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| Partiendo de la airosa fuente de los Patos, te invitamos, lector amigo, a que nos sigas por este recorrido pródigo en añoranzas, recuerdos y anécdotas curiosas. Comenzaremos diciendo que, durante el dominio árabe, nuestro Rabal lo ocupaban huertas y praderas, con algunas barracas, colmenares y molinos. Tras la Reconquista, surgieron allí pequeños núcleos urbanos (la Aduana, el monasterio del Carmen, las Ferrerías...), inmediatos al llamado «carril de la Corte» (iba por las Ollerías. Debajo de las Ventanas, fuente Flores, Santa Catalina...), anulado en pleno siglo XV por el Camino Real (iba por Caracuesta, El Portal, Fuencaliente, Santa Catalina...). En esta travesía no tardaron en surgir numerosos edificios, formando la llamada «Ruta de los mesones». Todo este progreso urbanístico culminó en 1795 al soldarse las tres Requenas en una sola, tomando el casco urbano la traza de una cruz, con los brazos extendidos hacia su pasado (Castilla) y su futuro (Valencia). La forma actual es la de un trapezoide. |
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Comenzaremos nuestro periplo por El Portal, así llamado por una portalada con foso y puente levadizo que aseguraba el acceso a la fortaleza. Sucesivamente se denominó Portal de Castilla y de Madrid (que honró a Requena dedicándole una calle en 1836), plaza de los Patos y del Mercado, de Canalejas y de Sanjurjo. Con sus aledaños, constituye El Portal el núcleo comercial de la ciudad, sobre todo desde que el mercado de los jueves (concedido en 1468 por Enrique IV, trasladado luego a los domingos y, ahora, a los sábados) dejó de celebrarse en la plaza de la Villa y echó cuestas abajo. Fue El Portal lonja de desocupados, ombligo y zoco de la cristiana Requena, cuyos crepúsculos fueron amenizados a lo largo de trescientos años por las campanicas de las monjas.Don Pedro de Carcajona dispuso en 1629 la fundación de lo que al poco fue iglesia y convento de San José, de Agustinas Recoletas, con la dotación de unos 12.000 ducados, incluyendo las casas de su hermana doña María, viuda de Ruescas ("en el sitio más acomodado de la población"), a la que le había legado 3.000 ducados, su propia casa y «una esclava llamada María».Poco después, en el llamado Rincón de las Monjas, se balanceaba el dogal de la «horca pública», sustituida por el «garrote vil». Luego, en esta misma rinconada se vendían cerditos «recién cumplidos», cuyo triste destino, con los primeros fríos, era el mismo que el de los ajusticiados, si bien, con cuchilla y mondonguera. |
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Enfrente, junto a la esquina de la calle de las Monjas, estuvo el pilón y abrevador, donde personas y animales calmaban su sed; con un reloj de sol en lo alto, al que recientemente le han dado cuerda. A unos pasos estuvo el primitivo emplazamiento de la fuente de los Patos, construida en tiempos del alcalde don Anselmo Fernández (1883). En El Portal, soportando fríos, calores y ventiscas, envejecieron generaciones de Tamarisas, Norqueras, Payas, Menas y otras esforzadas vendedoras durante aquellos benditos tiempos en los que se almorzaba por un real. Y en el esquinazo que hay frente al callejón de la Melguiza (luego de Pablo Pérez Perul), la tía Rollera, en solitario, con su caja colmada de berlangones que atraían a más moscas que muchachos. Este esquinazo daba acceso a la Cava, donde se trasladó el burdel del callejón de los Frailes. Debido a un sangriento suceso protagonizado frente a la posada del Portal, por unos arrieros, el callejón de la Cava fue desalojado y tapiado. Y abandonaremos El Portal diciendo que la demolición de la iglesia y convento de San José, así como algunas casas colindantes, hizo posible el espléndido desarrollo urbano del Arrabal. --- ooo --- Y pondremos pie en la calle del Peso, de la que escribimos algo recientemente. Frente a la calle Ancha del Arrabal (Olivas) estuvo el Peso de la Harina o Pósito (Red y Alhóndiga). En la calle del Peso (últimamente de Castelar y de José Antonio) existía hace siglo y medio el parador de la Carlota, del que llegó hasta nosotros el lance de aquel militar que, contemplando desde un balconcillo la procesión de Jueves Santo, un penitente le quemó la barba. Frente al parador, lo botica de don Ramón Saiz de Carlos, el afortunado preparador del "Elixir estomacal" que, desde Madrid, su pariente el doctor Garrido propagó por todas partes. No queremos pasar por alto el pintoresco espectáculo que en los días de mercado nos ofrecían en las aceras de esta calle las aldeanas aguantando inclemencias y regateos con un gallo o conejo entre manos. Personajes tan ilustres como olvidados que vinieron al mundo en la calle del Peso de la Harina fueron el gran violinista Manuel Banquer Lasa (1852), el literato Julián Pérez Carrasca (1931) y el catedrático de Medicina, doctor don Ramón Vila Barberá (1941). Y caminamos hacia la plaza del Arrabal (luego, de España, que llevó sucesivamente los nombres de Constitución, Felipe V y República) y a la que afectan los siguientes versos:
