El hablar con cierta seriedad y rigor de nuestro "traje típico" nos lleva, necesariamente, a introducirnos, más o menos profundamente, en la investigación histórico-etnológica de la indumentaria tradicional de nuestra comarca.

     Aunque aparentemente y en la práctica sean tenidos como idénticos, hemos de manejar dos conceptos bien distintos para seguir con nuestros comentarios. Un pequeño análisis nos llevará, con facilidad, a diferenciar lo que hoy conocemos como trajes típicos, de un apartado de la etnología histórica que podemos denominar "indumentaria popular tradicional".

 
 

     La indumentaria popular tradicional corresponde, por completo, al pasado y hace referencia a las formas populares de vestir de generaciones precedentes. Es uno de los aspectos de la cultura material que tiene posibilidad de estudiarse científicamente desde el punto de vista histórico, económico, sociológico e incluso artístico. Las fuentes que pueden proporcionarnos datos para la investigación en este campo son todos aquellos documentos escritos en los que se citan y especifican prendas, accesorios, oficios, etc., relacionados con la vestimenta. No menos interesantes son las pinturas, dibujos y fotografías correspondientes a la época a estudiar y finalmente, como material más directo, nos encontramos con aquellas piezas auténticas conservadas por olvido o por afecto en arcas y cómodas arrinconadas en trasteros o casas viejas.

     También podemos añadir a estas fuentes materiales las alusiones que, sobre la indumentaria, nos proporciona la tradición oral por medio de expresiones populares del habla cotidiana, refranes, adivinanzas, cuentos, coplas, canciones, romances, etc" y que nos aportan información importante a la hora de intentar determinar y concretar los aspectos y formas que caracterizan a la fijación que popularmente se hace del indumento aristocrático en un tiempo y espacio dado, indumento éste siempre sujeto a las modas internacionales.

 
 

     El traje típico, por el contrario, es un fenómeno actual de creación reciente, en general, aunque se inspire en formas antiguas de vestir. Su adopción como uniforme distintivo para fiestas y grupos folklóricos se viene dando desde finales del siglo XIX y primer tercio del siglo XX. La generalización y extensión de su uso y variedad se produce en España entre la posguerra y los años 70 con la existencia de los llamados Grupos de Coros y Danzas de la Sección Femenina.

Coincidiendo con los movimientos autonómicos de los primeros años de la democracia española, los trajes típicos, fijados ya rígidamente desde la posguerra, entran a formar parte de todo el conjunto de signos de identidad que las autonomías y comarcas se esforzaron, en aquellos momentos, de extraer en la búsqueda de sus raíces culturales diferenciadoras.

Según lo que acabamos de decir sobre los llamados trajes típicos, pronto llegamos a la conclusión de que tales atuendos cumplen dos finalidades importantes:

     a) Son símbolos de identidad diferenciadora a nivel local, comarcal o regional. Para cumplir esta misión no interesa tanto la autenticidad y fidelidad con la indumentaria tradicional en la que se inspiran, sino el resaltar aquellas piezas y elementos más diferenciadores que los distinguen de las formas adoptadas por pueblos o comarcas limítrofes.

     b) Son un medio de ostentación al convertirse en uniformes festivos que dan vistosidad y colorido a los desfiles callejeros y a las actuaciones de los grupos de danzas. Estos indumentos, al entrar a formar parte del conjunto de elementos festivos, completamente admitidos en nuestra sociedad actual, poseen vitalidad y por ello, a pesar de la fijación uniformista a la que están sujetos en muchos lugares, son cambiantes y se acomodan a ciertos gustos y modas dentro de su género. Según esta evolución, se ha generalizado la tendencia a enriquecerlos, con mejor o peor acierto estético, para que puedan cumplir su misión ostentosa.

 

     Tras estas generalidades válidas como preámbulo introductorio y aclaratorio, ya podemos centrarnos en nuestra comarca con tal de poder exponer parte de lo que conocemos acerca de su indumentaria popular tradicional sobre la que se inspiraron, en época relativamente tardía, quienes trataron de dar forma a nuestro traje típico usado en la actualidad.

