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| I Yo era una niña, sólo era un aliento asomado a los arcos de Castilla y aquel libro escolar - ¡oh, maravillade "La España del Cid"! -, aquel portento
me enseñaba a quererte. ¡Cómo siento, flor valenciana, el zumo de tu arcilla dentro del alma!. Tuya es la sencilla belleza que me invade el pensamiento.
Después te he conocido, he trasladado los sueños a mis pasos de viajera, ya cubiertos de júbilo, ya amargos.
He querido abrazarte. Me he sentado sobre el haz de tu tierra vinatera y son mis venas tus sarmientos largos II Aquí enterrara el corazón gozoso para que te naciera otro viñedo. Soy tuya para siempre. Ya no puedo apartar de mi mente el poderoso
latido de tus valles. Sé mi esposo, lagar, sé la apertura de mi credo. Fecunde mis entrañas con denuedo el río de tu caldo prodigioso.
Sed vosotros mi amparo, caballeros requenenses, artífices del vino. Quiero estar en Requena y ser princesa
Llevad también mi cruz, muros austeros, cireneneos anclados al destino, torres en holocausto de sorpresa III Ando buscando un alto, una colina para mirar completa tu estatura, fin de Castilla, verde agrimensura que florece al hacerse levantina.
¡Cómo mi corazón se desatina cuando siente de cerca tu ternura!, porque tú, como yo -madre futura-, tienes también un alma femenina.
Larga es tu historia, larga la esperanza del requenense que alza al campanario sus ojos que son besos y son ecos.
Largo es tu testimonio de labranza, de hidalguía, de fuste hospitalario que emerge de tus hondos recovecos. IV Siempre llego a tus Fiestas con las manos extendidas, dispuestas al saludo de la viña; del trigo; del escudo de casas solariegas; de majanos
como estrofas calizas; de altozanos que parecen un pálpito desnudo; del pinatar; del sacrificio mudo que en tu seno enterraron los humanos.
¡Repicad, campanarios, en mi boda para que no me pierda en el silencio.. ¡Baña mi cuerpo con tu vino amante!
Aunque te quiero tanto y se acomoda todo a mis pasos. y te reverencio. temo que tanto amor no sea bastante. V Rastrojos como barbas amarillas del dios de los labriegos; soñadora planicie, soledad vendimiadora que acecha cada noche de puntillas
el lecho donde sueñan a hurtadillas doncellas de raigambre viñadora. Se anuncia un nuevo sol, surge la aurora y Requena se pone de rodillas.
Mnemotecnía del vino, el cereal, de tinajas abiertas al vacío, huchas para el sudor del vinatero.
Sinfonía del trigo candeal cuando el aire le mece con su brío, cuando el hombre le sueña en el granero. VI Un libro fue la causa de que un día yo supiera tu nombre y te quisiera; un libro que inundó de primavera mi corazón de niña. Fantasía
rezumaban sus hojas, valentía candente de esta tierra, dulce espera de novia enamorada. ¡Quién pudiera ser causa de tu honor y cortesía!
¡Quién pudiera en tu seno verde menta mirar hacia el camino y ver que asoma por un viñedo el hombre presentido!
¡Quién fuera castellana Cenicienta y un príncipe en Requena, -luz y aroma-, encontrara el zapato que he perdido!. VII Amanece otro día. Los lagares motean de blancura tu silueta. Va una alondra jugando a la ruleta sobre una viña solitaria. Mares
de vides, crestas verdes como altares ofrentes descubren su alma inquieta delante de mis ojos. Se completa la cópula del sol y los pinares.
No puedo ser viajera. Lo que pasa se va quedando dentro de mi pecho, complementa mi sangre como un puente.
No puedo ser viajera en esta casa que me ensancha la fe como un barbecho y fecunda mi amor intensamente. VIII Te quiero. No sé más. Que nadie siga mi vuelo. Soy el ave misteriosa que abandona los tallos de la rosa para besar la caña de la espiga.
Te quiero. No sé más. Yo soy la amiga predilecta; la voz que se desposa con el viñedo; el alba silenciosa que separa el sarmiento de la ortiga.
Soy esa niña, sueño enamorado, herida de tu encanto vinatero, la pasión de una lágrima labriega.
Cambié mi corazón de lado a lado y estoy aquí, Requena, en tu sendero, dispuesta al holocausto de la entrega...
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