En «la Plaza» radicaban tres de los cuatro casinos requenenses (convertidos casi todos ellos en entidades bancarias): el Central, de los Armero (antes, de Gregorio Sosa); el Comercial, de M. Lechuga; el Recreativo, de don Fructuoso Montes. Este señor, el primero que embotelló vinos de Requena ("El Perro Chico": doce botellas, sin el casco, 4'50 pesetas), cierta madrugada, frente al Cementerio Civil, se roció con gasolina y, a la vez que la prendía fuego, se disparaba un tiro en la cabeza. A lo largo del siglo XVIII, en «la Plaza» ya se celebraban fiestas de toros, comedias y títeres, que los munícipes tenían el privilegio de contemplar desde "un balcón de palo" contiguo a la calle del Carmen. Diremos también que en ella se prodigaron las artesanías y los tipos populares; y hacían las delicias del público charlatanes y sacamuelas, los bigardos del cartelón relatando "crímenes horrorosos, así como los ciegos de vihuela que cantaban las trágicas muertes de Fabrilo, Joselito, Granero y otros famosos lidiadores. --- ooo --- Y enfilamos nuestros pasos hacia la calle del Carmen, «troceada» con los nombres de Mariano Cuber (elevó a Nacional nuestro Instituto Local de Enseñanza Media) y doctor Verdú Diana, conservando el primer tramo (dedicado luego a Juan Piqueras y a Calvo Sotelo) la denominación primitiva. En la esquina izquierda de esta calle estuvo «la Argolla», una especie de jaula en la que los rateros de la huerta eran «expuestos» a la vindicta pública con el fruto de sus rapiñas. Pero este «suplicio» se suprimió en 1832. En la otra esquina la carnicería de Robredo, quien venía siendo importunado con las absurdas reclamaciones de cierto pastor. Aquella mañana, este se presentó «acompañado» de una navaja cabritera. Robredo que la vio relucir, echó escaleras arriba, encomendándose a la Virgen de los Dolores, de la que era muy devoto. El pastor tiró tras él, con tan mala fortuna que rodó escaleras abajo, muriendo en el acto. Ya en la calle, recordaremos a «los Atuneros», quienes botaron en Villajoyosa un pesquero con el nombre de Requena, y en correspondencia rotulamos una calle con el nombre de aquella ciudad. Recordaremos, asimismo, al impresor Salvador Soteras, de cuya antidiluviana prensa salieron diversos semanales locales; a don Joaquín Ferrer, el republicano nombrado «alcalde por Real Orden»; al escritor festivo don Pedro Masiá, al dentista Zarzoso y... «a las pobres chicas que Garrote quería amparar». También evocaremos el viejo Hospital del Niño Perdido (El Novillero), situado frente a la antigua posada del Conde (de don Nicolás Dávila-Carrillo y Pacheco, conde de Ibangrande), convertido en cinema. Continuando nuestra marcha, nos enfrentamos con el ex convento de frailes carmelitas, fundado por los Infantes de la Cerda a fines del siglo XIII. Este sórdido edificio albergó todo lo albergable (Cuartel de Milicias, El Liceo, Casa Consistorial, Juzgados, oficinas de Consumos y Telégrafos, Escuela Pública, Academia de Música, Parque de Bomberos, Colegio de San Nicolás, Escuela de Artes e Industrias, Instituto de Enseñanza Media, Policlínica Municipal, Museo Municipal... salón de conferencias, conciertos y exposiciones, etc.). Y junto al convento, claustrado en 1834, el templo del Carmen (donde radica la parroquia de San Nicolás), en el que se venera nuestra excelsa Virgen de los Dolores, que sucedió en el patronazgo a Nuestra Señora de la Soterraña. Y seguimos adelante, en pos de la morada de la extravagante latiniparla, a quien todos conocían como «la tuerta de Paco Moral», de la que nos quedó el lance «de la carguica de leña» («señor rústico, ¿a cómo se cotizan esos palos mal trazados que gravitan sobre tan mísero jumento?» Y dicen que todo acabó con unas palabrotas y un portalazo). --- ooo --- Dejando a un lado la magnífica residencia a cargo de las beneméritas Hermanitas de Ancianos Desamparados, seguiremos por la calle de los Alamos (dedicada en 1900 al alcalde don Antonio Pérez, «El Trillero», la Carrera de los Frailes y la plaza Consistorial (general Mola) que ciñen la Glorieta o Parque Infantil Gómez-Ferrer. A dicha plaza recae la «Sala de novicios del Carmen», donde se instaló en 1851 la Casa Consistorial (antes estuvo en la plaza de la Villa). La Carrera, al igual que la de San Sebastián, nos recuerda las competiciones hípicas en las que los jinetes, empuñando punzones, pugnaban por atinar la anilla con la cinta deseada. Estas «carreras de cintas» con bicicletas las organizaba años después en la plaza de toros Julio Albir. La Glorieta se acondicionó en el huerto de los Frailes, cuando acababan de incorporarnos a la provincia de Valencia. La primitiva Glorieta o Parque de María Cristina estuvo