Este texto fue pronunciado por el ganador del premio que

lleva el nombre del poeta José Hierro, medalla de plata de Santander,

durante un acto celebrado en el 6 de octubre en la Universidad

Popular de San Sebastián de los Reyes.

 
   

     Tal vez el único poema que cada uno de nosotros ha escrito de verdad es su niñez. Todos los demás no son, en el fondo, sino tentativas de recuperarlo, de revivirlo. Yo nací en una aldea que ahora está desapareciendo. Y allí escribí un poema que me duró quince años y del que todos los que he escrito después han bebido su savia. Abandonó la aldea. Se fue la infancia. Y, desde entonces, no he encontrado un lugar que pueda llamar mío.

     Ahora vivo en Italia, en Roma, como podría vivir en cualquier otro país, en cualquier otra ciudad. No soy dueño de mis días. Vivo al azar y al azar debo todo lo que soy. Tampoco es mucho, es cierto.

     El azar me condujo a un castillo francés del siglo XV, no muy lejos de Loira, donde trabajé de fantasma y de profesor de español durante un año. Aquel castillo era un colegio privado, pero era también un cuartel y un monasterio y quizás el mundo, pero sobre todo era un hospital y así aparece en este libro que escribí en una de sus estancias hace ahora seis años.

     El oficio del poeta es llamar a las cosas por su nombre. Y el nombre de las cosas no siempre coincide con el nombre con que esas cosas ofrecen y velan su verdad esencial. Aquel colegio donde yo viví era un hospital. Cada día lo veo más claro: todos estábamos enfermos. Y todos estábamos convencidos de que hubiéramos sanado en cualquier lugar menos allí. Yo tenía una estancia espaciosa y glacial, con ventanas a un bosque. Pasé mucho frío en Francia. Más frío del que hacía. Para mi, ya para siempre, Francia tendrá algo de frigorífico, de hospital y de bosque bajo la nevada. Allí, una mañana de febrero de 1986, me levanté, estornudando, como siempre, constipado como siempre, y como siempre asaltado por bandadas de palabras y por su urgencia en ser escritas. Nevaba. Me senté frente a la ventana y vi caer la nieve, con esa tenacidad calma y callada, capaz de parar el tiempo, de restablecer la eternidad, que tiene la nieve. Comencé a escribir "La palabra cuando". Nevó durante todo el día. Y yo escribí durante todo el día un largo poema en folios azules, en veinte folios azules por las dos caras, que fueron el germen de lo que, después de seis años volviendo sobre él, corrigiéndolo, retocándolo, limpiándolo, llega hoy a recibir el "Premio José Hierro". Nada menos que un premio con el nombre de José Hierro.

     Por fin voy a liberarme de "La palabra cuando". Por fin voy a sustraerme, después de estos seis años, a esa carcoma literaria que don Antonio Machado llamó "el maleficio de lo inédito".

     Borges dijo que "toda obra humana es deleznable, pero su ejecución no lo es". Esa afirmación, tan atractiva como errónea si pensamos en las grandes obras de la literatura, se ajusta perfectamente a las obras menores, minúsculas diría yo, como la mía. "La palabra cuando" podrá ser deleznable y deleznada, pero el trabajo y el tiempo y la pasión que he puesto en ella, no.

     Escribir es un oficio fantasmal. Se ejerce a tientas, a solas en la sombra, sumergidos, perdidos piel a dentro.

     El poeta es el "náufrago metódico" de que hablara Luis Rosales, que mete su voz en una botella vacía y la lanza al mar, y se pone a escribir otro poema mientras aguarda, si no la salvación, al menos una respuesta. Es como escribir una carta tras otra a un amante que no sabemos quién es, a un lector del que tenemos sólo la necesidad, a un lector que vamos inventando carta a carta, poema a poema. La poesía inventa a quien la lee. En cada poema late el cuerpo que lo comprenderá.

     Este premio es, más que una recompensa, una respuesta. A partir de hoy, seguir escribiendo tendrá un poco más de sentido. Porque ahora sé que, al menos, seis grandes poetas han creído en mí. Este premio me ha reconciliado con mi voz. Este premio alimenta mis ganas de seguir buscando, cada día, por los rincones y repliegues más menudos de vivir, la poesía. Porque sin la poesía nada tiene sentido. Porque vivir sin poesía es un mero sobrevivir, una condena, un error, un ir devorando días.

     Creo firmemente, con Eladio Cabañero, que "un verso puede salvar a un hombre", que sólo la poesía puede salvar de su muerte cantada a este mundo podrido de crueldad, de miserias, de cenizas y cinismo. Sólo la poesía puede y debe mantener, salva y sana, la verdad. El oficio del poeta es, como dijo Vladimir Holan, a quien dedico este libro, "no la belleza aunque llegara ser el paraíso, sino la verdad aunque tuviera que ser el mismo infierno".

     Para mí, recibir hoy este premio de manos de José Hierro, ver tan de cerca su cara de ave rapaz cazada por la alucinación y la verdad, y oír su voz de tierra, tinta en rayo, es una de las alegrías más altas y decisivas de mi vida. Me siento tan feliz que estoy un poco asustado. Gracias, maestro. Gracias, maestros. Muchas gracias a todos.

 

 

JUAN VICENTE PIQUERAS

San Sebastián de los Reyes,

6 de diciembre de 1991

 

(Publicado en El Trullo de Mayo de 1992)