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| Con verdadera nostalgia recuerdo aquellas largas veladas invernales en que sentados bajo la chimenea. gozando del suave calorcillo de algún tronco o cepa que se consumía en el hogar con su lento chisporroteo. Aquellas frías noches encalmadas de fuertes heladas, en las que en el firmamento las estrellas parecen brillar con mayor intensidad; en los extremos de la ciudad y allá en la lejanía se podía oír el aullido del lobo: todo, envuelto en el mayor de los silencios. Esto que refiero era allá por los años veinte a personas que entonces ya rebasaban los 80 años de edad, contándonos cosas de su juventud, mejor dicho "de sus tiempos". Un simple cálculo y deduciremos que todo lo que nos referían, ya hace mucho más de un siglo. Nos hablaban de cuando las elegantes de la época llevaban "miriñaque" y más adelante se puso también en moda el "polisón". Los bailes de moda eran la "tanda" y los "lanceros". Y de aquel invierno muy crudo, en que una manada de lobos penetró en la población en altas horas de la madrugada enloquecidos por el hambre, pues el suelo permanecía cubierto ya mucho tiempo por un fuerte temporal de nieve. ¿Se imaginan los lectores el miedo que pasarían aquellas gentes, oyendo los aullidos en la misma puerta de su casa?; la madre tomaba a su pequeñuelo y lo estrechaba fuertemente a su pecho, pero no pasó nada. Se habían tomado las máximas precauciones: hasta los serenos no hacían su ronda habitual ya que había noticias de que habían penetrado en otras poblaciones. También de cuando el alumbrado eléctrico aún no existía. Por las estrechas callejuelas de La Villa, vieron pasar algún fantasma de blanco sudario. Naturalmente, se trataba de algún vecino con turbios propósitos, para ahuyentar a los vecinos. Casi siempre se trataba de algún asunto "de faldas".Alguien que miró por la "rescliza" de algún ventano lo vio aterrado. Como no había radio ni cines y la televisión aún estaba muy lejos, aquella sociedad era mucho más relacionada. No existían tampoco los bares, tan solo cafés o casinos. En la calle Miguel Marco, algunas tabernas que eran frecuentadas por gentes de más baja condición. Por cierto que al entrar en aquella calle ya se percibía un fuerte tufillo a cazalla o aguardiente. Ya posteriormente se instaló el primer bar, al que acudía gente más selecta, lo que hizo exclamar al "Tío Mata"; "esto es una taberna ilustrada". Como había una gran afición al teatro se formaban cuadros artísticos. Algunos de estos cuadros alcanzaron gran calidad. Representaban comedias y dramas y también algunas zarzuelas (llegaron a poner en escena "Molinos de Viento", con gran éxito). También hacían incursiones a las aldeas. Como nota muy pintoresca referiré que solían montar un improvisado escenario con pipas y tablas de trullo y como en aquellos tiempos en el ambiente rural el dinero circulaba muy poco, la entrada se cobraba en especie: es decir, un padre de familia entregaba un conejo, pollo o cualquier otra ave, huevos, almendras, etc; lo que tenían, y con esto pasaba a presenciar el espectáculo él y toda su familia. En estas incursiones se produjeron muchas anécdotas, que no tengo espacio para relatar. Entre estas manifestaciones artísticas estaban los típicos "mayos", pero eran muy importantes las comparsas carnavalescas. Ya en los años veinte las comparsas habían decaído mucho, aquellos ancianos nos decían que para comparsas "las de antes" y tenían razón. Voy a reproducir algunos fragmentos de las más populares: muy pocos, pues el espacio de que dispongo no permite más. Nos hemos de remontar a finales del pasado siglo y comienzos del actual. Sucedió que cierto señor apellidado Garrote, quiso montar en Requena un llamado "café de camareras"; una especie de cabaret. Era el primer establecimiento de este tipo en nuestra ciudad. El alcalde, hombre muy severo, muy apegado a la tradición y de "buenas costumbres" se oponía a autorizar semejante "antro", pues creía que era un desprestigio para nuestro pueblo. Pero el tal Garrote ya tenía invertido algún dinero e incluso contratadas a las mujeres y se veía en el trance de perderlo todo. De nada sirvieron los buenos oficios de amigos y allegados ante el alcalde; nuestro hombre se encerró en un no rotundo y consecuentemente se estableció una fuerte pugna entre ambos. Sobre la apacible y hasta monótona vida de Requena, ya había materia para habladurías y comentarios con opiniones para todos los gustos. Los