que no podía definir. Queríamos un no sé qué con proporciones de coloso, algo que fuese maravillosamente grande, suntuoso, con majestuosidad clamorosa. 

 
 

     Ninguno sabíamos definirlo, pero todos queríamos crear un proyecto amplio, una fiesta con raíces profundas; buscábamos una bella frase y no encontrábamos las palabras. Quisimos hacer una genial escultura y nos faltaba el mármol para cincelarla. Teníamos el libro pero no acertábamos a ponerle titulo. Es corno si hubiéramos querido hacer un gran palacio, pero deshabitado. Nos faltaba el alma, el porqué, la razón y el titulo de una obra que aún no había empezado.

     Teníamos en nuestras manos o podíamos tenerlos, todos los resortes para crear algo cuyo perfume cruzase los limites peninsulares, pero antes era necesario que la causa tuviera tanta profundidad como la obra misma. Se pretendía crear una fiesta que perpetuara a través de los años unas fechas, un motivo, un símbolo. Algo que como cosa propia profundizara con cariño en el alma del pueblo, pero con una base firme, inconmovible. No podíamos, de ninguna manera, construir caprichosamente un puente sin un río que justificase la razón de su existencia. Por otra parte, aquella razón debía ser auténticamente nuestra, con raíces propias, sin trasplantes geográficos que pusieran en peligro la suerte del fruto antes de nacer.

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     Una tarde de mayo, atraído poderosamente por la verde luz de los inmensos campos, bajo un sol que pregonaba al viento la maravillosa sinfonía de la vida, caminé ávido de nuevos aires, gozoso de luz, por las márgenes del río. Un viento suave ponía canciones de primavera en las copas de los álamos. Todo parecía vivir intensamente en una paz infinita bajo aquel azul inmenso sin estrellas.

     Me senté junto al río.

     El agua saltaba y brincaba por entre las peñas. En su carrera loca llevaba consigo murmullos de mil siglos.

     Parecía como si aquellas aguas me llevasen al oído un confuso tropel de palabras y músicas que no entendía, en una cinta interminable de espumas blancas.

     Me quedé dormido.

     A través de mi sueño se filtraba penetrante la monótona melopeya de un coro de grillos.

     Sobre un pedestal verde, inmenso como los campos de Castilla, se alzaba a caballo de mi imaginación un frondoso ejército de pámpanas y racimos que surgían poderosos y vencedores con sus bayonetas de sarmientos. Sobre una tierra rojiparda, en paralelas interminables, un océano de vides proclamaba con su fuerte verdor el tesoro de la paz y de la vida. Allí estaba el fruto negro, rojo y dulzón en sus entrañas, símbolo divino, licor de dioses, mezcla de sol y radiaciones extrañas llegadas del infinito.

      Allí estaba la vida, trepando desde la tierra para agazaparse en el azabache redondo de los racimos.

     ¡Qué maravillosa acuarela! Los pinceles del Creador pusieron sus más vivos colores en aquella estampa, hecha canción y poesía del universo.

    Desperté.

     Tenía en mi mente lo que buscaba hacía tiempo. Una corona otoñal para la majestad de los campos. Cada año renovaríamos nuestro homenaje.

     Sobre el tropel de ideas que en aquel momento se agolpaban en mi cabeza como un mar de retorcidos sarmientos, una sola surgía limpia y brillante como un arco iris gigantesco de uvas multicolores. LA FIESTA DE LA VENDIMIA.

     Me encontraba satisfecho.

     Desde aquel momento una legión de ciudadanos jóvenes desplegaban al viento una nueva bandera que hablaba de gracias al cielo, saludo a los campos y amor a la vida.

EL DUENDE DEL LAGO

    

     Esta «bella confesión» apareció en EL TRULLO fechado el 6 de agosto de 1950. Su autor, EL DUENDE DEL LAGO, que apareció posteriormente en multitud de colaboraciones para esta revista: así como bajo las siglas A. M. P., A. M., M. P., etc.., no es otro que DON ANTONIO MOLINA PLAZA.

     Si hoy «LA FIESTA» transcurre por su XXXIX edición se debe, en mayor medida que a otros muchos, a este hombre admirado y admirable que recaló en nuestra tierra allá por febrero de 1936 y entregó lo mejor de su espíritu entusiasta y emprendedor a cincelar la imagen «festiva» que hoy posee la ciudad con la que contrajo el matrimonio más feliz: REQUENA.

     Don Antonio Molina se merece este pequeño homenaje desde los hombres y mujeres de la «39», y en las páginas de la revista en la que su magnífica figura ha significado tanto.

 

(Publicado en El Trullo de Julio de 1986)