Aunque en los tiempos que corren, incompresiblemente, parece que no está bien visto hablar de patriotismo, es lo cierto que parece suicida negarle amor a la tierra que nos vio nacer, a nuestras tradiciones, al recuerdo de nuestros antepasados, a nuestra historia, a nuestro presente y a lo que deseamos para nuestra descendencia. Por mucha universalidad que queramos concedemos, como ciudadanos de la Tierra, nadie ha nacido por generación espontánea ni en el éter, todos somos hijos biológicos de nuestros padres y el producto no solo de su transmisión genética si que también de nuestras circunstancias y del escenario en que se ha producido nuestra formación y nuestro desarrollo. Amar a la tierra que nos vio nacer debe ser, además, motivo de satisfacción, si a lo largo de nuestra vida y de cualquier modo hemos contribuido a su progreso.

     Y al llegar a este punto se me ocurren dos preguntas: quienes constituimos una comunidad organizada, a nivel de Estado, Comunidad Autónoma o Municipio ¿Debemos ser un cuerpo social inerte, puesto que ya disponemos de los correspondientes órganos de representación, gestión y administración, o debiéramos mostramos vivos y cinceladores de la sociedad que deseamos? ¿Podemos, de algún modo, contribuir a que nuestra tierra, nuestras instituciones y nuestra sociedad funcionen mejor y progresen, o confiamos en que ya se ocuparán de todo los prohombres?

     Cada cual, generalmente, tiene lo que se merece, aún cuando hay muchas excepciones que confirman la regla general, porque en términos de organización social no siempre dos más dos son cuatro; pero la regla, pese a las excepciones, permanece. Pues, siendo esto cierto, ¿con qué autoridad moral puedo yo lamentarme de que el grupo social en que vivo no ha alcanzado los niveles de desarrollo que observo en otros grupos relativamente afines con el mío, si yo no he aportado nada para su progreso?. La crítica es buena, en lo que tiene de sujeción a examen objetivo de lo criticado. Sigue siendo cierto que ven más cuatro ojos que dos. Pero su utilidad no debe consumirse en si misma, es decir, no debe concluir con la sentencia que aprueba o rechaza la labor ajena. Inmediatamente, la sociedad que ha criticado lo que le atañe, debe reaccionar acometiendo la solución que parece correcta. Y si la crítica se ha dirigido a señalar lo que no se hace, la corrección inmediata debe ser tomar la iniciativa y ponerse en movimiento. Nuestros representantes, en todas las Instituciones, no son seres puros ni perfectos y pueden equivocarse. Debe ser la Sociedad quien presione y quien indique claramente la ruta que se desea.

     Pero -quizá se pregunten muchas personas- ¿qué puedo hacer yo desde mi insignificancia? Mucho. Si todos pensamos que las grandes cuestiones solo pueden acometerlas y resolverlas los hombres de nuestra sociedad que disponen de altísima inteligencia, alto poder económico y poder político reconocido, a lo peor no se acometen esas grandes cuestiones ni otras muchas muy pequeñas que, en suma, nos proporcionan un gran bienestar. Nuestra maravillosa labor social de conjunto deberíamos hacerla de modo que cada cual, de acuerdo con sus circunstancias, acometa cuestiones de mayor o menor altura, pero, todos, colaborando en el área que nos resulte más grata o donde creamos que vamos a ser más eficaces. El conjunto de pequeñas cosas bien hechas puede dar colaboración necesaria e inestimable a la solución de los grandes proyectos y, en cualquier otro caso, dar vitalidad y confort a nuestra sociedad.

     Y todo esto lo pienso y lo escribo por que deseo que las generaciones actuales merezcamos que la Historia nos apruebe.

Práxedes Gil-Orozco Roda

 

(Publicado en El Trullo de Mayo de 1992)