Érase una vez una niña de ojos oscuros y pelo castaño. Tenía un carácter alegre y jovial y amaba a su pueblo con satisfacción, a pesar de su corta edad. María salía de casa con su hermana Almudena cuando, de repente, oyeron un grito ahogado que decía:

     -¡María! ¡Almudena!

     Ellas se quedaron petrificadas al oír a alguien que les llamaba por su nombre, cuya voz parecía no provenir de ningún sitio.

     Volvieron a escuchar, esta vez claramente, el alarido:

     -¡Almudena! ¡María! Estoy aquí, ¿No me veis?

     En esta ocasión se miraron a la cara confundidas y, ¡pies, para qué os quiero! Corrieron velozmente al interior de su jardín, cerrando la puerta con un fuerte golpe. Recuperaron el aliento y asomaron la cabeza por la reja de la puerta. La calle estaba desierta y aún se distinguía el murmullo de un lejano tractor cargado de uva que tomó dirección hacia la cooperativa.

 
 

     Algo fue arrastrado por el viento a la puerta de su casa. El desconcierto fue total. "Los niños tenemos una gran imaginación, pero ¿Hasta tal punto soñamos que un grano de uva nos persigue Ilamándonos por nuestro nombre?" - Pensaron.

     Sin planteárselo dos veces, Almudena salió y le arrebató al viento su presa. Mientras, María buscaba un sitio resguardado donde pudieran conversar los tres, cosa que aún no asimilaba. Cuando lo encontró dio la voz a su hermana. En menos de un minuto estaban los tres en plena tertulia.

     -Me llamo Tinto, de la viña de los Martínez. Mi padre es Cepavieja y mi madre la Cepa Bobal. Mis hermanos van camino de la cooperativa.

     -Yo soy María, y esta es mi hermana Almudena. ¿Qué te trae por aquí Tinto? Nos has asustado, ¿sabes?

     -¿ y cómo es que hablas?- Preguntó Almudena.

     -Veréis, mi historia es larga. Prestad atención. Mi padre y toda mi familia son descendientes de la primera cepa que hubo en Requena. Y os preguntaréis cómo lo sé. Tan sólo los descendientes más próximos a la primera vid requenense, somos otorgados con la capacidad de hablar como los humanos. Yo soy el primogénito de mis hermanos, y al ser el heredero puedo comunicarme como persona. Pero hay más. Tener estos antepasados y esta capacidad relativamente humana implica una misión que debemos desempeñar, como los humanos, por la cual tenemos que luchar.

     María y Almudena contemplaban boquiabiertas a Tinto, y sus cerebros trabajaban afanosamente intentando comprender hechos tan nuevos y sorprendentes para ellas.

     -Sigue, ¿Cuál es tu misión?- Preguntaron al unísono llenas de curiosidad.

     -Está bien, ya veo que os interesa. Cuando maduré, mi padre, Cepavieja, como os he dicho antes, me enseñó el don de la palabra y me explicó todo lo que os he contado. Como somos de maduración temprana, la vendimia para nosotras ya ha llegado. Una amapola me contó que planean construir un gran parque y urbanizar la zona donde se encuentra mi viña, y el 90% de las viñas requenenses. Además es un lugar solitario, totalmente incomunicado e incómodo y acabaría con la industria y la tradición de Requena, Ciudad de la Viña y el Vino. Sé que hay una zona menos escarpada y bastante más cerca. Y he aquí el motivo de mi visita. Vosotras, con las otras reinas y presidentes representáis a la infancia requenense. En el otro lugar que os digo, existe mucho más espacio y no acabará la tradición requenense del vino, que se remonta a muchos siglos atrás. ¿Me queréis ayudar? Sé que amáis a Requena como si fuera vuestra casa. ¿Qué decís a esto?

     -¿Si queremos? ¡Vaya pregunta! -Respondió Almudena-.

     María continuó diciendo:

     -Vamos a buscar a Alberto y los demás.

     Y guardando a Tinto cuidadosamente en su bolsillo, fueron con Alberto a recoger a Luis Fernando y subieron por la calle Olivas a las Peñas. Allí María y Miguel los recibieron con entusiasmo. Descansaron en las escaleras de la Iglesia de San Sebastián y emprendieron el camino hacia la estación. En este momento llegaba el tren y Raquel y Sergio se apearon del primer vagón. Subieron a la Villa por la cuesta del Castillo, dando un interesante rodeo por el barrio antiguo para mostrar a Tinto la maravilla requenense. Al doblar una esquina se toparon con Álvaro y Natalia que iban en su busca. Ya estaban todos. Pasearon por la Avenida hasta llegar al Monumento, donde, reunidos en las escaleras comentaron sucesos. Y teniendo en cuenta lo que opinarían los demás niños y niñas requenenses, llegaron a una conclusión. Ellos querían un parque del que pudieran disfrutar todos los requenenses, niños y mayores. ¿Qué mejor que en la zona nueva de la ciudad, donde aún no se han estrenado en lugares de ocio infantil?

     Tinto contemplaba maravillado la responsabilidad que habían asumido estos diez niños como representantes de sus compañeros. Se lo comunicaron a sus comisiones y todos celebraron su decisión.

     Y ¿Cómo no?, orgullosos de su pueblo llevaron a Tinto a visitar sus cuevas, donde éste se sintió como en su casa. Luego fueron a las Peñas y estuvieron en la Iglesia de San Sebastián. Se distinguían maravillosas vistas. Bajando la calle de la Plata llegaron a la Glorieta donde se divirtieron jugando. Como buenos requenenses fueron a visitar a la Virgen de los Dolores y le pidieron por Requena, por la Fiesta de la Vendimia y por la Paz en el mundo. Y ya de vuelta pasearon por la Avenida, calmando su sed en la Fuente de los Patos, hasta llegar al Monumento.

     Amparo, la Reina Central y Nicolás, su Presidente, les ayudaron apoyándolos en todo momento para que todos gocemos de Requena, ¡Nuestro pueblo!

     Y con un vasito de rosado, este cuento se ha acabado.

     ¡Viva la Virgen de los Dolores!

     ¡Viva la Fiesta de la Vendimia!

     ¡Viva Requena!

 

 

(Publicado en El Trullo de Julio de 2002)