|
|
||
| Algunas frases a través de los tiempos fueron muy oídas por estas tierras; Requena ha sido pródiga en ellas, sancionadas por la sabiduría popular; muchas de ellas se han perdido. Las que se mencionan a continuación, sólo son un pequeño botón de muestra; de otras veremos su origen y las circunstancias por las que se produjeron. "La purga del Tío Cañamón": A principios del pasado siglo, a un individuo de muy baja estatura, las gentes le apodaban "El Tío Cañamón". Cuando un asunto se solucionaba con la mayor rapidez o inesperadamente se solía decir "esto es la purga del Tío Cañamón". Según decían, la gracia de esta frase consiste en que al "Tío Cañamón", la purga le hizo efecto antes de tomarla. Otras frases muy oídas: "Y le soltó una patá al gamellón", se decía cuando alguien estropeaba un asunto. "Largo está Cuenca para ir a por los óleos", aludía a la lejanía de nuestra entonces capital de provincia, o cuando algo presentaba grandes dificultades para ser alcanzado. Esto me trae a la memoria que en la Iglesia de Santa María había una tabla (que pasaba desapercibida) muy deteriorada que a duras penas aún se podía leer y decía que allí estaba enterrado un canónigo que vino desde Cuenca a traer los óleos y aquí en Requena le sorprendió la muerte, año 1789. "Cambió un burro por un asno"; trabajo inútil. "La siesta del borrego" (que hacen antes de comer); se decía de quienes de forma inoportuna y a destiempo emprenden alguna tarea. "Ya revolotean los cuervos"; alude a la presencia de los herederos del moribundo. "Gorrión de canalera"; joven muy pillo. "Lo que pescó Macaco"; el anzuelo se le enganchó en cualquier cosa que había en el fondo del agua (se suele decir para burlarse de los pescadores de caña).
El origen de esta otra frase A principios del pasado siglo, hubo en la iglesia de Santa María un Sacristán del que solo sabemos que se llamaba Felipe. Este hombre tuvo la desgracia de que en un corto período de tiempo, falleció su esposa y también el único hijo en quien tenía cifradas todas sus esperanzas e ilusiones. Le enseñaba solfeo y también quería enseñarle a tocar el órgano para en un futuro le sustituyera, pues el tal Felipe era un consumado organista. Este hombre estaba desolado y poco a poco se iba entregando a la bebida como refugio para atenuar su pena. El párroco que se llamaba D. Juan Ortega hacía cuanto podía para apartarle de tan torcido camino. A veces ya atardecido, Felipe iba cargado con una garrafa y se dirigía al domicilio de una señora que había ofrecido el aceite a su costa que consumiera la lámpara de la capilla de las ánimas, durante un período de tiempo. Las salidas de Felipe con la garrafa, observó el señor cura que se iban haciendo más frecuentes y sospechó, lógicamente, que aquellas almas no podían consumir tanto aceite. Una tarde el cura le salió al encuentro y le preguntó: "¿Qué, de dónde vienes Felipe?" y le contestó: "De por aceite para las almas"; el cura le tomó la garrafa y aplicando las narices comprobó que salía un descarado tufo que no era de aceite precisamente. Como siempre hay quien se entera, esta frase se hizo popular y así cuando algún amigo o conocido le veíamos con una garrafa de vino o cualquier otra bebida alcohólica, para celebrar algo, nos mostraba la garrafa, guiñando picarescamente un ojo y decía: "Aceite para las almas".
Otra frase que también se hizo muy popular En la Iglesia del Carmen, durante el mes de Noviembre, se celebraba por la tarde una función religiosa dedicada a las ánimas en su altar, que estaba debajo del coro, en el mismo lugar que hoy es Santa Catalina Tomás. Una tarde de dicho mes, fría y lluviosa, un pobre mendigo, se refugió en este templo y se sentó en los últimos bancos, y éstos se encontraban de frente y encarados a dicho altar, pero la escasa luz que había en el templo y el carácter lúgubre de los cánticos, le entró sueño y se durmió. Al término de la función religiosa, los fieles (que en su mayoría eran mujeres) pasaban por delante de una mesa y encima de ella había una bandeja, depositando una moneda de cobre de aquellas que circulaban entonces. El último en desfilar por delante de la mesa fue este mendigo y naturalmente no tenía monedas para echar en la bandeja; quizá aun estaría bajo los efectos de su improvisada siesta, pero coincidió que en aquel momento se le escapó una pequeña ventosidad y mirando la bandeja con las monedas dijo despectivamente: "algo es algo". Desde entonces cuando alguien se distingue por su tacañería o contribuye con una cantidad ridícula, se le suele criticar diciendo: "¡Odo!, algo es algo y... le echó un pedo a las almas".
Un episodio de la guerra de Cuba Nos alejamos de Requena y cruzando el Atlántico estamos en el Caribe. Este viaje lo hicieron algunos requenenses que se vieron envueltos en el conflicto y allí fueron a pegar tiros (uno piensa que si las balas fueran de oro no se pegarían tantos tiros). Durante aquella campaña, los norteamericanos tenían sometida la isla a un riguroso bloqueo y por este motivo cada día era más difícil y escasa la llegada de suministros; a nuestro ejército se le presentaba un panorama bastante sombrío. En vista de la situación el coronel de cierto regimiento, de blancos bigotes y curtido en luchas de este tipo, mandó llamara la cantinera (los regimientos llegaban allí, con su cantina, incluido el cantinero o cantinera), y le dijo: "Asunción; cumple la orden que te voy a dar: no quiero que a mis hombres les falte el vino". Esta replicó: "Mi coronel si apenas tengo...". No le dejó seguir. "Cumple lo que te ordeno, tú ya sabes lo que hay que hacer". Asunción cumplió al pie de la letra aquella orden y "alargó" cuanto pudo, sus escasas existencias de vino. Los soldados bebían de aquello, porque no había otra cosa. Pronto inventaron la siguiente copla:
Aquel vino había sido "bautizado" tantas veces que había perdido el color, como dice la canción. Durante nuestra guerra civil de 1936-39, se cantaba igualmente por los dos bandos en lucha. Su sola mención despertará nostalgias o recuerdos a los que participamos en aquella lucha fraticida, cuando estábamos en plena juventud. Hoy ya somos ancianos. LUIS GARCÍA GRAU
(Publicado en El Trullo de Junio de 1994) |