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| Por condición natural de la tierra y el esfuerzo de sus habitantes, Requena y Utiel, con todas sus poblaciones, tienen en el agro su principal y básica economía. Es la que le ofrece el fruto de la vid: el vino, de notoria excelencia y sublimidad. ---ooo--- Sucedió en Caná de Galilea, junto al pequeño lago de Genesaret. Desde el pórtico de la casa, se ven sus aguas azules y tranquilas. Es, acaso, el atardecer de uno de los días del mes de Nisán. Llega el suave aroma de los sicomoros y de las higueras, traído por la brisa. La diligencia de los servidores que preparan el banquete es muy activa. Van y vienen de la amplia sala, que ha de alojar a los comensales, a las otras dependencias. En el atrio, junto al tronco de una parra, hay colocadas seis hydras, con el agua de las abluciones. Van llegando los primeros invitados. El lucero de la tarde ya no brilla en el espejo del lago. La noche callada, va a extender su dominio, ya pronto, sobre la sumisa faz de la tierra. Todavía se oye el último zurear de las palomas en el terrado y el balido de un tierno corderillo, que en la primera oscuridad perdió a su madre. De pronto llega un murmullo de voces y prisas. -Salid corriendo, llega el esposo -grita al mayordomo. Y vestidas con blancas túnicas, con ceñidor de oro, recogido el pelo con graciosa cinta de seda y en las manos las lámparas encendidas, con buena provisión de aceite, las vírgenes, bellas y púdicas, salen a su encuentro. El esposo ha entrado y, tras él y su cortejo, la puerta se cierra. El convite empieza. La música de las chirimías y de las flautas de caña acompañan los primeros bailes de las danzarinas. Recostados sobre los triclinios, los comensales gustan el sabor primero de las frutas: los higos y las naranjas; los dátiles y bayas; las uvas, las guindas y las cerezas. Empiezan a libarse los vinos tintos de Jaffa y de Savona, tras la aparición de los platos fuertes de carne sazonada con pimienta, con mirra y áloe. Para hacer la degustación más sabrosa el aderezo de la lechuga y el apio, el cardo y el brezo, mojados en salsa picante. Ahora, es la cítara la que, pulsada por inspiradas manos, acompaña un cítrico dulce en el que con yámbico verso, se augura a los contrayentes una vida venturosa. De pronto, el maestresala se acerca susurrante al oído del esposo, que queda turbado y sorprendido. Una mujer se ha dado cuenta de lo que ocurre y dice al hijo que tiene a su lado: - No tienen vino. El mancebo, alto, esbelto, de atezado y sereno rostro, le constata: -¿Qué tenemos que ver tú y yo, mujer? Todavía no ha llegado mí hora. Más la madre no hace caso de la respuesta y llamando a los criados, señalándoles al joven, les indica: - Haced cuanto él os diga. Decidido por la confiada insistencia de la madre, el hijo se levanta. Le lanza una mirada de convicción y amoroso reproche, a un tiempo, y va hacia los servidores. - Llenad hasta el borde las hydras. Los criados obedecen - Servid ahora las copas, con su contenido. Y ante la admiración y el asombro de todos ellos, es vino, en vez de agua lo que sale de las panzudas tinajas. Cuando el maestresala, con el pequeño oenokoe, prueba el nuevo líquido, elogia cumplidamente al esposo. - Tú has dejado el mejor vino para lo último. Y remediada generosamente la escasez, se continuó bebiendo, con más gusto, con más alegría; porque en un convite de bodas no podía faltar el vino. ---ooo--- No lo cuentan nuestros historiadores, pero yo digo que el primer vino de Utiel y Requena, el precursor del que hoy se comercializa con tal denominación de origen, nos llegó de Oriente. Y debió ser no mucho antes de que lo sublimara el Señor que el sagrado misterio de la Ultima Cena, al convertirle en su sangre y ofrecerlo con el pan de su cuerpo a la sed y al hambre del mundo entero. Quizá lo trajeron aquellas gentes que llegadas a la península, enseñaron a las tribus ibéricas el cultivo y la industria de su aprovechamiento de varias plantas y productos. En mas inmediata época, junto a las villas romanas del llano de la Solana y del Ardal, en Utiel y de la Vega de Calderón y San Juan y Campo Arcís, en Requena, debieron plantarse las primeras viñas. A partir de aquí todo el agro comarcano habría de convertirse en un inmenso viñedo. Y fue entonces cuando el labrador de esta feraz tierra pudo llevar el vino a su propia mesa. Sin ser rico en otras cosas, gustando el frescor del verano o al calor de la lumbre en invierno, a la hora del yantar no le faltaría su buena ración de vino, servida en bota, botella o barral; aunque no fuera tan excelsa su calidad como la de aquellos vinos orientales de los que habla con alabanza la Biblia. Lo daría el jugo de unas uvas prietas y negras, de áspero dulzor, en su mayoría: el vino tinto o el más suave, el clarete, elaborado sin dejar fermentar el mosto con la brisa. Vino que haría famoso el nombre de Utiel y de Requena en lejanas tierras. Vino para beber sin miedo a la embriaguez; para dialogar ante él y hacer amistad; para servir al progreso y riqueza del vecindario; vino bueno, sano, gustoso, tanto el de oscuro color como el de rosada transparencia. Vino que enseñorea hoy la más humilde morada requenense y utielana y que eleva y da prestigio a sus habitantes; aquellos que trabajaron la viña, con gozo nacido del Cielo, de donde bajara, por generoso don de Dios, el nupcial de Caná y el eucarístico del Cenáculo. Es este vino de Utiel y de Requena; de la Venta del Moro, Villargordo y Camporrobles; de Caudete, Fuenterrobles y Sinarcas, en el que el pueblo tiene su mayor esperanza, porque con su mejor elaboración -la que se precisa para superar fuertes competencias- y su más difundido comercio, puede «conquistar» en un futuro no lejano, a Europa, y ser por ello, el producto de la vid, la más alegre y fecunda embajada de España.
JOSÉ MARTÍNEZ ORTIZ
(Publicado en El Trullo de Junio de 1987) |