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| Una singular coincidencia, situó en la mayor de las 7.083 islas del archipiélago filipino (la isla de Luzón) a dos requenenses de calidad: el misionero Fr. José de Aranguren (1793-1861), arzobispo que fue de Manila, y el caballero laureado D. Loreto Gallego García (1877-1941), héroe de Baler. Metido de lleno en el apasionado deporte de revolver viejos papeles, hace ya muchos años, en un padrón vecinal de 1775, figuraba en la calle de San Nicolás el tejedor Vicente Aranguren. En otro padrón de 1822, residía en la calle de las Monjas el artesano Tomás de Aranguren. Y en nuestro días se mantiene aquí ducho linaje: doña Carmen Aranguren Atienza figura como miembro de nuestra corporación Municipal. Como teníamos escasas referencias de tan ilustre requenense, en la Biblioteca Nacional revisamos la bibliografía y la prensa filipina, no tardando en reunir algunos datos. Averiguamos que el R. P. Aranguren nació en Requena en 1793; que quedó huérfano en temprana edad; que fue ingresado en el Colegio de El Escorial, de frailes jerónimos; que destacó en el estudio y que fue ordenado sacerdote. Poco después, con un grupo de jóvenes compañeros, marchó a las islas Filipinas, siendo designado a la misión de Capas, donde supo soportar situaciones difíciles, hasta conseguir la pacificación de los belicosos tagalos que la poblaban. Por su fecunda labor, pronto fue nombrado vicario apostólico de aquellas misiones y definidor de la Orden. Tras largos años, regresó a Madrid, donde se le impuso la Cruz de Isabel la Católica y fue nombrado consejero de Isabel II (1840). Tres años después, era consagrado arzobispo de Manila y designado senador del Reino y vicario general de los Ejércitos de Tierra y Mar de Filipinas. Tan ilustre requenense falleció, no sabemos dónde, en 1861. ***** Relevantes personalidades asistieron al homenaje que Requena dedicó a don Loreto Gallego García tras su jubilación. El señor Gallego había nacido en un humilde hogar campesino en nuestra aldea de Los Cojos. Durante algo más de cuarenta años fue portero de nuestra Casa Consistorial. Incorporado al servicio militar en unos tiempos tristísimos para España, fue enviado con una expedición a las islas Filipinas, siendo destinado al poblado costero de Baler (en la isla de Luzón), donde la insurrección estaba en todo su apogeo, lo que obligó a la corta guarnición a hacerse fuertes en la pequeña iglesia, donde pasaron tremendas penalidades (traiciones, hambre, enfermedades...), quedando la media compañía del destacamento reducida a 33 hombres. Abandonados a su suerte, sin auxilios ni esperanzas, aquellos valientes supieron mantener con honor en lo alto del templo la enseña nacional. Para calibrar tan crítica situación, diremos que el "menú" del Año Nuevo de 1899, según recuerda Martín Cerezo en su libro "Los últimos de Filipinas", fue de manteca rancia y habichuelas agusanadas sin sal. Ante la evidencia de que todo había terminado y que a ellos los habían olvidado, izaron bandera blanca en el campanario... ¡Cuando ya hacía diez meses que España había perdido el archipiélago filipino!... Esta proeza singular de los héroes de Baler fue reconocida por el propio presidente del alzamiento filipino Aguinaldo, quien otorgó a los defensores la placa de Manila. Y el gobierno de España concedía a "los últimos de Filipinas" la más alta condecoración española: La Cruz Laureada de San Fernando. Terminaremos recordando que Baler fue el último florón del imperio español que forjaron Carlos I y Felipe Il. R.B.L.
(Publicado en El Trullo de Agosto de 1992) |