Dulces almas deliciosas,

estrellas de nuestro Dios,

compendio de mil amores

que mitigáis el dolor

de aquel que sufre en su cuerpo

y le llora el corazón.

 

Tanto respeto a estas Monjas,

que son ángeles del Señor,

que para seguir hablando de ellas

me lo pide el corazón,

hinco mi rodilla en tierra

y así me siento mejor.

 

Pisar aquellos umbrales

y pasar luego al interior,

es respirar con certeza

en la antesala de Dios.

 

El hogar de estos ancianos

de nuestros mayores diría yo,

es de los pocos espacios,

donde habla el corazón,

donde sonríe la gente

y hay lágrimas de emoción.

 

Cuando vamos de cabeza

por evitar el dolor

porque nada nos moleste

por encontrar lo mejor,

lo más moderno y bonito

lo que nos siente mejor,

lo que sea más elegante,

para llamar la atención,

pensamos con egoísmo

¿Qué no me lo merezco yo?

pero pensamos a medias

y ese premio pienso yo,

lo buscamos para el cuerpo,

olvidando el corazón.

 

Cuando los males aquejan,

cuando sientes el dolor

y sufres de mil maneras,

buscas rápido a un doctor,

quizá ciertos males se te curen

y luego te sientas mejor

pero ¿y los males del espíritu?

al sentir la incomprensión

el abandono, la tristeza, .

las penas del corazón

¿qué médicos te lo curan?

¿quién te da la salvación?

He aquí pues el momento,

a que me refiero yo.

Hay que buscar otro cauce,

otro actuar digo yo

y esa curación interna

de difícil solución

no la cura pues la ciencia,

la cura solo el amor.

¿ y dónde encuentro el cariño

y esa tierna abnegación,

ejemplo de los amores,

que siempre nos mandó Dios?

A lo que respondo al pronto,

con todo mi corazón.

En las Monjas del Asilo,

que son una bendición.

 

Pues al igual que la sombra,

nos alivia del calor

y la fuente cristalina,

mitiga nuestro sudor,

las monjas de nuestro asilo,

con su bondad y su amor

con su paciencia y cariño

y su gran abnegación,

son un ejemplo viviente

en este mundo de Dios.

 

 

Cesar Jordá

 

 

(Publicado en El Trullo de Junio de 1991)