Era la mañana de aquel histórico día 13 de Septiembre de 1923.

     Amaneció brumoso y por tanto, cubierto: iba yo cogido de la mano de mi madre camino de la escuela, cuando en la esquina de la Plaza de Felipe V (hoy plaza de España) recayente a la Calle del Carmen, apareció un piquete de guardias civiles armados y en formación, al frente de los cuales el Capitán daba lectura al bando por el que se comunicaba al pueblo la implantación de la Dictadura Militar de Primo de Rivera.

     En todo el país a este bando le daba lectura la máxima autoridad militar de cada población.

     Por mi corta edad no comprendía el alcance o importancia de aquello, pero quedó grabado en mi mente.

     Este "golpe de Estado", conmocionó a nuestro pueblo (como a todo el país) y las gentes lo comentaban con gran avidez, con las más diversas opiniones pero dentro de sus casas (nadie se atrevía a hacerlo en la calle o lugares públicos); en lo que todos coincidían era en decir "que aquello no traería nada bueno" y se hacían los más negros presagios. Hasta llegaron a decir señalando a los más pequeños como yo "estos si tendrán para contar algún día"; pero había francamente miedo y todos estos comentarios no salían de "debajo de la chimenea".

     Desgraciadamente no se equivocaron: aquellos negros augurios se vieron rebasados por la realidad. Muy pocos años después la caída del Rey, la proclamación de la República, la guerra civil y... para que seguir.

     Por aquellas fechas y al margen de lo que estoy refiriendo, actuaba por esta Comarca el famoso ventrílocuo Ricardo Sanz, artista que dentro de este género era muy superior a lo que hoy conocemos, pero como entonces no existía la televisión no llegó a popularizarse tanto.

     Este prestigioso artista valenciano (era natural de Anna), actuó entonces en Requena, San Antonio y Utiel. Llevaba una colección de muñecos con los que hacía graciosísimos diálogos y parodias; todo ello muy original y de gran comicidad.

     Entre los muñecos que presentaba había un personaje llamado "Don Liborio" que alcanzó una gran popularidad.

     Este D. Liborio (con su característico sombrero bombín), añadía al final de sus chistes la frase "que va haber hule", acompañada con un gesto amenazador y con esto parecía aludir maliciosa e indirectamente a lo que nos podría traer aquella situación política.

     Esta frase fue pronto de dominio público y se oía frecuentemente en la calle e incluso en voz alta.

     Pero a tanto llegó su uso (y abuso), que el alcalde de Utiel, a quien no le debía hacer ninguna gracia, la prohibió bajo la multa de cinco pesetas.

     Cinco pesetas (vulgarmente un duro) era aproximadamente el jornal de un adulto: lo menciono para dar una idea de lo amargo que debía ser desprenderse de un duro.

     Transcurrió aproximadamente un año; Sanz actuó nuevamente por estas tierras y al hacerlo en Utiel, el empresario le informó de la existencia de esta prohibición: en Utiel no se podía decir "que va haber hule".

     Pero llegó el momento de salir D. Liborio a escena y para no caer en sanción la frase la modificó así: "que va haber de eso que cuesta un duro".

     Carcajada general y fuertes aplausos.

     Lo que nos gustaría saber es si aquel alcalde se encontraba entre los espectadores.

     D. Liborio en Requena también tuvo un detalle que voy a mencionar:

     Sanz le dijo a D. Liborio: "como nos vamos muy pronto de Requena nos tenemos que llevar un recuerdo", a lo que D. Liborio respondió: "a mi me está haciendo unas botas "El Punto".

     Se refería a Felipe Giménez, persona de muy grato recuerdo que fabricaba calzado para trabajo y por lo tanto algo basto.

     Otro aspecto anecdótico digno de mención:

     A principios de siglo, las monjas de la Consolación cuyo colegio estaba frente a la Glorieta, llevaban a sus alumnas los domingos a misa al templo de San Nicolás (las mayorcitas).

     Aquellas niñas vestían unos trajecitos muy vistosos (confeccionados exprofeso para ir a misa), rematados por un elegante sombrero, todo de carácter veraniego, iban cogidas de la mano de dos en dos y como el domingo era día de mercado, las calles de nuestro pueblo se encontraban muy concurridas (lo que realzaba más aquel lucido desfile). Aquellas niñas estaban en verdad monísimas.

     Atravesaban las calles más céntricas y al llegar a la Plaza del Portal, giraban hacia la izquierda, a la altura de la mal llamada "Fuente de los Patos" para tomar la cuesta del Castillo.

