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El vino se hizo encuentro y habitó en tus bodegas. Y amamantó el subsuelo con su calida arteria.
Ayer tuviste vocación de roca que ascendía en altiva fortaleza, aguerridos hidalgos defendían esta puerta oriental de la meseta. Conquistas, reconquistas, avatares que cambiaban los mapas legua a legua. Ganados trashumantes recorriendo cañadas y veredas. Más tarde, menestrales afamados en la naciente industria de la seda.
Llegó después tu vocación al vino y un asedio de cepas rompía su oleaje en tus murallas serenamente recias. Fue extendiéndose un verde de esperanza que alfombraban el llano, sierra a sierra. Y las cepas libaron de los campos su más preciado néctar, engalanando débiles sarmientos con racimos de prietas esferas.
Y llegó el sacrificio tras una cirugía de tijeras. Sangriento vendimiario llegó con la cosecha. Y todo un ritual siguió después con la alquimia del trullo y de la prensa.
Y el vino fue naciendo, surco a surco, meciéndose entre cierzos y tormentas, acrisolando el sol en sus racimos, fundiendo en luz y tierra dorados y ambarinos moscateles, royales que el crepúsculo pigmenta y turbios nubarrones de bobales, garnachas, cencibeles, crujideras...
Hileras de tinajas como matronas en perpetua entrega velaron, en silencio de hipogeos, tu vejez entre frescas confidencias.
Si las bíblicas páginas nos dicen que el vino se hizo ofrenda, tú, Requena, traduces tus vendimias en fiestas.
Y haces del vino un arte donde la cepa expresa la fuerza y el variado cromatismo al tiempo que se eleva sobre esa arquitectura que el Monumento muestra. Un recuerdo, tal vez idealizado, de la modesta prensa. Sus columnas, como husos verticales, en actitud de ofrenda y el vino sobre el ara resbalando sin tregua en múltiple cascada de escaleras, regresando a su origen, ¡a la tierra!
Y el vino se hace encuentro y habita en tus bodegas... y amamanta el subsuelo con su cálida arteria... y su tinto embarazo ¡te enaltece, Requena!
(Publicado en El Trullo de Julio de 2002) |