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| Estamos convaleciendo de la efusión verbal que trae aparejada cada campaña de elecciones, con sus alardes de ingenio o de causticidad que tienden a orientar las volubles voluntades hacia cada uno de los propósitos a que se juega.En uno de los lances orales de turno, alguien -no importa quién- sacudió la dormida sensibilidad de quienes van por la vida repitiendo "de oficio" lo que han oído tantas veces. Y se crispó el pelo de la historia porque se dijo, enfáticamente, algo así como "la madre que la parió..." Una súbita turbiedad de hipócritas pudores removió las aguas porque una expresión, así como hortera, venía a irrumpir en el lenguaje público, con escándalo de estilo novedoso, confundiendo a las mentes pacatas, aún vírgenes de no sé qué tipo de contaminación en el lenguaje.Y a mí, que soy coleccionista de viceversas, me sonó a cosa bien dicha, tal vez por aquello de que para ser madre hay que parir. Y en el acto de este sublime factor de creación se viene a transformar la vacua esterilidad de la siempre virgen en la augusta majestad de la siempre madre. Las cosas que permanecen son las que han sido paridas con gozoso dolor. Y una idea nacida "de padre y madre" -como está mandado- llegó un día a ser la primera Fiesta de la Vendimia. Fue un parto, nimbado de gozos y albricias, que tuvo después un torbellino de ecos con asombros e implantaciones aquí y allá del orbe vendimiador. Esto era natural. La Fiesta de la Vendimia, nacida en Requena e impulsada desde Requena, era la ritualización universal de un acontecimiento trascendente que tenía que romper silencios seculares. La llegada del bíblico vino joven, que era aceptada con la trivialidad de lo cotidiano, creaba riqueza y traía arrastres históricos que la propia historia tenía en secuestro. Y llenaba páginas en los libros de ciencia y en los de la administración con guarismos singularmente capitales. El vino tenía una presencia en la vida y una esencia en la propia Eucaristía "por la mano del hombre". Había una preñazón de razones que pugnaban por ser alumbramiento de algo significativo y un apetito de estímulos maternales de creación. Y saltó un día en pedazos el culpable silencio de siglos y estalló un jubileo que corrió caminos y ambientes vendimiales con la rapidez de su urgente creación. Y fue Fiesta desde el primer momento, con telúricas coincidencias en el tiempo y en el espacio. Y fue rito y alborozo popular. Y en un mismo día vistió, en Jerez, faralaes y mantilla y en Requena, sonrisas de organdí y severos terciopelos de tocas y corpiños. Y fue parida, "de padre y madre", la Fiesta que acuna las más hondas motivaciones: la Fiesta de la Vendimia, única, incomparable, báquica y reverencial, como una encarnación lúdica de los portentos históricos con que, desde la precristiandad, habían jalonado el Mediterráneo y su leyenda. Y con esta Fiesta, llena de legitimidades y compendio de pacientes actitudes creativas, versos y salmos, se significó una madre excepcional y primicia... Y fue Requena, en un singular momento de lúcidas encarnaciones, la bendita madre que la p arió..
José María Sánchez Roda
(Publicado en El Trullo de Julio de 1986) |
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