Hubo una vez una fiesta casi olvidada, que siendo ya mayor tenía sus achaques y claro, la gente se olvida de estas cosas. Había tenido sus tiempos de gloria, aquellos en los que se peleaban por ella y todos la aclamaban, pero ahora que estaba mayor necesitaba mucha ayuda para alzarse cada año y todo el mundo sabe que eso de poner en marcha algún proyecto es tarea para la que ya habrán otros que estén dispuestos. Como nadie le hacía caso, empezó a ponerse enferma, un día le dolían las deudas, otro día le dolía el abandono, otro la hipocresía ... la pobrecita no paraba de quejarse.

Mucho le afectó la crisis de los cincuenta. Yo creo que tanta fiesta de cumpleaños la deprimió. No se le puede decir a alguien lo maravillosa que es, sacarle todo lo que se pueda de ella, y luego dejarla plantada para que otros vengan a consolarla. ¡Cuánto lloró la muy ingenua cuando sus amantes la abandonaron! Los cincuenta los llevó muy bien. ¡Incluso el mismísimo Rey la felicitó igual que hace con todas las personas que cumplen muchos años! Pero después de los cincuenta llegan los cincuenta y uno, y ella estaba tan cansada que no había quién la moviera de casa. Algunos amigos la animaron para que volviera a ser lo que era, y después de mucha terapia de grupo y de sesiones con especialistas hasta altas horas de la madrugada, la fiesta volvió a colocarse sus trajes de gala y salió a la calle.

Pero se hacia mayor y seguía con sus dolores, debe ser que los medicamentos que necesitaba no entraban por el seguro, y nadie se los quería comprar. Con esto, y con los años ¡que no perdonan!, cada vez andaba peor. Cuando quiso darse cuenta ya iba a por los cincuenta y tres, y estaba tan sola y tan olvidada que pensó en no volver a levantarse, en abandonarse y dejar que el tiempo la consumiera por completo, porque la vejez, si se lleva en compañía se lleva mejor, pero ella no tenía a nadie.

Pensaba, de nuevo, en sus tiempos de joven, rodeada de admiradores y querida por todos, pero ya las arrugas pesaban demasiado y no parecía haber nadie dispuesto a rejuvenecer su espíritu con nuevas ilusiones y con el calor de los que disfrutan de ella. Toda esperanza perdida, lágrimas en sus ojos y un corazón roto al ver que el olvido se apoderaba de ella por momentos. Muchos también lloraron creyendo que podría ser el principio de su agonía. Por fin, en algún lugar alguien oyó sus gritos ahogados y consiguiendo reunir a todos los amigos de la fiesta que quedaban, la levantaron de su letargo y con grandes esfuerzos la fiesta salió adelante. Parece incluso que vuelve él sonreír, se huele su perfume por las calles y está rodeada de gente que la quiere, ha cambiado las arrugas de su cara por el brillo de sus ojos y empieza a llenar de música los corazones de quienes la admiramos. Es bonito formar parte de una fiesta que rejuvenece.

Desde aquí quiero avisarles por si este año la ven por Requena. No le den la espalda, está muy débil y muy sensible, y con tanta crisis tiene la autoestima por los suelos, si le cierran la puerta cuando llame a sus casas o no le contestan cuando les pide ayuda para que la saquen de su casa, seguramente sufrirá una recaída. Ha costado mucho esfuerzo sacarla adelante y todo el trabajo sería inútil si ella vuelve a perder la fe en sí misma. Por favor, cuídenla, no la olviden, que yo la quiero mucho y me duele verla caer.

Lola Buendía Martínez

 

 

 

(Publicado en El Trullo de agosto de 2000)