     Es interesante hacer un poco de historia y un  pequeño análisis de este indumento festivo que  nos diferencia de otras comarcas vecinas y que se luce actualmente, con motivo de las fiestas más importantes, en nuestras ciudades, villas y aldeas.

     Referente a la indumentaria tradicional hemos de decir que poseemos abundante documentación que nos puede facilitar el estudio de ella en nuestra tierra, por lo menos desde el siglo XVIII hasta principios del XX. En este sentido son de notable interés los inventarios de bienes muebles que todavía se conservan en muchas casas y que corresponden a las hijuelas de casamiento, a los testamentos y a los documentos  de particiones de herencias. De todos ellos hemos conseguido una buena colección recopilada en distintos lugares de la comarca a base de originales y  de fotocopias. La época a la que corresponden abarca desde la 2ª mitad del siglo XVII hasta el primer tercio del siglo XX, como ya hemos apuntado.

     Una obra en la que encontramos numerosos detalles sobre la fabricación de tejidos de seda, de lana, de cáñamo y lino en nuestra comarca en el siglo XVIII, es la debida a Eugenio Larruga, con el título "Memorias políticas y económicas sobre frutos, comercio, fábricas y minas de España", publicada en Madrid en 1742.

     La evolución de la vestimenta de nuestros  antepasados, desde el siglo XVIII hasta épocas cercanas a nosotros está claramente plasmada en la valiosa colección de exvotos pintados que se conservan en el Santuario del Remedio de Utiel, a los que hay que añadir algunos dispersos en término de Requena.

     Desde finales del siglo pasado se suman a tablas y lienzos pintados las fotografías, corno documentos gráficos que nos acercan al conocimiento de nuestros indumentos tradicionales más próximos.

     En cuanto a prendas auténticas conservadas y correspondientes a distintas épocas, hemos de señalar que existen de ellas una abundante colección que se conserva y exhibe en el Museo Municipal de Requena, a parte de las que por criterios de conservación sólo se guardan en sus almacenes. La gran mayoría de estas piezas han sido depositadas o donadas a dicho museo por familias de distintas localidades de la comarca, siendo menor la cantidad de las adquiridas por dinero. Ciertas personas o familias que no desean desprenderse de estas piezas de recuerdo familiar nos las han mostrado para poder fotografiarlas y de este modo hemos conseguido acumular una cantidad respetable de diapositivas sobre prendas que todavía guardan cuidadosamente los descendientes de quienes las lucieron en su época de vigencia.

     En nuestro lenguaje popular y nuestra tradición oral, se hace referencia, de muy distintas maneras, a prendas o formas de vestir de épocas precedentes. Son muy corrientes los refranes que dicen:

     "Una buena capa, todo lo tapa."

     "Por donde vayas, parte tengas en las sayas."

    

     Veamos ahora coplas o cantares recopilados por Mª Angeles Novella, en La Portera:

     Mañana será domingo

y te pondrás el jubón

las "sinagüillas" de picos

lechuguina del trompón.

Todo el día cose, cose

ya la noche ¿qué has cosido?

- Una camisa "pa" un gato

y unos calzones "pa" un grillo.

     El doble sentido, muy usual en la literatura popular, aparece en esta graciosa adivinanza recopilada en Hortunas y que se refiere a una prenda femenina:

Colgandín que colgandaban

y entre las piernas le daban

jugaban al saca y mete

e iba a parar al ojete.

- ¿Qué es?

- El justillo (prenda que hoy se conoce en

nuestro traje típico como corpiño).

     Toda esta documentación y el testimonio de muchas personas de edad con las que hemos hablado de estos temas, nos llevan a la conclusión de que nuestro traje típico actual está un tanto alejado de parecerse a ninguna de las distintas fases evolutivas por las que ha pasado nuestra indumentaria tradicional desde el siglo XVII hasta nuestros días.   

