«Reloj no marques las horas, detén el tiempo en tus manos y haz esta noche perpetua.»

     Hay ciudades que en el transcurso de este último siglo han conseguido escapar a la vorágine del progreso. Otras mantienen un pequeño reducto, inconmovible, insensible al paso del tiempo. Son los cascos viejos. En ellos todavía es posible perderse en sus callejas, vivir al ritmo que marca un viejo reloj que, incansable, se introduce en nuestras vidas y nos acompaña en nuestros quehaceres diarios. Es otro pulso, el pulso de la ciudad que llega desde las torres de la Catedral o desde la fachada del Ayuntamiento.

     Este artículo no pretende ser una crítica, una reivindicación al uso. Se trata, simplemente, de una reflexión sobre el tema de los relojes.

     Si admitimos que estos viejos relojes son el corazón de la ciudad y sus latidos el pulso, Requena está enferma de gravedad. Para el autor de estas líneas, esta carencia actual de un reloj que marque nuestros pasos y guíe nuestras actuaciones, se convierte en un símbolo. No es un hecho casual sino un fiel reflejo de la Requena de hoy. Para un maestro relojero el dictamen profesional sería sencillo: desgaste de maquinaria, abandono, falta de engrase y, en última instancia, carencia de un hombre que dé cuerda, que nos dé cuerda. El diagnóstico es certero y aplicable a cualquiera de los relojes que decoran las fachadas de nuestros más simbólicos edificios.

     Empezaremos por el de la Caja de Ahorros. Personalmente me parece el más grave. Por su situación ha sido en lo que va de siglo el más representativo de nuestra ciudad. En el viejo portal todos, viejos o jóvenes, seguimos mirando y levantando la vista cada vez que estamos en sus cercanías, decepcionándonos con la visión de unas agujas inmóviles, de un testigo mudo y silencioso del abandono que nos rodea. Atrás quedan los tiempos en que este reloj era el orgullo de los requenenses. En la radio se hicieron chistes sobre el tema. Un personaje decía: «En Requena han inaugurado un soberbio reloj que toca las horas y las medias». El pardillo -en todos los chistes hay un pardillo- preguntaba inocentemente:

     -¿Y los cuartos?

     -Los cuartos los tocan abajo, tontilán.

     Como ven, el reloj está ahora incompleto, mutilado. Los cuartos, aunque nos pese, los siguen tocando abajo. De las horas y las medias nadie sabe su paradero.

     Vamos con otro reloj, el del Salvador. Se oía prácticamente en toda la ciudad, viejo y cascado tenía muchos achaques; se adelantaba y retrasaba con facilidad, ¡pero era tan viejo!, tan conocido y familiar que, como al abuelo, nadie le creía sus mentiras. Hace aproximadamente 25 años que no funciona. Como siempre, la Iglesia, simbolizada en este reloj, pierde el «signo de los tiempos». Con la celebración del Concilio Vaticano II (1962-65), hubo un intento renovador. Todo pareció ponerse en marcha y hasta el reloj sufrió una reparación. Por unos años el reloj funcionó y el mandato conciliar de una «mayor presencia en la sociedad», se hizo tangible en Requena.

     Nos queda un reloj, el que decora la torre de nuestro antiguo mercado. Es un «Cubillas», por lo visto un buen reloj que no ha tenido suerte en la vida. Eclipsado por el cercano y más potente reloj de la Caja de Ahorros, nunca ha tenido un papel relevante en la vida requenense. Ahora se está renovando el mercado, pero mucho nos tememos que nadie se acordará de él.

     Mi amigo Andújar ya no dispara su cañoncito desde la Enológica, al poder civil y político le falta engrase y nuevos horizontes. La Iglesia avanza poco a poco a remolque de los cambios que en la sociedad se producen. Y el dinero vuela.. se va hacia otros lugares donde es más rentable invertir. Nos falta un corazón único, alguien que nos recuerde, cuando llega el momento de acostarnos, lo poco que hemos hecho por este pueblo y lo mucho que queda por hacer.

     De momento me negaré a llevar reloj de pulsera. Buscaré con la vista el reloj de sol que todavía existe en una esquina del Portal, aunque por las noches el tiempo también se detenga en razón de una inmóvil farola que no hace milagros.

JOSE SIERRA HERRERO

 

(Publicado en El Trullo de Julio de 1986)