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| Se ha venido diciendo que los movimientos sísmicos son infrecuentes en los terrenos aluviales y sedimentarios, como son en bueno porte los de nuestro término. Sin embargo, aunque de tarde en tarde, registráronse aquí conatos convulsivos que se limitaron o mover sillas y lámparas, provocando la intranquilidad del vecindario. También se decía antaño que los lugares inmediatos o algún volcán, activo o extinto, eran propensos a aquellas convulsiones, más o menos aparatosas; y Requena no se hallaba muy lejos del extinguido volcán cofrentino de Cerro Negro. Mediando la Era Terciario (periodo Mioceno), lo comarca requenense estaba casi totalmente sumergida, según nos enseñan los mapas geológicos, formando un lago en el que abundaba una especie de ostro llamada Requienia Londs (vulgarmente, "orejas "), de las que vimos ejemplares fosilizados que se hallaron en los laderas del pico del Tejo (1.251 m.). Y en los albores de la Era Cuaternaria, las convulsiones sísmicas abrirían nuevos caminos a los aguas del lago miocénico, aflorando llanuras y barrancadas que no tardaron en mantener una nueva flora y fauna.00000 De estos sorprendentes fenómenos, en Requena se guardo memoria de los convulsiones acaecidas el 21 de noviembre de 1720; del 23 de marzo y del 2 de abril de 1748. Estas dos últimas sembraron el pánico entre el vecindario, improvisándose barracones y otros refugios en los alrededores de la población al conocerse detalles que dichos seísmos habían producido en el valle de Ayora. La convulsión del 23 de marzo, el día del célebre terremoto que arruinó la fortaleza de Montesa, llenó de espanto a nuestras vecinos. Aunque duró "cerca de un Credo", abatió algunas torres y muros ruinosas. No se registraron desgracias personales, pero diose cuerda a diversas supersticiones, como nos legó en una nota el párroco de Santa María don Alonso Durque y Arana. Los mayores daños de estas sacudidas se registraron en la barriada de San Nicolás, donde se vino abajo la vieja muralla de la Cortina, resintiéndose el campanario de dicho templo, que fue restaurado a expensas de don Nicolás Ortiz Sigüenza, comisario de la Santa Cruzada. Así mismo, se agrietaron algunos torreones inmediatos a la cuesta del Santo Ángel. 00000 Diez días después, el 2 de abril, apenas repuestos los requenenses de las trepidaciones, a las nueve y media de la noche, dejóse sentir un nueva temblor de tierra. Aunque no tan intenso como el anterior, reavivó el pánico de otras jornadas. De los cuatro torreones que existían Debajo de las Ventanas, sólo quedó la Montejana. Días después, el Cabildo de Clérigos promovía una solemne procesión de Rogativas, a la que se sumó el vecindario en masa. Posteriormente se registraron algunos débiles temblores de tierra que, sin duda, afectarían a alguna grieta subterránea de otros tiempos. Decimos esto porque en la noche del 24 de enero de 1779, la esbelta torre de la arciprestal del Salvador, con sus 40 metros de altura, se desplomó estrepitosamente, arruinando buena parte del templo. En la reconstrucción, el arcipreste don Francisco de Paniagua Cantero invirtió 300.000 reales obtenidos por suscripción popular y, en buena parte, procedente de la polémica testamentaría del requenense don Pedro Gabaldón de la Torre, gobernador que había sido de Santa Fe (Argentina). Y sólo me resta añadir que, el último 14 de abril cumplí mis primeros noventa años. Un cordial saludo de ... R. B. L.
(Publicado en El Trullo de Junio de 1993) |