     Al llegar a la Plaza de La Villa, otras criaturas de condición más humilde, al ver aquellas niñas tan elegantes y el fuerte contraste que ofrecían sus modestas ropitas de algodón o percal, debieron sentir cierta "envidieja" y les lanzaban la siguiente cancioncilla "Las colegialas son de manteca y los sombreros de m... seca".

     He dicho anteriormente la mal llamada "Fuente de los Patos" y voy a exponer el motivo por el que digo esto:

     Si los lectores observan bien, estas figuras que en hierro fundido tanto adornan nuestra fuente, verán que no son patos: son cisnes, existe una gran diferencia entre un pato y un cisne.

     Los patos no son nada decorativos y si lo fueran no adornarían esta fuente; son de más utilidad que los elegantes cisnes que solo sirven para adornar los jardines de gente señorial. Pero está tan arraigada la costumbre de llamarles patos, que sería punto poco menos que imposible erradicar este vicio.

     También oímos referir que en cierta ocasión estuvo en Requena el notable poeta y autor teatral D. Gonzalo Cantó, alcoyano ilustre, invitado por una peña de admiradores suyos componentes de un cuadro artístico que había representado algunas de sus obras. Entre otros agasajos se le dio una comida campestre en la finca "Casablanca". Entre los comensales había un ferviente admirador suyo llamado D. José Gómez Donato y al enterarse D. Gonzalo que pertenecía a la "dinastía" de "los guapillos" le lanzó el siguiente e improvisado epigrama: "Te admiro y no te capo, tan solo por ser guapo".

     Otro lance pintoresco entre nuestro Serrano Clavero y cierto cura:

     En un comercio de Requena, solían reunirse a modo de tertulia y ya anochecido sobre todo en las largas veladas invernales, unos cuantos amigos y entre ellos también acudía nuestro ilustre paisano Venancio Serrano Clavero y el cura en cuestión.

     Durante sus conversaciones este cura hacía frecuentes alusiones a nuestro poeta, resaltando siempre su condición de barberillo poeta, con la más aguda ironía. No comprendía aquel cura que en Serrano había un gran poeta y escritor capaz de alcanzar cotas muy altas, como así sucedió.

     Pero llegó un momento en que Serrano, molesto por aquellas mordaces y frecuentes ironías y a pesar de que siempre guardó un gran respeto al sacerdote, se dispuso a no aguantar más, por lo que le mandó una cuartilla en la que había dibujado una sepultura y encima de la cual un sombrero de teja o de canal, que era el que usaban entonces los sacerdotes, con la siguiente leyenda:

Bajo esta losa fatal

cubierta de Iodo inmundo

yace el mayor animal

que Jesucristo echó al mundo

con sombrero de canal.

     He omitido el nombre de este sacerdote, que fue el último párroco de Santa María, que vendió las valiosas aldabas de la portada de esta Iglesia por 250 pesetas.

     Esta cantidad; hoy insignificante, era muy importante en aquellos tiempos pero reflexionando sobre este hecho, deduciremos que fue una solemne barbaridad.

     Este dinero o parte del mismo fue invertido en la construcción del monumento que se montaba en esta iglesia por Semana Santa (construido por el abuelo del que esto suscribe).

     Somos numerosos los requenenses que sabemos donde se encuentran estas aldabas (hoy propiedad de cierto ayuntamiento) y además lo oímos referir a personas ya entonces ancianas, coetáneas de aquel cura y este hecho.

     Al contemplar la hermosísima fachada de Santa María, cualquier persona por profana que sea en cuestiones de arte, nota esta falta. Es una joya incompleta.

     Se puede intentar su recuperación.

     Sería muy fácil demostrar que pertenecen al patrimonio artístico de Requena, quizá más fácil de lo que a primera vista se cree; pero el medio de demostrarlo, por un elemental deber de prudencia, lo silencio. Si llega el caso ya lo diría.

     Estos Ilamadores, verdadera obra de arte, representaban a un dragón mordiéndose la cola, además de los agarraderos, pues se vendió todo junto.

     Esto pertenece al patrimonio artístico de Requena y debemos ser todos los requenenses interesados en su recuperación cualquiera que sean los sentimientos políticos o religiosos de cada cual, que ante esto deben apartarse a un lado.

    Creo que nos sentimos obligados a subsanar lo que hizo un cura desaprensivo, que demostró no sentir respeto alguno por nuestros antepasados ni amor a nuestro pueblo.

 

LUIS GARCIA GRAU

 

 

(Publicado en El Trullo de Agosto de 1989)