I

     Yo era una niña, sólo era un aliento

asomado a los arcos de Castilla

y aquel libro escolar - ¡oh, maravilla

de "La España del Cid"! -, aquel portento

 

me enseñaba a quererte. ¡Cómo siento,

flor valenciana, el zumo de tu arcilla

dentro del alma!. Tuya es la sencilla

belleza que me invade el pensamiento.

 

Después te he conocido, he trasladado

los sueños a mis pasos de viajera,

ya cubiertos de júbilo, ya amargos.

 

He querido abrazarte. Me he sentado

sobre el haz de tu tierra vinatera

y son mis venas tus sarmientos largos

                              II

     Aquí enterrara el corazón gozoso

para que te naciera otro viñedo.

Soy tuya para siempre. Ya no puedo

apartar de mi mente el poderoso

 

latido de tus valles. Sé mi esposo,

lagar, sé la apertura de mi credo.

Fecunde mis entrañas con denuedo

el río de tu caldo prodigioso.

 

Sed vosotros mi amparo, caballeros

requenenses, artífices del vino.

Quiero estar en Requena y ser princesa

 

Llevad también mi cruz, muros austeros,

cireneneos anclados al destino,

torres en holocausto de sorpresa

                              III

     Ando buscando un alto, una colina

para mirar completa tu estatura,

fin de Castilla, verde agrimensura

que florece al hacerse levantina.

 

¡Cómo mi corazón se desatina

cuando siente de cerca tu ternura!,

porque tú, como yo -madre futura-,

tienes también un alma femenina.

 

Larga es tu historia, larga la esperanza

del requenense que alza al campanario

sus ojos que son besos y son ecos.

 

Largo es tu testimonio de labranza,

de hidalguía, de fuste hospitalario

que emerge de tus hondos recovecos.

                              IV

     Siempre llego a tus Fiestas con las manos

extendidas, dispuestas al saludo

de la viña; del trigo; del escudo

de casas solariegas; de majanos

 

como estrofas calizas; de altozanos

que parecen un pálpito desnudo;

del pinatar; del sacrificio mudo

que en tu seno enterraron los humanos.

 

¡Repicad, campanarios, en mi boda

para que no me pierda en el silencio..

¡Baña mi cuerpo con tu vino amante!

 

Aunque te quiero tanto y se acomoda

todo a mis pasos. y te reverencio.

temo que tanto amor no sea bastante.

                               V

     Rastrojos como barbas amarillas

del dios de los labriegos; soñadora

planicie, soledad vendimiadora

que acecha cada noche de puntillas

 

el lecho donde sueñan a hurtadillas

doncellas de raigambre viñadora.

Se anuncia un nuevo sol, surge la aurora

y Requena se pone de rodillas.

 

Mnemotecnía del vino, el cereal,

de tinajas abiertas al vacío,

huchas para el sudor del vinatero.

 

Sinfonía del trigo candeal

cuando el aire le mece con su brío,

cuando el hombre le sueña en el granero.

                               VI

     Un libro fue la causa de que un día

yo supiera tu nombre y te quisiera;

un libro que inundó de primavera

mi corazón de niña. Fantasía

 

rezumaban sus hojas, valentía

candente de esta tierra, dulce espera

de novia enamorada. ¡Quién pudiera

ser causa de tu honor y cortesía!

 

¡Quién pudiera en tu seno verde menta

mirar hacia el camino y ver que asoma

por un viñedo el hombre presentido!

 

¡Quién fuera castellana Cenicienta

y un príncipe en Requena, -luz y aroma-,

encontrara el zapato que he perdido!.

                               VII

     Amanece otro día. Los lagares

motean de blancura tu silueta.

Va una alondra jugando a la ruleta

sobre una viña solitaria. Mares

 

de vides, crestas verdes como altares

ofrentes descubren su alma inquieta

delante de mis ojos. Se completa

la cópula del sol y los pinares.

 

No puedo ser viajera. Lo que pasa

se va quedando dentro de mi pecho,

complementa mi sangre como un puente.

 

No puedo ser viajera en esta casa

que me ensancha la fe como un barbecho

y fecunda mi amor intensamente.

                               VIII

     Te quiero. No sé más. Que nadie siga

mi vuelo. Soy el ave misteriosa

que abandona los tallos de la rosa

para besar la caña de la espiga.

 

Te quiero. No sé más. Yo soy la amiga

predilecta; la voz que se desposa

con el viñedo; el alba silenciosa

que separa el sarmiento de la ortiga.

 

Soy esa niña, sueño enamorado,

herida de tu encanto vinatero,

la pasión de una lágrima labriega.

 

Cambié mi corazón de lado a lado

y estoy aquí, Requena, en tu sendero,

dispuesta al holocausto de la entrega...