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| Erase una vez, un humilde labrador dedicado al cultivo de la vid. Desde el amanecer hasta la puesta de sol pasaba la vida en su pequeño majuelo trabajando duro y sufriendo en múltiples ocasiones las inclemencias del tiempo y las plagas dañinas. Pese a todo ello, sus cepas eran la envidia de la comarca. Pero él no se podía imaginar lo que un buen día allí iba a suceder. Como cada mañana, antes de salir el sol, el labrador se disponía a subir a su carro para irse a su majuelo, cuando estalló una tormenta y empezó a llover. El agua pronto inundó los caminos y la circulación por ellos era imposible, así que decidió quedarse en casa ya que no podía ir a su trabajo. Mientras tanto en su pequeño majuelo, las gotas de lluvia al caer sobre las pámpanas las hacían moverse como si al sonar una preciosa melodía no pudiesen dejar de bailar. En una de estas gotas de lluvia vivía un duende, muy juguetón y despistado que al pasar las nubes por su lejano país, se subió en ellas en busca de aventuras. Cual fue su sorpresa que al caer en nuestro majuelo, vio un pequeño pero precioso grano de uva, brillante como un rayo de sol y pensó: "Con lo bonito que eres, que lástima que no tengas vida". Y así empezó todo. Cogió una pequeña bolsa que colgaba de la punta de su gorro y de ella sacó una diminuta campanilla, que al hacerla sonar hacía que todo lo que había a su alrededor cobraba vida. Las cepas empezaron a moverse como si de un largo sueño despertaran, sus pámpanas y racimos se retorcían en sus sarmientos como desentumeciéndose de años y años de quietud, todo era maravilloso. El duende se acercó a un pequeño utensilio de metal que el labrador se había dejado olvidado el día anterior, eran las tijerillas de podar; que al hacer sonar su campanilla empezaron a abrirse y cerrarse haciendo sonar un pequeño chirrido. Aliado de las tijerillas, en un montón se hallaban, un cuévano, un legón, y unas parigüelas que al igual que los demás también cobraron vida. Hablaban entre ellos, le contaban al duende sus quehaceres de cada día, y también se lamentaban de que todos los años eran lo mismo; el labrador podaba las cepas, labraba la tierra, esporgaba, vinaba, sulfataba y al final vendimiaba y esto era lo más triste de todo, ya que los racimos se separaban de sus madres las cepas, para convertirse, eso sí, en uno de los más preciados vinos del país. Al día siguiente la lluvia había parado y el labrador volvió a su majuelo como cada día y al buscar sus tijerillas y demás utensilios de trabajo, no los encontró, y es que éstos se habían escondido, porque como se lo habían pasado tan bien el día anterior, no querían irse para no perderse las juergas futuras. El labrador pensó que el agua de la lluvia los había arrastrado y que tendría que comprarse unos nuevos, entonces emprendió el camino de regreso. En cuanto el labrador hubo subido a su carro y marchado de allí, todo volvió a la vida nuevamente e intentaron buscar una solución a esa tristeza que les producía la vendimia. Se reunieron las cepas más ancianas, hablaron y decidieron celebrar una fiesta para despedir a sus hijos los racimos. Se pusieron manos a la obra: -Las cepas sacaron sus pámpanas más verdes, para que las tijerillas las cortaran y entrelazaran para formar tiras de guirnaldas y adornar los surcos. -Se llamó a un grupo de luciérnagas para que con su luz iluminaran la viña. -Se dividió el majuelo en cuatro partes:
-Eligieron como reinas a los racimos más explendorosos, entonces las racimas lloraban, porque ellas al ser más pequeñitas, nadie les hacía caso, y así nacieron las reinas infantiles. -Para dar a conocer a sus reinas, se organizó una gran recepción invitaron, a las cepas de los alrededores, a las tijerillas, los cuévanos, el legón, las parigüelas, etc. -Se dio un premio al surco mejor engalanado. -Los grillos formaron una banda de música. -Todo era alegría y regocijo, pero todo tiene su fin y un domingo de Septiembre apareció el labrador acompañado de su familia y algunos vecinos, dispuestos a iniciar la recolección de los racimos, pero en este caso no apareció la tristeza ya que la fiesta es alegría, y la vendimia por fin es fiesta. El duende decidió quedarse a vivir en el majuelo con sus amigas las cepas, el labrador recogió ese año la mejor cosecha y todos fueron felices y...
y yo el duende os digo: "REQUENA ESTA DESPIERTA, NO LA DEJÉIS DORMIR",
Catalina Ibáñez Ruiz
(Publicado en El Trullo de Diciembre de 1994) |