Mi ciudad, morena, toma el sol de otoño.

Empalaga el aire, que aún huele a vendimias,

y echan las bodegas sus viejos trancones

para el primer sueño de su joven vino.

 

Huele a sementera y espera las lluvias

el siena hecho surcos del seco barbecho

y hay en las ventanas geranios votivos

de verde perenne, que pasan la lista

de supervivientes de las floraciones.

 

Ciudad sin ejido, que no hace antesalas.

A Requena se entra desde el primer paso:

su puerta está abierta, pasen sin permiso...

pero hagan silencio porque hay niños nuevos

durmiendo en el halda de jóvenes madres.

 

La historia es muy vieja pero el pueblo es niño:

nace cada día para hacerse historia

y en cada bodega declama el poema

de un rudo lenguaje de aromas y rojos.

 

El porrón recita los versos menudos

del trago pequeño que el viejo trasiega.

y hablan de incunables sus hondas arrugas

mirando el camino que holló con el carro

y ahora se peralta para los tractores. !

 

Pasan por la calle de Santa María

los coches modernos con escape libre

y no se perturban los viejos blasones

-que son vida misma dentro de su muerte-

con los nuevos brillos de alegres esmaltes

que están, de consuno, cerrando eslabones

de la amplia cadena sin fin de la Historia.

 

Apaga Requena sus luces de fiesta,

pero queda encinta de otras Navidades

para un nuevo Cristo de fe y de esperanza.

y exorciza un aire que llega cargado

de soles de invierno y anchas primaveras.

 

Cada cosa sueña su sueño distinto.

Magnifica el aire la vieja campana

para que los fieles fichen nuevos salmos...

y en la orza hay un resto de agraz en adobo

de aquella antañona cepa del abuelo.

Todo sabe a pueblo y a vieja Requena.

 

Libros bajo el brazo, pasan los muchachos

y el consumo dicta modas y costumbres.

Nadie ya en la vida canta de falsete,

que el Otoño advierte que hay que andar de nuevo

antes que se borre lo que ya está andado.

 

Todo son urgencias. Los viejos molinos

muestran su esqueleto caduco e inútil.

Se mira la vida desde otros patrones

y, sublimemente, cantan los poetas

el anacronismo de sus viejos versos;

pero se reservan el ser los testigos

de lo que aún es digno de ser conservado.

 

La música urgente. La pintura urgente...

De amor nadie muere: esto ahora se cura.

El ganar dinero no tiene importancia:

lo bueno es gastarlo, pero hay que tenerlo.

 

Y ahora me doy cuenta que el Otoño es éste

y quizá es ya tarde para muchas cosas,

menos para el parvo calor del Otoño

y el abrigo dulce de la vieja patria,

que en este negocio se cobra la renta

de amor y recuerdos que hay en exclusiva

para los que buscan siempre el explicarse

porqué, sin saberlo, se llama Requena

este sol de otoño y este olor de mosto

y estas viejas piedras y esta mano amiga

y este dulce nombre y este amor que encuentro,

que es el mejor rédito por haber nacido...

 

 

JOSE Mª SANCHEZ RODA

 

REQUENA

Otoño de 19...

 

 

(Publicado en El Trullo de Mayo de 1988)