A Rocío Andrés Fuster, en agradecimiento al señorial orgullo con

que siempre lució el indumento requenense.

 

     La circunstancia de que nuestra Fiesta de la Vendimia ha llegado a alcanzar la consideración pública de festejo señorial, es algo que no se consigue asimilar en su debida dimensión hasta el momento en que, alguien a quien podemos denominar como "ajeno" viene a ponérnoslo de manifiesto.

     Departiendo recientemente con D. Rafael Fernández Pombo, último poeta que obtuvo el galardón de la Flor Natural en nuestro prestigioso Certamen Literario, me constataba emocionado, la gran categoría reflejada en el acto de Presentación de la Reina Central y Corte de Honor de nuestra Fiesta; el gran cariño y esmero que las comisiones dedican a cada uno de sus detalles, así como la circunstancia que venía a resultarle mucho más admirable, el extraordinario comportamiento del público asistente, el cual llegaba a vivir como propio cada uno de sus históricos momentos.

     Todo lo antedicho venía a patentizarlo una persona, la cual, ha hecho senda por toda España en el envidiable arte de la recepción de honores que tan dificultosamente suele propiciar la gloria literaria.

     Y a uno que siempre le ha encantado sumergirse en las esclarecidas aguas de la meditación, a la búsqueda del auténtico sentido de las cosas, se pone a cavilar en el intríngulis de nuestra Fiesta sobre las posibles motivaciones generadoras de su propia grandeza; en la misteriosa fuerza que llega a ejercer sobre nuestras gentes, a fin de que con todas sus controversias, haya logrado ser aceptada por el pueblo como parte inseparable de nuestra peculiar forma de vida.

     Modestamente habrá que reconocer la coyuntura de no ser yo, seguramente, la persona más indicada a efectos de otorgar cumplida respuesta a unos interrogantes cuya satisfacción implicaría una exhaustiva armonización de las distintas filosofías que, sobre el particular, vienen pululando por todo nuestro controvertido contexto social, pero, lo que realmente nadie habrá de impedirme, será reflejar en estos momentos una somera exposición de mi particular versión sobre este importante fenómeno sociocultural nuestro, la cual, tras la profunda situación meditativa, he logrado rescatar con los elementales aperos propiciados por una vida todavía joven, pero tan exacta en su dimensión como para considerar a nuestra Fiesta como auténtica compañera generacional, toda vez que, quien estas letras escribe, tuvo el honor de haber llegado a la existencia en Requena, al mismo tiempo que su propia Fiesta.

     La solera de la Fiesta se la ha otorgado su genuino sentido. Este espíritu no viene a ser otra cosa que la especial acción de las personas que han venido labrando su propia vida en su dilatado y fecundo transcurrir histórico: La gentileza, belleza y categoría humana de sus Reinas. La extraordinaria capacidad de gestión de sus Presidentes. La generosa e incondicional entrega de cada uno de los comisionados que por ella han desfilado a la búsqueda del objetivo previsto. El gracejo y bello donaire con que las distintas generaciones de mujeres han venido engalanando sus Cortes de Honor; y por si todo lo dicho fuese poco, la hermosa circunstancia de que nuestra Fiesta fuese parida por un colectivo de personas que sentían a Requena, que pensaban en Requena y que siempre llevaron a Requena en lo más profundo de sus corazones.

     Debido al especial linaje de estos ingredientes, reposados y envejecidos en el roble de los tiempos, es por donde nuestra Fiesta llegó a obtener la genuina calidad de su solera, puesto que dicha nomenclatura vitivinícola, metafóricamente trasladada en su literal sentido a nuestra realidad festeril, viene a tener su origen en una serie de hipotéticos barriles plenos de ilusión, en cuya última fila vive el caldo arquetipo. El primer año, el vino de la Fiesta ingresa en los barriles de la última línea de la escala, iniciando su ascenso por mitades y años hasta alcanzar el nivel final y con ello, el envejecimiento propio y otorgador de una bien elaborada calidad. Vino o Fiesta; ¿cuál es la diferencia?

     Así es como este requenense viene a concebir la realidad de su Fiesta: Calidad, belleza, sacrificios, ilusión, contrariedades, entrega, vivencias, experiencias, labor... y, sobre todo, AMOR; amor a una tierra que siempre ostentó la nunca fácil capacidad de forjar historia.

     Con estos antecedentes a nadie podrá extrañar que nuestra Fiesta de la Vendimia solamente pueda alcanzar una catalogación que llegue a hacerle justicia: SEÑORIAL.

JULIAN SANCHEZ SANCHEZ

 

(Publicado en El Trullo de Diciembre de 1988)