Pero el hecho de que nuestro traje típico no haya seguido con rigor la interpretación de ningún período evolutivo de nuestra indumentaria tradicional no obstaculiza, en absoluto, el que cumpla su misión actual como uniforme festivo a nivel de toda la comarca. Si recordamos las dos misiones fundamentales a que están destinados los trajes típicos podemos concluir de que el nuestro las cumple a la perfección.

     Nos sirve como símbolo de identidad diferenciadora al compararlo con el de otras comarcas y pueblos vecinos.

     Se presta a una ostentación comedida y elegante con la ornamentación de refajos, mantellinas y faldares, a base de bordados y un recargamiento, a veces excesivo, de puntillas, encajes y entredoses en las denominadas chambras. Todo ello es un aliciente para la superación y la presunción.

     Por otra parte, la escasez de prendas de que se compone facilita su reproducción y asimilación como tópico, precisamente por su sencillez.

     Tenemos que señalar que este indumento relativamente nuevo en nuestras fiestas, es otro elemento más de nuestro particularismo comarcal aunque el inicio de su configuración arranque en época relativamente cercana a nosotros, concretamente en el año 1947 al celebrarse en Requena la primera Fiesta de la Vendimia.

     Tras los primeros años de titubeos para la selección y fijación de sus prendas y sus formas, de lo cual nos hablan claramente las fotografías que se exhiben en el Museo de la Fiesta en la Torre del Homenaje de la Fortaleza de Requena, llegamos al año 1954, en que por primera vez participa en el Concurso Provincial de Coros y Danzas de Sección Femenina de Valencia el grupo local de Requena. Sus componentes acudieron a la capital debidamente uniformadas para concursar y diferenciarse con otras localidades de las distintas comarcas. Esto ayudó a que fueran fijándose prendas y formas, sacrificándose la variedad ante el deseo del riguroso uniformismo.

     Una vez determinado este indumento, ya no hubo posibilidad de incorporar a nuestro traje típico jubones ni pañuelos de abrigo, capuchas o sayas de tapar, tan corrientes en los ajuares antiguos, a pesar de que nuestras muchachas tuvieran que pasar frío cuando han acudido a la llamada Cabalgata del Reino en las fiestas falleras de Valencia por ir vestidas con justillos y chambra, dicho de otra manera, ir en mangas de camisa, en una época del año en que, a pesar de la benignidad del clima huertano, el calor no suele ser bochornoso.

     Siguiendo con el proceso de fijación del traje típico, nos encontramos según nos manifiesta el Museo de la Fiesta y las colecciones completas de los Trullos, que desde 1954 hasta 1970, no existe norma para el peinado, con lo cual las últimas modas de peluquería se combinaban con refajos de paño, justillos de terciopelo y chambras profusamente adornadas, todos ellos rigurosamente normalizados.

     El artículo titulado "El traje antiguo requenense - datos para nuestra fiesta", firmado por C.M. y que se recoge en la revista El Trullo en su número correspondiente al mes de agosto de 1970, es la aportación definitiva para la fijación de nuestro traje típico al incorporar las horquillas plateadas al peinado de zorongo de ocho que, a partir de entonces, se hacen las jóvenes que, bien con la misión de reinas o de damas de comisiones y barrios, han tomado parte en años sucesivos en nuestra fiesta principal.

     La adopción de este sobrio indumento, de clara vocación castellanista, por la vecina ciudad de Utiel para sus fiestas, se hizo en fechas posteriores a las emprendidas por Requena y todavía más tarde pasó a ser incluido como uniforme festivo en las villas y aldeas de la comarca.

     Los hombres tardaron mucho más que las mujeres en vestir a lo típico. Esto también es fácilmente datable si acudimos al Museo de la Fiesta.

