Hace precisamente 150 años en que Requena fue destacada, ensalzada y llenada de honores y parabienes, por haberse sabido defender valientemente de un enemigo numeroso y aguerrido, que tenía puesto los ojos en nuestra ciudad, pero que nunca logró pisar dentro de ella.

     Estas cosas que ocurrieron a nuestros antepasados; cuando se conocen y se saben, llenan a uno de ese poquito de orgullo patrio y de cierta satisfacción. Gusta luego saber que ciertos lugares que uno pisa o tiene ante sus ojos, fueron en otros tiempos defendidos con valentía y cariño por gentes que nos precedieron en los años, y que supieron ser buenos amantes de su tierra, que hoy es la nuestra.

     Y ahora, si pudiéramos trasladarnos a aquel año de 1836 veríamos con emoción el fervor patriótico que corría por las venas de nuestros antepasados. Transcurrían tiempos malos, tiempos difíciles y muy duros, en los cuales España se hallaba dividida por una larga y cruel guerra civil, entre los partidarios de la Reina Isabel y los del pretendiente D. Carlos.

     Requena, que tan directamente se hallaba metida en contienda, se definió desde el principio, tomando partido por la Reina Isabel y siendo, por lo tanto, enemigos de los carlistas, los cuales siempre quisieron conquistarla para su causa.

     Pues bien: el día 7 de septiembre de 1836 llegaba a Utiel el general carlista D. Miguel Gómez, quien había mandado reunirse allí a todas sus facciones. El día 11 llegaba también el general Cabrera, el cual, al ver reunida tanta gente de los suyos, abogó por una inmediata acción contra nuestra villa, con el fin de tratar de conquistarla y poder vengarse de otro intento de tomarla, que hizo el año anterior y del cual salió descalabrado.

     En la mañana del día 13, los carlistas abren marcha hacia Requena. Desde la torre de San Francisco los vigías descubren la polvareda que este ejército produce en su avance y colocan en dicha torre la bandera de peligro, y mientras, las campanas del Salvador avisaban a los que estaban en la campiña, para que prontamente acudieran a refugiarse tras los muros de la ciudad.

     A las dos de la tarde, unos batallones acampan en el Rollo (actual plaza de toros), se desparraman por los arrabales, cortan las aguas y arrasan algunos caseríos. Luego tantearon nuestras líneas, siendo rechazados por el tiroteo que se les hacía desde el cerrito de Isabel II y desde San Francisco. Mientras que el general carlista tanteaba por otros sitios, cuenta Herrero y Moral, que entonces tenía 12 años y que se encontraba junto a su padre en la cuesta del Cristo, cómo vio al teniente Zanón disparar un cañonazo y destruir con este disparo una de las piezas que los carlistas tenían emplazadas en el Rollo.

     Mientras que la caballería requenense galopaba de un lado a otro, transmitiendo las observaciones que desde la torre del Salvador hacían varios sacerdotes y las llevaban al coronel Albornoz, que mandaba en nuestra ciudad, las mujeres servían aguardiente a los hombres y arrastraban la escasa artillería de un lugar a otro.

     El general carlista Gómez, por medio de un pobre hombre llamado Juan Pardo (el tío Manzana), mandó un parte dirigido al coronel Albornoz, que decía lo siguiente: «Estamos frente a esa población con 14.000 infantes y 400 caballos. Si deponéis las armas y reconocéis a D. Carlos, nuestro legítimo Rey, seréis respetados, lo mismo que los otros pueblos que se han sometido. Si persiste en no dejar las armas seré inexorable con todos. Dios guarde a V. S. muchos años. Campo del honor, 13 de septiembre de 1836. El general Gómez. Señores Justicia, Ayuntamiento y Comandante de Armas de Requena.»

     Albornoz contestó verbalmente «manifestando su resolución de enterrarse bajo las ruinas de la Patria antes que rendirse».

     Fracasadas estas gestiones, y haciéndose de noche, los carlistas tomaron el camino de Utiel, entre el alborozo indescriptible de los requenenses, que ganaron para su pueblo el titulo de ciudad.

     La gallarda actitud del vecindario absorbió la atención de los periódicos de la época. Madrid honró este suceso dedicando una calle a Requena. Isabel II regaló una bandera bordada y concedió un nuevo escudo para la ciudad.

     El Ayuntamiento acordó celebrar una procesión cívica recordatoria el 13 de septiembre, iniciándose en la Casa Consistorial y deteniéndose ante la lápida que hay en la plaza de la Villa, donde se hacían distintas ceremonias.

CESAR JORDA

 

(Publicado en El Trullo de Julio de 1986)