De las ya tibias cenizas del cálido ayer, estamos soplando las ascuas residuales, pretendiendo un fúlgido mañana. Algo es algo.

     Esto solamente lo hacen los pueblos que lo han sido todo y no se avienen a perder su puesto entre los pueblos señeros. Y Requena no es uno de los remisos.

     Nuestro histórico "Barrio de La Villa", musulmán y cristiano, tan polemizado por resabiados o por doctos, está en una fase de resurrección para poder explicar al mundo su gran lección de castros, bodegas, soterrañas, palacios y blasones.

     No es tarea de un día. Los años hacen la Historia y los años la deshacen.

     El barrio morisco y medieval de "La Villa", que conserva la romántica sustancia de las viejas leyendas, declarando Monumento Histórico Nacional en 1.966, ha entrado,-al abrigo de los planes de protección urbanística de la Dirección General de Arquitectura y la vigilante norma de la Consellería de Cultura-, en nuevo periodo de resurrección.

     Golpe a golpe, con el amor a lo noble y el asesoramiento de los estudiosos, el histórico Barrio va adquiriendo el rasgo de lo venerable que vuelve a ser venerado.

     La íntima plazuela de Santa María está enmarcada por dos nobilísimas piezas singulares y únicas. La primera es la portalada monumental, -hoy "cerrada por obras"-, del templo pentasecular de la antigua Parroquia, que amortigua los ruidos faeneros de las manos que la están rescatando del "no ser": una de las obras más notables de un género arquitectónico de tránsito, que participa primorosamente de todos ellos, con angelerías y hierros nobles. Mientras tanto, en la otra esquina que devuelve su línea a la calle en una inquietante angostura, aguarda, paciente, la hora de su cirugía estética el olvidado (es un decir) palacete de Santa Teresa donde, según la tradición más solvente, residió la Santa de Avila durante la cuestionada Reforma del Carmelo, en el siglo XVI.

     Polémicas aparte, la autenticidad de las estimaciones históricas parecen contar con todas legitimidades. Ahí está, pendiente del indulto de la ruina total, ese hito del paisaje urbano y sentimental que exhibe, junto a su heráldica nobiliaria, las úlceras abiertas en su grandeza y su decadencia, con signos de piedra que concitan a la envidia retrospectiva y a la afrenta actual.

     El ilustre crítico de Arte, profesor José Camón Aznar, tan riguroso en sus conceptos cualificadores, solía tener algún escape hacia el pragmatismo. Yo recuerdo haberle leído algo así como que hay verdades históricas que jamás han sucedido y que, sin embargo, siguen siendo verdades porque no hay otras evidencias que lo desmientan.

     La casa número 27 de la blasonada calle de Santa María: palacete o mansión de Santa Teresa de Jesús,-llamada también "Casa de la Reforma"-,es uno de esos fascinantes testimonios de la Historia que no precisan, a falta de otra acreditación, más que la de su presencia real. Hasta donde alcanza la Historia escrita, en él tuvo su mansión rectoral Santa Teresa de Jesús durante la Reforma regular de la Orden del Carmelo, de cuyo dilatado periodo consumió la Santa una estimada estancia en Requena, donde estaba ubicado el primero y mas importante Monasterio Carmelita de toda España, anterior a los de Ubeda, Baeza, La Manchuela y hasta de Duruelo y Jaén, y donde pudo, tal vez, quedar concluso el espíritu de la Tercera Orden.

     Refuerza esta teoría el hecho inconcuso de que formaba parte de su hueste reformadora el Padre Antonio de Jesús, (en el siglo, Fray Antonio de Heredia) , fraile requenense que conoció a la Santa en el Convento de Avila, del que era prior y Definidor de la Orden y se convirtió en su confesor y fervoroso misionero de Teresa, a la que prometió, y así lo hizo, "ser el primer Carmelita Descalzo", del cual fue Coadjutor el taumaturgo Fray Juan de la Cruz, "soñador de caminos", de cuya muerte y apoteosis fue testigo de nuestro frailecico requenense en la "noche iluminada" de Ubeda, la Infanzona.

     La Casa de Santa Teresa: ese resto de nuestra más cálida Historia, sin vanas pompas inútiles, es una unidad de espacio que debe ser desentrañada y exenta de toda obra de albañilería parásita que la constriñe, la mengua y la limita a una vergonzosa dependencia. Es de mampostería castellana, con dinteles y cornijales de sillería con las heridas del proceso de degradación sufrido hasta llegar a ser, antes que ruina, cobijo de menestrales, llar de labriegos y establo. Aún está ruinoso y todo, digno, clásico y vano. Su puerta noble, con su arquitrabe desunido, conserva la buena traza y el rango que pregona su heráldica, de dudosa interpretación, de un escudo partido en dos verticalmente, flanqueado por dos recompuestos leones rampantes, encuadrados en un cornisamiento que apenas permite alguna prueba testimonial o genealógica de los claros varones cedentes. Y es notable que se repitan exactamente los motivos heráldicos en los blasones de las casas números 9 y 47 de la misma nobiliaria calle.

     A la planta baja se accede, o se accedía, por una puerta de cantería dovelada que ahora aparece tapiada de yeso y ripio, lo que significa que la casona tenía, además, la planta noble y de reposo en la entrada principal que llevaba a la escalera, con una recatada apertura de rejas, ventanas y balcones de forja y de tornería, coronando con un "sobrado" o almugaba, apeado por una teoría de almojayas de testero labrado haciendo juego con los superiores mobillones, igualmente labrados, sustentadores de los alares de un tejado a tres vertientes.    

 
 

     La inexplicable casa de la calle de Piñuelo que, con el número uno, campea hueca e inútil, debe desaparecer, devolviendo a la calle, abierta al sol y a la gracia de Dios, un área que da lugar a un recoleto jardín delicadamente teresiano, con unos geometrismos de boj recortado, abarcando una tímida fuentecilla morisca de nuestra mejor herencia, cerrando el recinto un respetuoso murete averjado y, en el fondo, mirando a la angelería del redivivo frontispicio de Santa María, un severo banco de piedra donde tenemos derecho a suponer que la monja-adalid elevaría las preces de sus Teologías místicas "por la savia de un ciprés", según el delicioso poema de Vicente Medina. Un ciprés silencioso y claustral, acogedor de lunas, gozos y miedos, como un colosal dedo índice que, junto al banco de piedra de la Santa, señale la admonición más severa a los que hayan olvidado su Historia. Esa Historia que un día se quedó dormida en el Barrio de "La Villa"...

agosto de 1.989

 

(Publicado en El Trullo de Agosto de 1989)