entre las calles de Colón y San Agustín. Las gentes dieron en llamarla «la Glorieta del Catarro». Al final de la Carrera de los Frailes, don Benito y don Mariano Peynado levantaron sus imponentes moradas. Allí pernoctaron las niñas Isabel II y su hermana la infanta Luisa Fernanda. En una de dichas moradas se instaló el Colegio de Religiosas de la Consolación, clausurado hace algunos años. Antes de proseguir nuestro camino, dedicaremos un recuerdo al médico don Canuto Sánchez, siempre en vanguardia de las actividades filantrópicas; al laureado héroe de Baler don Loreto Gallego, al notario-poeta don Enrique Tormo, al tallista Gil Comas y, entre otros, al doctor don Francisco Salvá. Todavía resonarán en algunos oídos las voces del tió Vallanca, «alcaide» de la Glorieta que, a últimas horas de la tarde, levantando su «bastón de mando», repetía una y otra vez: «¡Que cierro!». --- ooo --- Ya en el Portalejo (calle dedicada en 1912 a don Anselmo Fernández, diremos que por frente a la calle del Rey de Francia, existió hace siglos un pequeño portal y un ensanche donde terminaba el camino del Atajuelo, que venía por el «puente de tablas del regajo de Reynas», la Garrota y la calle donde residía don Juan Penén, rico mercader de sedas que, por sus afanes en pro de los tejedores, fue felicitado por Carlos III. Sacaremos a colación la famosa «dança del Portalexo», que ya en el medioevo y al son de chirimías y tamboriles, precedía a las enramadas de «bujes» (ramitas de boj) y a las procesiones más solemnes. También recordaremos que durante la guerra de Sucesión causó profunda impresión entre los vecinos el hecho de que la soldadesca, integrada por ingleses y portugueses, asaltara el Carmen, donde robó cuanto pudo, destrozó el Sagrario y se llevó el Copón con las Sagradas Formas que, horas después eran recogidas «en el parage que llaman el Portalexo» por el franciscano fray Vicente Edo. Por frente a la casa solariega de los ilustres requenenses don Manuel y don Cirilo Cánovas, en pleno Portalejo, estuvo la mansión de los Fernández Albarruiz. De esta noble familia recordaremos a don Agustín S. Fernández (diputado a Cortes que fue por la provincia de Cuenca durante tres legislaturas), el cual, en sus tiempos estudiantiles, alcanzó extraordinaria popularidad en la Villa y Corte por sus extravagantes vestimentas. Su presencia en Requena constituía un sonado acontecimiento, pues su paso por las calles dejaba una estela de cuchicheos y risotadas... Aquel domingo, de punta en blanco, nuestro hombre se encaminó a Santa Maria para oír la Misa de once «o de los señoritos». Lucía una casaca verde de la que salían encajes por todas partes, y un elevado sombrero de copa que más parecía una chimenea. Apercibidos unos muchachos, echaron tras el petimetre, coreando: «¡Odo y qué chimenea!»... Y con el apodo de Chimenea se quedaron el pisaverde de marras, toda su familia, la casa del Portalejo y hasta una labor que poseían en la vecindad de Fuencaliente. --- ooo --- Y llegamos a «la Carretera», donde hace ya más de un siglo que no restalla el látigo del mayoral de la diligencia. Aunque la llamada carretera de las Cabrillas no entró en servicio hasta 1847, medio siglo antes habíase planeado la travesía por nuestra entonces villa, no tardando en levantarse sólidas edificaciones con nobles portaladas (los Moliní, Omlín, Oria de Rueda, Herrero y Velasco, Ruiz de la Cuesta, Pardo de la Casta, Ortiz de Vallejelo, etc. ) Entre estos edificios destacaba el inmenso parador de San Carlos, edificado por don José García lbáñez (Capote). También abrieron su puertas las posadas del Caballo, del Globo, del Torratero (en la calle de Olivas) y, más tarde, el Hotel Agulló, que fueron languideciendo, al igual que los de la «ruta de los Mesones», con la llegada del ferrocarril y del automóvil. «La Carretera» fue dedicada últimamente a la Constitución (antes recibió los nombres de calle de San Carlos, Cánovas del Castillo, Blasco lbáñez y Generalísimo). En ella recordaremos a don Nicolás Pérez (forjador de «La Requenense de Autobuses») y al alcalde don José Cobo Ortiz. Y ya en la plazuela de la Enológica (hoy de V. García Tena), por la llamada esquina de Haro (en la morada que fue de don Ramón Núñez de Haro, padre político del general Pereyra Morante), enfilaremos la calle de las Monjas (ofrendada al navarro don Norberto Piñango), en la que haremos memoria del general don Miguel Pérez y del sacerdote don León Ramos (promotor del establecimiento del Asilo de Ancianos y del Colegio de la Consolación) ... Y rendiremos viaje en un banco de nuestra maravillosa Avenida, cuando la luz de las farolas reverbera en el bello enlosado que va desde la fuente de los Patos al Monumento Nacional a la Vendimia. R. B. L.
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| (Publicado en El Trullo de Julio de 1986) |
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