partidarios alegaban que el alcalde debería ser tolerante, los tiempos cambian y se debía ceder ante "el progreso". Pero como todo esto sucedía en la proximidad de los carnavales, aprovecharon la actualidad para organizar una comparsa alusiva al tema. Y para mantenerlo todo en el mayor secreto, los ensayos se hacían en la Plaza de La Villa, concretamente en la llamada "Bodega Honda". Y llegaron los días de carnaval... Por las calles de Requena, aparecieron unos jóvenes desfilando de dos en dos, al compás de una airosa marcha. Vestían ropas muy llamativas (simulaban ser camareras), con antifaz y la parte del rostro al descubierto muy bien afeitada y empolvada, cantando así:
Y entre "ellas" un grandullón, blandiendo un descomunal garrote y moviendo sus brazos en actitud paternal decía:
Mencionaré otra comparsa de la época que dejó rato recuerdo; fue aquella que suponía el nacimiento en nuestra ciudad de un ratón monstru so y con una musiquilla algo pegadiza, cantaban:
Otro fragmento decía así:
También decían aquellas coplas que en cuesta Molina, paró el tren con el rabo. Terminaba así:
No había para menos. Allá por el año 1875, se organizó una una comparsa llamada de "Los Marineros", todos sus miembros vestían como tales y para estar más en carácter D. Antonio Jordán, construyó un barco de madera, que montado sobre cuatro ruedas "navegó" por las calles de Requena. Asimismo fue muy famosa la comparsa que se metía con una joven muy bella que por motivos económicos marchó a servir a la capital. Esta joven pronto se captó las simpatías (y quizá algo más) de un capitán, (que según decían casi le doblaba la edad) que la instaló en un elegante piso. Fue vista por gentes del pueblo elegantemente vestida y... ¡hasta con gabán!. Téngase en cuenta que solamente llevaban gabán mujeres de buena posición social; todas las demás el clásico y veterano mantón de lana, en invierno.Todavía quedan gentes que recuerdan aquella estrofa o estribillo que decía:
Las comadres se hacían lenguas, y alguna exclamó: ¡Si sus abuelos levantaran la cabeza!. Otra comparsa aludía a lo confiadas y tranquilas en que vivían las gentes de aquí y he aquí otro fragmento de otra comparsa:
Tampoco podía estar ausente en las cosas del carnaval el famoso "Tío Garcés". En cierto carnaval, alquiló en Valencia una especie de organillo, consistía en una caja que colgaba del cuello, con una correa de cuero que pasando por los hombros y accionada con una manilla tocaba piezas de moda. Esto lo utilizaban los ciegos para pedir limosna. Un hombre era portador de una mesa de las utilizadas en la matanza domiciliaria de cerdos; parándose donde les parecía, el tal Garcés se subía encima de la mesa con una vestimenta muy estrafalaria y un gran pañuelo a la cabeza bailaba, mientras los demás miembros de esta comparsa, jaleaban y cantaban:
No encuentro quien se acuerde de cómo seguía esta copla, lo cual no es extraño, pues es probable que ande cerca del siglo.También solían aparecer en los carnavales otra variedad de comparsas llamadas "murgas" de carácter muy cómico y a veces hasta grotesco. Simulaban una banda o charanga. El bombo siempre era una cuba de sardinas y la maza de este improvisado instrumento, solía ser la del mortero de la cocina y hasta en una ocasión vimos utilizar un tronco de col. Criticaban o sacaban a colación algún chisme de vecindad. Recordamos la letrilla de una de ellas y uno de sus fragmentos decía así:
Después continuaban diciendo que si la Balbina ya no toma la aspirina pues según dice la Eufemia es que tiene neurastenia... Al final bailaban todos, hasta el portador de la pancarta. Creo oportuno referir que seguramente el primer receptor de radio que llegó a Requena (entonces le llamaban T.S.H.) se instaló en la estación Enológica, siendo director el prestigioso ingeniero D. Rafael Janini en 1920; con la finalidad de captar información meteorológica. También se facilitaba a la población hora astronómica, pues a las 12 del mediodía mediante un artilugio, se disparaba un "cañonazo". Muchas personas se concentraban en los alrededores de la Enológica, esperando el disparo para el ajuste de sus relojes. Muy pocas poblaciones disponían de un servicio de este tipo. Queda un superviviente de todo esto, el polifacético D. Antonio Andújar, que también se distinguió por su extraordinaria habilidad en el manejo del morse, como un consumado telegrafista. Y... por hoy nada más. LUIS GARCIA GRAU
(Publicado en El Trullo de Mayo de 1988) |