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| Llegaba tarde a casa, seguro que demasiadas cosas por hacer y nada en la mente. El pueblo entonces se encogía bajo zancadas de gente que apresurada subía cuestas y soñaba camas, un poco de calor. Llegaba tarde y demasiados años poniendo por excusa un atasco. Atasco!!!. Una lejana noticia en la radio local:-"Operación salida. Retenciones en la N.3 a la altura de Requena...". Simplemente. Si acaso bajo un sol de invierno entre camiones de fruta y calles estrechas pobladas de gente que se encoge bajo zancadas de un pueblo bullicioso, palpitante... con ridículos atascos de segundos en la mañana de los Sábados. Después todo había cambiado, después sí que fueron verdaderos atascos de tiempo indefinido. Eran grandes atascos sin importancia, dentro de grandes ciudades. No, aquellas eran excusas de otros lugares, de otros mundos, de junglas de habitantes. Ahora engrosaba las filas del jardín de los supervivientes. Cruzando las pocas calles que me quedaban, me di cuenta de que había vivido demasiados años entre rascacielos extranjeros, de que ya iba a ser imposible ese amolde total que tanto ansiaba mi editor: -"Si, hombre; seguro que es una buena idea... Fabuloso, ya lo estoy viendo: "El regreso de un poeta"...¿ Te gusta? Vamos, anímate, haz las maletas y escribe sobre tu pueblo y... sobre ti, pero sobre todo quiero que plasmes tus ideas de aquella infancia en el pueblo; en tu pueblo...". En mi pueblo, en mi pueblo... Me herían las palabras. Había pasado un mes en mi pueblo y no lo encontraba. Es humillante enfrentarse a la ironía, yo entonces luchaba cuerpo a cuerpo. Iba a escribir anheladas bellas palabras sobre un pueblo que ya, ni conocía. Mi pueblo:
Había anochecido de repente, las gotas caían una a una, con fuerza, como debatiéndose por manchar en primer lugar el suelo, entre el acompañamiento perpetuo e inevitable de aquellos relámpagos bajos de mi infancia, de aquella electricidad siniestra que hacía estremecer la piel bajo la camiseta de algodón sudada. De nuevo estaba sólo frente a los recuerdos de mi infancia en aquella casa, junto a aquellos niños que ahora suponía adultos. Uno de ellos me obsequió con unas botellas de vino, como cuando llega algún primo lejano de tierras apartadas y se le ofrece nuestro vino, aquel estimado caldo que calienta gargantas y siempre anima corazones. -"Ya no seria más mi vino", dije, doblegado frente a la evidencia:-" A nadie del pueblo se le regala vino, sólo a los extraños en sus viajes, nunca a alguien que no haya partido..." Yo partí, yo abandoné todo esto y ahora no podré recuperarlo, nunca. Sólo me queda aquel recuerdo ufano, de un pueblo de niñez, de un pueblo recogido y pequeño que agradecía las lluvias y vivía en los campos. Noche. La lluvia me acompaña lavando pesares de lugares perdidos, sólo me queda eso y mis recuerdos:
Lo había perdido. Decidí regresar. Nada tenía ya que ver con aquel otro, aquel tan moderno en su máscara, que tan solo escondía arrugas y manías de viejo, locura senil. Volvería para la fiesta grande, aquella en que se recuerda el rostro viejo y cansado. Dejaré que me regalen vino cuando regrese como un extraño más. Siempre pensé que nada pierde quien nada espera. Quizá por eso no nos demos cuenta de lo que estamos perdiendo, porque nunca esperamos nada.
V. SALINAS (Publicado en El Trullo de Junio de 1995) |