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Cando la Fiesta de la Vendimia entra en su 53 edición, mi familia cumple su mayoría de edad en Requena: 18 años. La pequeña de mis hijas tenía un año cuando, por primera vez, nos asomamos tímidamente a la Fiesta. Fue en la cabalgata, y aún recuerdo como los pequeños se fueron deslizando entre la gente para colocarse en primera fila, admirados ante la vistosidad de las charangas, las carrozas y la alegría contagiosa que producen las bandas de música. Ha transcurrido el tiempo. Han pasado Fiestas; han ocupado su puesto Presidentes y Reinas con algunos de los cuales hemos compartido muy gratos momentos. Hemos aprendido a amar a Requena de la mano de los que más la aman: los que colaboran generosamente en todo aquello que se les pide.Llevamos como una segunda piel el ser de Requena. No somos de aquí, pero nos sentimos de aquí, ya lo escribí hace años cuando, demasiado lanzada quizás, y aún sin estar plenamente impregnada de la esencia requenense, me atreví a mandar una poesía para el certamen literario:
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Este hogar ha estado abierto a propios y extraños, mucha gente de Requena y sus aldeas han compartido con nosotros muy buenos momentos, de ellos hemos aprendido una filosofía de la vida positiva y vital, hemos sabido de la historia, la cultura y el folklore de esta tierra, sobria donde las haya, pero a la vez, capaz de convertir en júbilo y fiesta toda su razón de ser: LA VENDIMIA. Y llegados a este punto, evoco la Fiesta como una sinfonía cuya característica principal es la armonía. Armonía en los colores, en la alegría, en la fraternidad, en los sonidos y hasta en el murmullo de voces que se parece mucho al silencio y a la paz. Ese murmullo, lo he escuchado muchas veces en plena Avenida, en una noche de Agosto, cuando la vida bulle, la Fiesta está en su apogeo y todos sentimos y celebramos que pertenecemos, por nacimiento o por adopción a una tierra maravillosa: REQUENA. María Mercedes García Rabasa
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(Publicado en El Trullo de mayo de 2000) |
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