     Tras el repaso de los hitos principales por los que se ha pasado para la fijación de nuestro traje típico, trataremos de hacer una sencilla correspondencia de las principales prendas femeninas que lucen actualmente las jóvenes en nuestras fiestas, con las que pertenecieron a la indumentaria tradicional que les sirvieron de inspiración.

     El refajo fue una prenda de abrigo de paño o bayeta que se llevó sobre las enaguas y debajo de una saya exterior desde la mitad del siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX. En el siglo XVIII y primera parte del XIX, no se le llama refajo, sino guardapiés, siendo en muchas ocasiones y a nivel popular faldas exteriores, solamente cubiertas en ceremonias muy destacadas, por unas faldas muy lujosas llamadas basquiñas.

     El justillo, que inexplicablemente se le conoce por corpiño en la actualidad, fue siempre prenda interior y cumplía la misión de sujetador. Estaban completamente emballenados a base de varillas de olivera y paja de centeno o espartos y se confeccionaban con tejido de seda, siendo el damasco de color carmesí el más usual, aunque también hemos encontrado de otras telas menos ricas, pero siempre en color. No conocemos ningún ejemplar antiguo de color negro ni confeccionado con terciopelo.

     La chambra es una especie de blusa muy adornada que se empezó a utilizar a mediados o finales del siglo pasado por las clases más pudientes, popularizándose su uso con posterioridad. Su nombre es de origen francés ("robe de chambre" - prenda de habitación) y se usó solamente como ropa de cama cuando las mujeres daban a luz o estaban enfermas. Se trata de una prenda interior muy íntima y no de diario. Colocada en nuestro traje típico actual sustituye a lo que en la indumentaria tradicional fue la camisa, especie de camisón que se usó con mangas hasta finales del siglo XIX y a la que se le eliminaron éstas con posterioridad a tales fechas.

     Camisa y justillo como prendas interiores se cubrían siempre por el jubón, chaquetilla con mangas cuyas formas variaron y evolucionaron según las épocas.

     Hay que añadir que sobre el jubón siempre se colocó un pañuelo de más o menos abrigo y tamaño según las épocas del año.

     La mantellina o mantilla de media luna se utilizó para cubrir la cabeza y hombros de las mujeres cuando salían a la calle y sobre todo cuando acudían a actos religiosos. En el siglo XVIII fueron de color blanco y de tejidos delgados como muselinas. En el siglo XIX y con la moda aristocratizante de usar el color negro, se confeccionaron con seda y terciopelo añadiéndoles agremanes y sobrepuestos de azabache si eran utilizadas para fiestas y ceremonias notables. Para diario se confeccionaban con franela y terciopelo sin ningún tipo de pasamanería. Las llamadas mantellinas de terno, usadas por las clases más pudientes, se componían de una especie de franja central de seda a la que se le añadía un volante de blonda que caía sobre la espalda y un velo del mismo material para la parte de la cabeza y el rostro. La franja de seda se adornaba con bordados o se orillaba con una tira de terciopelo picado. Otras llevaban la franja central de terciopelo labrado. Este tipo de mantillas se usaron en los primeros años de nuestra Fiesta de la Vendimia, arrinconándose después. Algunas de ellas se deshicieron para convertirse en mantellinas de media luna.

     El nombre actual de "manteleta" que se le da a esta prenda es erróneo, según se puede comprobar en cualquier diccionario de la lengua española.

     El faldar ya aparece con esta denominación en una hijuela de Requena del siglo XVII y así se le sigue llamando a lo largo de los siglos XVIII Y XIX en otros documentos de este tipo. Este vocablo referido a lo que se conoce en castellano como delantal o mandil, se ha conservado a nivel popular hasta nuestro días, aunque actualmente parece que resulta más fina y elegante la acepción de delantal.

     En próximos Trullos; podremos dedicar nuevos artículos a este tema, con el fin de dar a conocer detalles de nuestra indumentaria popular tradicional que quizá lleven a enriquecer la sobriedad actual de nuestro traje típico.

 

(Publicado en El Trullo de Junio de 1989)