Así. Sin maracas.

     La cosa ha aparecido, a toda columna, en la prensa seria y grave: "El vino tinto puede provocar jaqueca, según un estudio".

     Esperamos que sea una frivolidad. Que la cosa no tenga más solvencia que la de la moza garrida de Chueca, que escudaba su despechada agresividad en el vano argumento de "Me han dicho que la Manuela..."

     Pero se asegura que unos investigadores que dirige la doctora Julia Littelwood, en la clínica "Princesa Margarita", del hospital Charing-Cross de Londres, han pontificado que el vino tinto produce jaquecas.

     Y han tomado unos pacientes-cobaya a los que han hecho beber "vino español" o una mezcla de vodka con limonada, de un contenido alcohólico equivalente. Igualmente, suministraron la mixtura a otros afectados de una jaqueca de etiología ignorada. Y, para más "inri", a un último grupo que de jaqueca, ni pum.

     El resultado, para los que "andan buscando cuestión" ha sido que sólo los que bebieron vino tinto resultaron con migraña.

     ¡Hombre, qué casualidad!

     Dicen las informaciones que los ingredientes bípedos sometidos al experimento ignoraban, todos ellos, qué clase de bebida habían ingerido. Sabia medida, al efecto de que el prejuicio no pudiera operar en su confesión clínica. Y este resultado -con reactivos pensantes e impresionables-, es preocupante.

     ¿Puede tratarse de un nuevo montaje de la bien artillada guerra de intereses comerciales que tuvo sus inicios en la vieja cuestión de Xerry-Jerez, de Cognac-Brandy o de Champagne-Cava?

     No sabemos de dónde vienen los tiros. Pero se tirotea.

     Desde las galaxias, más o menos localizadas, se hace un fogueo real de morteros, que es una manera de lanzar la piedra y esconder la mano. Nadie señala con el dedo visible. Pero se baten zonas sensibles a las oscilantes morteradas, por si alguna da en el blanco.

     Para dar cierta credibilidad a la vidriosa empresa de la investigación, sacan a bailar a unos desconocidos danzantes en juego que llaman favlanoides, que son como una rama renegada de los fenoles que dan color al vino tinto y que son, sin embargo -así lo aseguran-, destructores de los tóxicos que se desprenden de la dieta o del metabolismo, pero que pasan factura en forma de jaqueca.

     Los vinos blancos, claro, están libres de pecado en lo de la jaqueca, pero tampoco les alcanza la virtud antitosigante.. .

     ¿Cierto o falso?..

    Desde las trincheras de mi condición de habitual consumidor de vino tinto "a palo seco", sin aditamentos líquidos o gaseosos, aporto mi testimonio de que jamás sentí otro dolor de cabeza que el que siempre comparto con el propio viticultor por las penalidades que comportan el cuidado, desarrollo y desvelo por llegar al levantamiento provechoso de la cosecha.

     Pero, después de este rifirrafe informativo, queda en el aire algo así como un ruido de cadenas de este nuevo fantasma, que hay que cazar vivo para que no enturbie los aires aromosos de la viñada. Lo que se pretende es una apasionante singladura publicitaria, con el plumero al descubierto.

     Pero, doctores tiene la mística química y enológica, que habrán de salir al paso de estas interesadas campañas que, bajo apariencias científicas, operan al servicio de intereses mercantiles en una guerra de calidades y prestigios.

     Y no lo descuiden. Que la competencia no perdona que nuestros vinos de color-envidiable color- empuñen el lábaro en el colosal desfile europeo, que ya está templando sus gaitas...

 

(Publicado en El Trullo de Agosto de 1988)