I

 

Devoto, al fin alcanzo peregrino

el fiel silencio de tu paz labriega.

Buscando tu candor, hago la entrega

de un eco vegaroso: mi destino.

 

En ti, solemnemente me reclino

ante tu enhiesto cáliz que me ciega

Al verme aquí, mi alma se doblega

en eterno sufragio de tu vino.

 

Requena que revives tu cultura

en verdes horizontes de grandeza;

a veces tradición, a veces fiesta,

 

reflejo de florígera hermosura

otorgas tus rubores con presteza

en testimonio eterno de tu gesta.

                           II

Vuelvo a Requena en busca de un recuerdo;

esencias que viví en edad temprana,

forjados de un ayer hacia un mañana;

sentimientos profundos que no pierdo.

 

Revivo los pasajes, y concuerdo

afanes niños, cristales de fontana,

avivante ignición, secuencia grana

del joven en perpetuo desacuerdo.

 

Adentrándome así, tierra querida,

hacia el silencio de tu paz huertana;

vuelvo a advertir, ya con cansados ojos,

 

que el fluido sangrante de mi herida

golpea con cadencias de campana

tu verde renacer de prados rojos.

                           III

Imagen que al delirio me conmina

eres Requena un salmo de embriagueces,

de la cepa a la copa de mis preces,

tu liturgia fluyente me fascina.

 

Ante ti, el empece se reclina,

con tanta plenitud y tantas veces

que ante cualquier devaste, tú te creces

en bizarra actitud que no declina.

 

Ofrenda universal alucinante

donde mi pueblo entrega en sacrificio

su ilusión cadencial de vida leva.

 

Esfuerzo consuntivo que conlleva

el encuentro del simple beneficio

ante mil penitencias triunfante.

                           IV

Sinfonías de amor y fantasía

interpreta tu campo limpio y llano

similar al aspecto del piano

ofertando su leve melodía.

 

Retablo musical de mediodía.

Dilatación de humedecida mano;

notas de campo, salmos de altozano,

sonidos de una verde sinfonía.

 

Romances sin palabras, teclas mudas

pentagramas de salmo reverente

que guardáis con recelos el viñedo.

 

Ya las manos de Dios, redondo credo

ofrecen con espíritu creciente

el fruto de tus vastas tierras rudas.

                            V

Inicia sus despliegues el sarmiento;

su eterna delgadez no se doblega:

Revistiéndose en verde, da a la vega

los matices de un mar en crecimiento.

 

Navegación del fruto a barlovento

sobre el silencio de la paz labriega,

la protectora vid en él se entrega,

conminándole al. fin su alejamiento

 

Peregrinar latente del racimo,

sujeción cariñosa de la pámpana

cuyo verdor le oculta a la solana.

 

Maternal fijación, arrope y mimo,

acción que no conoce la desgana

y, entre amores y sol, el fruto grana

                            VI

Morenea la vid en el otero:

color y luz en la hermosura holgada.

Germinación de miel en la hondonada,

acíbares de rango vinatero.

 

Ya llega el eco del clarín festero.

Cuando la viña a tornar es llamada,

por acres precursores de otoñada,

el sentido de su verdor primero;

 

emergen de las hilas cadenciales

una legión de manos avezadas,

ávidas de entregarse apresuradas

 

a sufragar los ritos vendimiales,

ocupando los surcos y andanadas

para arrancar el alma a las viñadas.

                            VII

El acto vendimial ha comenzado.

La cepa fiel se entrega estremecida;

al sentirse tentar su pulpa herida,

las palmas besa con amor sagrado

 

al verdugo, que inerte le ha arrancado

aquella creación que fue su vida;

fruto vital de carne humedecida

que ya jamás regresará a su lado.

 

Llama con la firmeza de tu dedo

en la puerta inviolable, infundida

del poder dimanante de mi herida.

 

Vendímiame otra vez; corta sin miedo

las uvas generosas, lucha, olvida

que eres lego, toma mi sed de vida.

                           VIII

Al fin el nuevo ciclo ha culminado.

Es mas denso el silencio en las viñadas

las uvas son, en procesión llevadas,

hacia el sagrado lar del reposado.

 

Son los frutos que el tiempo ha madurado;

la ilusión de unas gentes denodadas.

Ya descansan, ninfas afortunadas,

brotando de sus huellas un dorado:

 

El oro de tu carne desangrada,

el sangrante manar de tu reguero,

el fluir de tu líquido ambarino.

 

Canta mi voz Requena en la otoñada.

Canto a tu luz que brota del otero.

Canto al númen fecundo de tu vino.

                           IX

Ciudad de viña y vino es mi Requena;

rito ancestral, ingenio del presente.

Pentagrama de salmo reverente,

de las puertas del Cielo, gracia plena.

 

De la Sangre de Cristo, luz serena;

manantial de pasión, sagrada fuente,

espíritu vital siempre vigente,

alivio del dolor y de la pena.

 

Requena en mí a su vendimia canta

Al gozo de su Fiesta y su alegría;

al vino refulgente que la eleva.

 

Que rompan los clamores mi garganta,

demandando hasta el cielo la armonía

que hará brotar una Requena nueva.

 

(Publicado en El Trullo de Enero de 1996)