I

 

Cancerberos del tiempo, pergaminos

curtidos en las pieles del viñedo;

laberinto de ramas, suave enredo

de verde, verde, verde en los caminos.

 

Compañeros de nobles campesinos

que miman sin cesar su fértil ruedo.

frutales que refrescan con su credo

la marcha de cansados peregrinos.

 

Viñedos del amor, permita el Cielo

que la savia fluyente desde el suelo

madure los racimos con su alquimia.

 

Que lata entre sus uvas larga vena

para que el pueblo noble de Requena

disfrute la labor de la vendimia.

                              II

Me llama la vendimia en la ladera

custodiada por cientos de callejas,

las cepas son testigos de mis quejas,

del llanto de mi vida jornalera.

 

Respiro aroma limpio, a primavera

a los abiertos surcos de las rejas

del fatigoso arado, a ramas viejas

cubiertas de esperanza vinatera.

Bendita vibración de brisa leve,

terruño requenense donde bebe

el trabajo su duro sacrificio.

 

Bendita siga siendo en esta tierra

la paz de los viñedos, -no la guerra-,

ofertora de tanto beneficio.

                              III

¡Cuánto bregar. Señor, cuánto trabajo

regalan los tenaces labradores!

¡Cuántos cuidados. Dios, cuántas labores

la viña recibió como agasajo!

¡Qué herencia de viñedos. qué legajo

de mosto derramando sus favores;

y cuántas gotas nobles de sudores

vertieron su crisol por cada tajo!.

 

Que colmen los viñedos su tesoro

hundiendo por Requena sus raíces

para ofrecer el ámbar de sus pechos.

 

Que sigan madurando hilos de oro

y adornen sus profundas cicatrices

los frutos recamados de sus techos.

                              IV

Ofrenda de la paz, fruta nutricia,

cáliz de gratitud, cautivadora

de afanes inconsútiles, la aurora

besa tu piel sedosa y te acaricia.

 

Patena mito lógica, novicia

de noches y mañanas, cazadora

de lluvias y rocíos. Ruiseñora

cante mi voz tu savia alimenticia

 

el oro de tu carne desangrada.

el cándido manar de tu reguero.

el flujo de tu líquido ambarino.

 

Cante mi voz, Requena, alborozada,

el gozo donde brota tu venero

al abrigo seguro del molino.

                              V

Rebosan los viñedos su pureza

prendidos de esa tierra poco avara,

la tierra de Requena, fértil ara

que labra el campesino con firmeza.

 

Viñedos que reciben la nobleza

del sudor que resbala por su cara.

¡Quién fuera eterno arado que cantara

piropos que alabasen su belleza!

¡Quién fuera alado cuerpo de paloma

que sobrevuela el verde relicario

de la alfombra con sed vendimiadora!

 

¡Quién fuera sobre el surco de una loma

la cepa de un viñedo centenario

que espera la caricia de la aurora!

                              VI

Viñedo del amor, llave o testigo

de las puertas del Cielo, gracia plena

de la sangre, de Cristo, luz serena

brindándome el refugio de su abrigo.

 

Consuelo de virtud, consuelo digo

del jugo de la viña, savia amena,

alivio del dolor y de la pena,

tu gracia, quiera Dios, vaya conmigo.

 

y digo ..., pudo ser ..., digo indeciso

que Eva no comió en el Paraíso

-pensando hacerse diosa- del manzano

 

la fruta por Yavé siempre prohibida;

Requena, de una viña retorcida,

tentó las ansias locas de su mano

 

con un racimo dulce, vano intento,

su mosto no era entonces sacramento,

lo fue mucho después para el cristiano.

 

(Publicado en El Trullo de Junio de 1994)